Aminoácido esencial

Dibujo de la estructura del aminoácido arginina

No se trata de rechazar aquello que se imprime en la sociedad desde el avance con sus eficientes y sofisticadas razones, sino de no soltar ni un poquito lo que creemos imprescindible para este mundo. Es cierto, en comparación a quienes tienen sus edípicos ojos clavados en las luces más potentes de las torres más elevadas del mundo, nuestro avance será más lento y al fin de cuentas, menor a lo largo de nuestra vida; pero lo haremos con una sonrisa en el alma sabiendo que este avance es uno que siembra, y creemos en ello. Esta siembra será lerda pero nada tiene de zonza; puede llevar décadas o meses, a lo mejor un siglo haga falta, pero una vez que sus frutos besan el aire, sabemos que esos frutos estarán allí para siempre. Usted se preguntará ¿cómo puedo saberlo? Sólo quienes hayan probado un fruto de esos pueden afirmarlo con la liviana seguridad de lo posible.

Para pensar hay que sentir, de otra forma no estaríamos hablando de algo más que de un cálculo suelto.

Vamos a entrar en una de las pocas cosas que no suelto: la composición del momento. La justificación es sencilla y no tengo otra: porque construye comunidad, ese es el núcleo kyber de la salud para este escribiente que hace lo suyo en algunos pliegues de este derecho del cual debemos gozar de la primera a la última de nuestras respiraciones aquí. La salud, advierta usted la claqueta que mejor le siente para su análisis, es mucho más amable y por demás vigorosa desde la comunidad a la individualidad que por acomodación azarosa o algorítmica de unos y otros.

Es cierto, estamos en un pico (para mí un techo) de “lograr, subir y que me den like”. Entonces cuanto más, mejor; o cuanto menos, si en lugar de reconocimiento y “engagement” (quiero que sepan que el corrector no me advirtió error en esta palabra) estuviéramos administrando la cantidad de tiempo Cronos. Yéndonos por las ramas en un hipotético debate analítico al respecto del valor/hora entre “concreción de” y “composición entre”, muy rápido nos daríamos cuenta lo mucho que hemos escalado (pues las hojas se ven chiquitas sobre el pasto) pero la distancia que se nos impuso hizo que casi ni nos escuchemos. Y la cháchara sigue, citando fuentes y autores de barbas y bigotes hasta el momento en que por fin llega la titánide con su eco antes que la palabra, la titánide Acción.

Sucede que sucede, la titánide aparece de sopetón. Algunos perciben la conmoción y asienten chochos de estar compartiendo aquella emoción con el del lado; otros en cambio se guardan su temblor para adentro, la acción es inevitable. Es en ella en donde somos parte, allí entonces vemos la satisfacción del señor, el orgullo de la señora: un consejo sobre el mantel, la cuenta solicitada, la respuesta detrás de un mostrador, la advertencia al agarrar las llaves, el método con el que se juega a esto y los pasos a seguir para que nos salga tan rica como siempre, aquello que no sabíamos y preguntamos, lo que no sabíamos y no alcanzamos a preguntar… en esa escena en la que nuestra parte es siempre protagónica (aunque no estén los flashes ni los par mil sobre nuestro rostro) hay un “nos” componiéndose, y yo aconsejo fuertemente disfrutar de aquello con la misma meticulosidad con la que comemos nuestro postre preferido (ni zarpazo, ni bocado mecánico, más bien ritual y sonrisa).

Se trata de una práctica, permeabilidad al encuentro. Es lo opuesto a salir con las pupilas hiper abiertas en busca de “a quién ayudar esta vez”, eso también sucede. Me refiero a andar por donde vayamos con los umbrales un poquito más bajos a aquello. El cine luego acontece en nuestra vida. En muchas ocasiones estamos muy pero muy dentro de nuestros esquemas y nos alejamos de los rastros que nos brinda el borde de nuestra existencia identitaria; sin embargo, cuando llega la titánide Acción (que luego valor y anécdota) nuestro yo no sólo sana partes de ciertas heridas sino lo que es más, se expande en el arrojo de aquel “nos” tan potente como efímero.

Era el segundo año de la carrera, había pasado por fin el CBC y luego aprobado “de taquito (y un sudor que ni les cuento)” anatomía e histología de primero. La materia era Bioquímica, creo que el segundo parcial de tres. Pocas cosas vuelven más aberrante al egoísmo que “salvarte” y aprobar una materia de una carrera (que un día voy a averiguar por qué se le dice así, me encantaría comprender tamaña lanza en el concepto… ¡llegar antes, llegar rápido, llegar, LLEGAR, ¡GANAR!).

Había resuelto bien las primeras preguntas y trabajando en el último punto fue que me di cuenta. Me había tocado sentarme en una de las mesas enormes de la biblioteca, estábamos puestos en fila enfrentados a la inmensa cantidad de alumnos del otro lado de la mesa, mi cartuchera tocaba con la hoja del examen del de enfrente. El punto último era dibujar un aminoácido, la estructura con su carbono alfa, grupo amino, grupo carboxilo, el hidrógeno y la cadena lateral; había que ponerle todo en su lugar con precisión. Son veinte y memorizarlos todos me había llevado muchísimo tiempo de estudio y práctica (¡la pared de mi habitación poblada de esquemas hechos a mano que parecían partes de un lego sin armar!). No recuerdo con precisión cuál me había tocado dibujar, supongamos “arginina” por mi orgulloso nacionalismo.

En esos exámenes se juntan a todas las comisiones en poquísimos espacios, gente que por ahí te cruzaste en algún teórico o que conocés de pasada, pero a la inmensa mayoría no la conocés. Ya casi por terminar, reviso, como siempre, y cuando giro la hoja para tener un mejor ángulo me doy cuenta que el pibe frente a mí estaba tomando registro del diagrama de mi aminoácido, aguardo unos instantes dando señal de que estaba dispuesto a dar tiempo y veo cómo la gota que le había empezado a rodar por la cara se había enlentecido. Todo iba bien, no había nada que me apurara a entregar y estaba sereno dentro de mi performance hasta que lo vi. ¡¡No!! El pibe, del otro lado, había copiado en espejo parte de la estructura del aminoácido, ¡estaba al revés! Se ve que se había quedado tranquilo y él revisaba sus otras respuestas pero yo no podía conmigo, ¡sabía que estaba mal! entonces intentaba golpearlo con mi pie por debajo de la mesa, pero no llegaba o le erraba, no lo sé (no podía confirmar), comencé a mover la hoja, carraspeaba seguido, intentaba de todo hasta que alguno de mis movimientos llamó su atención. De inmediato, deslicé sutilmente mi índice sobre el recorrido del aminoácido y forcé la dirección de salida hacia el otro lado. Sin ver al pibe me di cuenta que había comprendido y se puso a trabajar meta liquid paper sobre el aminoácido dibujado mientras yo simulaba una revisión de los ejercicios de la otra hoja. El pibe exhaló y los dos respiramos nuestra ansiada tranquilidad, sin conocernos. Luego de un tiempo prudente me levanté, dejé mi parcial sobre la pila del escritorio de los profesores y salí por la puerta a pura satisfacción.

De aquella vez lo volví a ver unos cuatro años después, me lo crucé en un pasillo de un hospital (¿Zubizarreta?) mientras realizaba una rotación del Internado, que se hace después de aprobar la última materia y antes de poder realizar la especialidad. Veníamos caminando en sentidos contrarios, frenamos, sus ojos sonrieron y creo que alcanzó a decirme algo que no oí con claridad; lo mío fue sencillo, asentí con amabilidad y continué hasta el siguiente pabellón donde debía retirar los resultados de las muestras que había enviado horas atrás.

Lucas Bruno


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