Cabeza de termo, una mente abierta

Escena de la serie "Friends" en donde cuatro están con las cabezas la puerta a medio abrir esperando porque Mónica y Chandler los dejen entrar

Rápidamente, al toque, ¿cómo podríamos diferenciar una “mente abierta” de una “cabeza de termo”? No es muy complejo, tan sólo debemos poner el punto de vista en el reverso de la pasividad absoluta. Pensemos, ¿por qué caló tan profundo, por qué tuvo tamaña aceptación, marketineramente hablando, el eco de la “mente abierta”? Debo reconocer que hay un picor que recorre las teclas evitando obsequiarle la marquesina al sajón “open mind”. De hecho, ahora que lo escribo le encuentro una pista: hay que dudar de los conceptos ingleses, como primer punto; y como segundo, hay que dudar de los conceptos ingleses cuya traducción sea literal (eso siempre debe ser una trampa). Seguimos. ¡Hay que abrir la mente! (¡hay que, hay que! ¡ayyyyy, qué!). Abrir la mente ha entrado, ha promulgado su credo y es, es todo un concepto. Y quien ose de no abrir su mente será adjetivado desde diccionarios del siglo diecinueve. Bien, abrimos. Ahora vayamos a la cuestión del principio: no es lo mismo una mente abierta que una cabeza de termo, y para ser francos con la propuesta de la nota de hoy: debemos lograr que no resulte siendo lo mismo.

Una mente abierta es una que puede abrirse, y de hecho debe ser la única parte de nuestra expresión orgánica que no aterrice con vértigos ni rechazos al pensarlas abiertas: hueso abierto, piel abierta, uña abierta… ¡hasta corazón abierto, que nos pone en filita detrás de la gran operación! Una mente abierta llega con eso, con el hecho de poder recibir, que puedan entrar ideas, emociones, deseos a disputarle el trono a nuestras certezas. Uno, cuyas compuertas cada tanto deba cerrar pues no vaya a ser cosa que el flujo de ingreso sea mayor que el del procesamiento, nuestra elaboración.

Cerrar y abrir los grifos, la efectuación de aquello luego será cosa de nuestra valentía. Y bien, una mente abierta es una en la cual haya entonces permeabilidad hasta aquello que pondría en jaque alguna de mis estructuras más intensas; que cuando llegan esas batallas, hay que darlas. Entonces, la idea de mente abierta nos propone el desafío de dejar pasar, de invitar, de sentar a la mesa aquello que quizás hasta en algún momento nos resultó extraño, distante o incluso digno de rechazo pero que de alguna forma percibo algo de mí en ese umbral por el cual aquello se asoma. No se trata de cualquier estímulo, sino de algo que un poco más debajo del agua y otro tanto en la superficie logra parte de mi atención. La mente abierta entonces siempre se trata de una mente cerrada con poros deseantes hacia el afuera. Y en rigor, es nuestro deber aprender a diferenciar una mente abierta de una cabeza de termo.

La mente abrió sus compuertas y llegó. Ahora deberá vérselas con la potencia de nuestras creencias, de nuestras tradiciones. Entonces, a usted, idea formidable y emoción inquietante le digo: pase, será nuestra invitada de honor, se sentará a la mesa una, dos y tres veces, y todas las que sean, pero ¡no sea cobarde! ataque de frente, lance sus hipotéticos de cara al sol, que será escuchada pues estaremos comiendo de la misma fuente; y sin dudas si sus fundamentos tocan nuestro corazón sabremos encontrar un lugar común desde el cual andar a huella propia. No trate de convencernos a los ponchazos, tan sólo sirva su voluntad deseante que para eso bien que tenemos ojos y músculo; debatiremos de lo lindo pues la raíz y la historia tiene su jugo también. Pero eso sí, no intente quedarse con la cabecera en la mesa, sea respetuosa que la vida no ha de construirse de la noche a la mañana. Cada cual tiene sus tiempos, cada cual camina como puede, es decir que cada cual no camina como no puede, así no anda. Por algo la hemos visto desde aquí dentro, algo ha llamado nuestra atención desde su luz, le permitiremos pasar pues nuestra mente es permeable, le rogamos que lea bien los carteles; y si dice que los zapatos se dejan en la repisa, llegue amable y descalza que en la mesa las bocas y los pares de ojos están a la misma altura.

Una mente abierta no es una cabeza de termo, pero podría resultar que sí. Si no hay un filtro genuino, ese que tiene que ver con mi historia y mi deseo, con mi sentir más profundo, con la voluntad divina que me impulsa a construir en el mundo, si ese filtro no está entonces sí aquella mente abierta estará mucho más cerca de ser una cabeza de termo, pues tan sólo le bastaría con transitar campante y sonriente sobre nuestra vereda a cualquier intención ajena que deseara quedarse con nuestra casita.

Ya lo dice el viejo dicho, el termo guarda frío si le meten frío, y calor si le meten calor, no distingue ni expulsa por sí solo. Es nuestra responsabilidad trabajar intensamente en no volver a nuestra cabeza una de termo en cada ocasión en que sentimos que nuestra mente se abre.

Lucas Bruno

Posdata: la salida nunca estará entre las salivas del algoritmo, habrá que crearla. 


¿Querés recibir nuestras notas?