Tiemperatura

un colectivo 92 de frente

No fueron pocas las ocasiones en las que por una cosa u otra, desde las arenas de mi vida, me han lanzado la misma idea con distintas palabras al respecto de mi dedicación en lo que creo y mis tiempos de disciplina sin agujas en el reloj que la condicione ni registro bancario que desde allí lo justifique. Modulando una síntesis: 

—Es que Lucas… vos sos un caso raro.

Acto seguido, asiento; y mientras, pienso: “sí, ahora, en estos tiempos”.

Sé que sí, ha sabido ser expresión dominante eso mismo, era lo que era, cuando el deseo flotaba chocho entre nuestras ideas y no había tiempo cronológico para tal o cual plan (que siempre se chorreaba de horizontes de ensueño hacia adelante), el deseo creaba el tiempo. Éramos la verdadera “máquina del tiempo” porque lo creábamos. Jamás fue que nos quemamos las pestañas ni exprimimos al máximo nuestros músculos para viajar intencionalmente hacia un punto atrás o pretender uno adelante donde quirúrgicamente diseñáramos la mejor táctica para arreglar o permitir aquello que alguna vez no nos animamos y se nos volvió historia. ¡No! Éramos la máquina del tiempo porque creábamos tiempos y espacios sin saberlo. Y algo pasó (siempre es así), una gran parte de nuestro nosotros se ha diluído en esta insoportable individualidad, esa que llega con dientes, cuchillos, algoritmos y especulaciones, en especial de los tiempos y del espacios.

Del planisferio al barrio. Pongamoslé un corte elegante, año 2000, es redondito y se puede ver (inexacto y todo se vuelve amable para el análisis de esta nota), quienes llegaron aquí de ahí en adelante así estaba la cosa, ¡qué le vamos a hacer! Pero los que veníamos con cartuchos gastados desde antes, podríamos preguntarnos alguna vez ¿cómo fue que terminó mordiéndonos el hilo víbora del yo-yó? Aún cargamos (bellamente para mí) con esa responsabilidad de compartir, de transmitir el valor de poner el cuerpo a la idea más allá de la expresión concreta del interés en el banco (de pesos, de tiempo y de reconocimiento protagónico), pues el ser, ese granito de Argentina que viaja en el flujo sanguíneo a 70ml/kg/minuto de nuestro yo, siempre canta sus estrofas con pasión, coraje y solidaridad.

Creer en lo grupal es comenzar a andar el impulso sabiendo que las respuestas y los logros llegarán cuando lleguen y que siempre son más y distintas a las que “uno” se propone o desea, sólo que hay que estar bien atentos, como cuando el DT nos dice que entramos a la cancha y cada uno de los pelos de nuestro cuerpo se vuelve antena (Trabajo de Hormiga, ¿vió?).

Hay mucho que laburar en este aspecto. El bondi, el colectivo, el ómnibus, bastante representativo de lo que por definición no es pero que puede llegar a serlo. No se trata de dejar a los pibes cuatro horas en un espacio y una actividad, se trata de que el pibe se permita conectar, que su yo se expanda, que se sienta con más fuerza y más deseo para obrar en el mundo. Eso pasa, claro que sí, cuando pasa. Y bien, cuando eso sucede ¡hay que apretujar aquella ola hasta que nos hagamos mar! ¡hay que librarse de las cadenas espantosas de las excusas y si conviene o no! ¡siempre conviene! ¡siempre! Pues las escenas más conmovedoras están anidando en nuestros sueños allí, en ese cacho del barrio en el que siento que “voy a poder”. Ómnibus desde el latín tiene un significado que refiere a “ir todos”, algo así; de alguna manera ese es el territorio, la posibilidad de que suceda pero este escribiente jamás aceptará que lo grupal se trate de meter todos los caramelos en un mismo frasco. Los frascos de la grupalidad no cuentan con la transparencia que conocemos, esa que nos permite chusmear cuántas galletas aún quedan y si están rotas o no; la transparencia de la grupalidad es tan transparente que no alcanzamos a ver su materia, pero que una vez dentro, una vez siendo parte, se siente tan presente como eterna (esta hormiga de eso sabe).

Y es que es inevitable, la Tierra nos ofrece la audacia del encuentro. Entonces podremos personar o no, pero la tendencia es esa: con un otro, con el ambiente, con nosotros mismos (conflictos y resoluciones del drama cotidiano). ¿Alguna vez nos hemos puesto a pensar por qué tengo frío cuando nos aumenta la temperatura corporal? De 36.5º paso a 38º por algún virus, bacteria o qué se yó, el termómetro sale “que pela” y marca grado y medio más a lo acostumbrado para mí, pero tengo frío. Ahora bien, si lo pensamos al revés se entiende mejor porque el foco está puesto en el ambiente y no en nosotros mismos: ¿por qué tengo frío a medida que me acerco a nuestras Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur? La explicación es la misma: la natural tendencia que tenemos a acercarnos hacia “lo otro”, entonces cuando la distancia entre el adentro y el afuera de mi piel es mayor a lo acostumbrado, tengo frío; y cuando es menor, calor.

Hoy con la nuca hiperdesarrollada a partir del hipnótico foco sobre el celular, nos creemos más capos por manejar mejor tal o cual app, por pegarla justo en la salida o la entrada de dinero en aquel bono, acción o que sé yo. Lo cierto es que es mucho más probable que el ser humano de los dos mil veinti se tropiece con algo en el suelo o se lleve el poste por delante mientras camina por una vereda que alguna vez conoció. Y pese a este aplacamiento subjetivo que grita una y otra vez su individualidad, aún pulsa su sangre nuestra natural voluntad de encuentro, y cuando somos grupo los tiempos se olvidan, las angustias se diluyen y el deseo vuelve a brillar en su espiral infinita. Esa es la forma de detectar el frasco en el que la vida nos agrupó, allí, donde las temperaturas dejan de luchar por equipararse ya que se trata de una nueva temperatura común.

Un amigo hace muchos años me compartió una frase que heredó: “los pájaros se juntan en el vuelo”.

Lucas Bruno


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