Que los cumplas feliz

La nostalgia nos arrima a una fragilidad desde la que se arremangan mil valentías. 

La frase se lanzó al aire y el pibe agarró el juramento con toda su alma, la abrazó y la guardó para siempre. Pasarán los días, y momento a momento volverá a leerla entre sus sueños para ver cuánto falta para aquello. Así, con esa misma intensidad se vive cada momento desde que la conciencia asoma con tenedor y cuchillo de no metal entre el piberío. Se acuerdan de todo, ese es su acuerdo.

—La próxima hacemos la revancha.

Pasaron tres meses y un café cuando de vuelta sus ojos vuelven a aparecer en el mismo radar, y no hay otra cosa en la que esté pensando vivir.

Cumplirle a un pibe es creer en el mundo.

Y es que ellos vienen después. ¿Y si cuando veinti, treinti, llegan a los puestos de producción, administración y comercialización de nuestro país con el bello impulso constructivo que los anima desde pequeños? ¿Cuánto puede apagarse aquello que dispara la creación del juego más oportuno al ver un tacho, la pala turuleca de la esquina y la línea que va de la puerta aquella a esta, si lo que hemos acordado como puesta de inicio se corresponde con el grueso de la partida y un final sin trampas, especulaciones narcisistas ni ausencias a último momento porque floridos quéseyo de mi vida mía mía mía?

En cada vez, todo está en (el) juego. La incipiente abstracción en el niño hace que todo sea fácil, que cada encuentro se componga con la distancia, el volumen, los recursos y los contenidos de perfecta perfección. Pero claro, en el medio estamos nosotros, de largos pelos en las barbas y suelas desgastadas. Vemos al conocido o familiar y salimos como un rayo cuando el impulso nos levanta en la cresta del juego. Y del otro lado de ese mapa se encuentra el pibe, con sus ojos abiertos de par en par, con su deseo florido por construir, y con un abanico de permisos y silencios que hay que escuchar. Vamos hacia esa “cancha” con todas las de jugar pero muchas veces lo hacemos sin leer el reglamento, ese que es igual para cada ocasión pues son referencias a tener en cuenta para cada vez, para que cada juego resulte el que se va aceptando desde las dos pasiones que componen al mismo borde.

La distancia es la primera maestra. ¡Y es tan sencillo! y al mismo tiempo el apuro de hacerlo ya en este lugar y de esta manera se nos viene encima. Es fácil, créame, es cuestión de percibir los permisos entre las comodidades y las incomodidades manifiestas del pibe, allí, en esa zona en donde no hay ninguna necesidad de que “nos diga” si si o si no. Se nota. Se siente, si uno está permeable a eso, se siente. Y bien, la comodidad resulta en cinco metros (sí, cinco) entre el pibe y yo, o en los cuarenta centímetros que nos separa la mesita pequeña de madera donde están apoyados los juguetes hoy. Es un ir y venir, es un aproximarse para alejarse si es necesario, y volver a intentar, allí comienza todo, en el exacto lugar donde el pibe se da cuenta que es bien protagonista de las reglas del juego de ese momento, cada vez. 

Y es que la vida cotidiana nos ofrece estas posibilidades con cada granito de arena que lanza su clavado hacia el otro extremo del reloj.

La distancia compuso su cercanía. Luego llegan los modos y los conteos, las repeticiones y los acuerdos, lo que anota y lo que no, todo, todo llega después de esa composición de espacio en el “entre” más preci(o)so. Y el pibe nos cree, y el pibe cree, y el pibe crea. Cree a través del impulso que se le encima con cada propuesta en la que “puede”” con aquello. Allí, uno que es dos o tres veces más grande (¡un gigante! ¡con bigotes y todo!) escucha, acuerda, debate y compite… y ganan los dos. El pibe gana (aún en la derrota), ya no es posible que se esconda entre sus temores.

Entonces el juego termina, la cena ya ofreció el postre y debemos retirarnos. ¡Qué difícil! “estamos en el mejor momento”, y eso lo hace perfecto, pues esa energía queda ahí, latiendo su pulso hacia los dos extremos de aquella melodía. Ahí está el acuerdo mayor, en la despedida, en ese intermedio en la obra hasta el próximo acto. Como los camellos, que tienen esa doble protección en sus ojos y que les permite andar en plena tormenta de arena en el desierto, los pibes abren aún más sus ojos para escuchar como queda la cosa, como cierra el contrato, en qué quedamos. Nos miran con las palmas de las manos hacia nosotros, como intentando absorber cada partícula de nuestro parlamento. Entonces después, “en la próxima”, no podemos no cumplir, es nuestro momento, nuestra responsabilidad de pecho y palabra para quienes sentimos que al mundo se lo construye a cada instante. No podemos pecar tan brutalmente cuando el juego está construyendo una realidad de respeto, acuerdo y confianza, una que siempre nos deseamos tener.

Cumplirle a un pibe es creer en el mundo.

¿Se imaginan un acuerdo sellado desde el simple estrechar de manos? Yo sí.

Lucas Bruno


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