Obediencia de vida

Daniel San de la película "Karate Kid" puliendo el piso

En la antigüedad era común relacionar a cada sentido con algunas cualidades de producción de realidad en particular. El olfato estaba ligado a la interpretación de lo que la vida ofrecía en relación a pescar claves en el presente, y es que hay cosas que huelen mal y otras que huelen bien. El gusto, con el buen juicio; ¿cómo “sabe” la comida? pruebe y diga m´hijo. Tenemos también la visión, con la destreza en el análisis: ¿desde qué perspectiva lo abordo? Faltaban siglos para que apareciera la neurología como materia y rompiera todos los esquemas tallando al tacto dentro de las columnas de la “sensación” y corriéndolo de los sentidos (el quinto es el equilibrio), pero vayamos con el tacto: aquí, estaba completamente asociado al cuidado, al acompañamiento, tener “buen tacto” es tratar a alguien con delicadeza. Y bien, nos queda la audición, que ¡claro!, allí nos entretendremos un buen rato durante esta hormiga; a ella los antiguos la relacionaban con la recepción de la información y las mañas para aprender de aquello.

Antes del doble clic voy a lanzar una certeza que me acompaña, a Dios gracias, hace largo tiempo; eso sí, si usted está con la boca al borde de la taza del café, ¡atenti! Ahí va: ¡qué lindo que es obedecer!

La palabra, desde su posmoderna apreciación, nos lleva directo a la obligación pero de esas obligaciones en las que quien infla las venas no es otra que la fatídica opresión. Sin embargo, podría afirmar que la palabra “obediencia” es casi una palabra mágica. Yendo al grano y sin firuletes, obedecer significa “saber escuchar” (ob-audire), escuchar aquello que está frente a mí. Y sí, para escuchar vamos a necesitar algo más que las tres estructuras del oído y su terminal nerviosa central; no conozco la totalidad de la lista pero de seguro necesitaremos aportes de los otros cuatro sentidos.

“Escucha a tu corazón”, una frase que se torna vacía y zonzona sólo cuando estamos muy lejos de animarnos a aquello. Ahora bien, retornando a la obediencia, ¡festejo además que esté asociada a la puesta en acción! ¿Usted puede imaginarse un momento en el cual ha logrado escuchar(se) y no ha atado los cordones para ir al frente? Eso es de las cosas más insensatas que este escribiente puede suponer.

Para obedecer, hay que sentir, hay que animarse a aquello. Y esto genera cambios, por supuesto, somos lo suficientemente humanos para comprender que aquellos forman parte central de nuestras vidas. Ahora bien, cuando la papa arde en nuestra alma, ¿hay algo más lindo que obedecer? Entiendo, hormiga (anagrama amigorh), es complejo que no le salte la térmica al escuchar esto, pero para eso es que están las térmicas, se soluciona lo que haya que solucionar, se levantan y seguimos luz mediante.

“Parate ahí, cuando viene la pelota, pateás para arriba”. Es el título de un texto que compuse hace trece años. Y con la introducción de esta hormiga aquella frase se vuelve ensayo en un bajar y subir de párpados. Ese fuerte jugador, de quite, remate y anticipación que ya era a mis once años, cuando me dejaban jugar con los de quince, obedecía de inmediato; mi sonrisa estaba tallada en la piel y no había oportunidad para pensar en otra cosa que en hacer aquello, eso que había sabido escuchar, fundamentalmente porque mi espíritu se ensanchaba para siempre. Pateaba para arriba, como un rústico que no era, me quedaba atrás censurando todas las terminaciones que se me iluminaban proyectadas al ver cómo podía anticipar y subir, ¡hasta estaba seguro que no iría a patear y la dejaría mansa a los pies del nueve!, pero no, me quedaba atrás aunque la pelota a diez mil kilómetros y lo único que había detrás mío era el arquero. Era lo que había que hacer, obedecía. A veces ganábamos, otras perdíamos, yo siempre volvía en el 92 a mi casa con la saliva seca de orgullo y vida. Cuando aprendemos a escuchar por dónde echa humo nuestro deseo, es muy fácil obedecer. Teniendo once y jugando diez minutos con los de quince, es sencillo entender la apuesta. Mi tarea en todo este tiempo fue comprender aquello cuando las variables no calaban tan profundo. Tuve que pasar por las típicas transgresiones juventu puberales, y con orgullo camino al haber roto aquel porte hace mucho.

El club, mi club (sí, es mío), “Ferro Carril Oeste Handball” me entrenó sin saberlo en esta materia, pero con más gusto a sentencia que a certeza debo admitir que todo lo pude concluir en mi post-club, en mi vida universitaria, artística y académica. La pulpa de lo aprendido allí vino mucho después, y voy a estar agradecido a cada momento. Los colores de mi vida son azul y amarillo, mi nariz paya es roja y mi espíritu de lucha, verdolaga.

Es interesante hacer un poco de hoyitos en los almohadones del inter y el intra. La pregunta es simple, ¿a quién, a qué, estamos enfrentando cuando dejamos de hacer lo que hay que hacer en aquello que deseamos hacer, en ese espacio en el que deseamos estar? Sí, la posta siempre está en la acción. A las palabras se las lleva el viento. Primero dejan algunas teorías, de elegantes tacones y corbatas de seda o de harapientos vestuarios anacrónicos, no importa, las palabras dejan alguna teoría, pero la verdad siempre estará en la acción. Una muy simplona es el hecho de no aceptar que ya no queremos más aquello, entonces habrá que irse. Allí se pendula entre la valentía de asumir que hasta ahí hemos llegado y la cobardía de las excusas y las tonteras infanto-narcisas de forzar el engranaje hasta la expulsión. Ese tema, tema de otra hormiga. En este caso, en el de la obediencia, si estoy donde deseo estar, si estoy muy seguro que aquello es lo que verdaderamente deseo, aunque no lo entienda, aunque no lo comparta, aunque sepa que puedo jugar de cinco creativo en lugar de “pararme atrás y patear para arriba cuando venga la pelota” y sin embargo la pateo al Cielo como nadie, ¿realmente es importante entender algo que seguramente entienda en unos meses, en unos años, para entonces sí hacer aquello? ¿No vale el entusiasmo que me provoca y me enciende estar y pertenecer? Eso, la acción del grupo, agitar la bandera trans-históricamente es lo que me genera la sonrisa, y si hay que ponerse allí y sostener la bolsa de las pelotas en lugar de salir en las fotos, nada más hermoso que esa bolsa.

El hecho es básico y se vuelve complejo a través de nuestra histeria, hay quienes afirman que tracciona más lo obse, otros dirán lo fobos, para mí no hay otra que la pura histeria cuando en lugar de embravecer los brillos compañeros se vuelve hostil desde las dagas de su narcisismo. Y todo esto en el marco de lo inconsciente, pues para lo intencional está el mate, el cara a cara y hasta la próxima. Entonces, cuando estás en medio de aquello que sentís que te expande el espíritu, que crecés, que obra en tono a tu deseo, y llegan todos esos heterónimos poblándote de ideas para no hacer lo que hay que hacer, para no obedecer… ¿no vale la pena confrontarlos y dejarlos a ellos a un lado?

¿Existirá algo más hermoso que estar en donde deseo estar, con quienes y para aquello que tanto anhelo echar mano en la comunidad? Hay veces, muchas, muchísimas, que no se entiende, que estamos en desacuerdo, pero que sabemos escuchar y hacemos. Después de todo la experiencia se nos comparte pero no se extrae de su fuente, y para quienes cargan tintas mucho antes que nosotros hubiéramos empezado a fantasear con la idea de pertenecer, las piernas añejan largos recorridos, el alma bate el parche de la historia construida y los brazos buscan en quienes apoyarse para continuar camino un poco más livianos.

Obedecer es no ser careta. Al fin y al cabo se trata de escuchar y obrar en armonía con aquello que nos deseamos y deseamos en nuestra comunidad.

Lucas Bruno


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