Desde afuera lo vemos, desde adentro modificamos. Tomar distancia, aceptar el mojón. La silla de umpire (algunas históricas canchas de tenis aún la conservan) tan necesaria tenerla a mano al poner sobre la mesa esa escena que se repite una y otra vez dentro nuestro tratando de comprender su lógica de entrada y vislumbrar su salida.
Muchos son los personajes que se despliegan en la escena sufrida, también en la deseada, la histórica, y “la temida y la temible” (como distingue sublime mi maestro Hernán Kesselman a través de su obra). A este punto nos focalizaremos en la escena que se lee desde la página de nuestros días subrayada y con resaltador. Los personajes (heterónimos) más accesibles se pueden ver desplegar desde quien acusa, somete, infringe su verdad y su mentira, así como también desde quienes reciben el impacto de sus ataques o hacen malabares para correrse de allí. La escalerita de la silla nos da el tiempo, el aire y el espacio para la confirmación de nuestra voluntad a medida que subimos sus escalones y acomodamos nuestro cuerpo (sensible) para ver la escena desde la óptima distancia (como en las artes marciales) en la que uno se resguarda hasta encontrar o encontrarse con la plena disponibilidad para la acción.
La escena lanza su montaje.
Duele, aprieta y angustia. Al enunciar parlamentos y acciones de tal protagonista, comenzamos a ver brotar (ver: eso que hacemos conscientes a través de cualquiera de los sentidos) un abanico de posibilidades hasta que por fin nos damos cuenta que esa negativa en el llamado o en la respuesta que nunca llega (a tiempo) viene lacrada con la torpeza del cobarde Shaggy de Scooby Doo y afloja así la cuerda que penetraba nuestra piel mientras sentíamos que más que cobardía lo que olía era una sicaria menospreciación. Es que sí, también podemos vernos desde la sillita de umpire, se ven con claridad aquellos heterónimos que la escena despierta en mí. Entonces, ella termina de afilar, envaina y se dirige a tocarle el timbre. La puerta se abre, encuentra las conversaciones que esperaba y que lerdas, cobardes y perezosas se ve que solitas no iban a llegar nunca; la liviana marea de saberse dentro de su lucha la cubre como una gran capa de terciopelo, calma y sudor.
—¿Qué necesitás (para hacer, para poner ese cuerpo a hacer)? ¿Qué necesitás para entrar?
Esta es la cosa, apenas un detalle. No la forma final. ¡No! ¡Noooo! Será una lupa quizás, el envoltorio que se perdió, a lo mejor se trate de por fin escupir algo o escucharlo, soplar fuerte para que la polvareda vaya para otro lado, atar los cordones, apretar los párpados hasta que la última lágrima se quiebre. ¿Qué necesita? ¿Qué necesito? para salir al ruedo y enfrentar aquello, combatir con valentía haciendo justicia entre mi dolor y mi amor sobre los renglones de mi vida.
“Necesidad” arroja su verdad: ne-cessus-tat (“cualidad de no ser dejado, cedido”).
Huyamos agresivamente de las soluciones que dispensan los manuales y los algoritmos con sentencias de punto final; a las soluciones hay que crearlas. Sí, pudiendo partir de aquello que está en modo “www.com”, pero no como sitio de llegada sino de despegue. Pero para eso, hay que entrar a esa jodida arena donde la valentía se bate a duelo con la sinceridad. Y para entrar hay que analizar de lo lindo qué en verdad pulsa dentro de mí, cuáles son los monstruos que se me han despertado o han regresado. Olerlos desde la punta de la palabra, mirarlos cara a cara y trazar la salida, que es el deseo que quiere más, quiere más de mí en este mundo.
—¿Qué necesitamos (para entrar y luchar)?
Esa es la cuestión. Allí se hace mucho más fuerte la diferencia entre “igualdad” y “equidad”. Debemos dejar de conformarnos con definiciones que vistan de seda a la equidad en forma de igualdad. Lo digo, lo afirmo y lo defiendo porque mi análisis salta su juego desde las acciones, los verbos, lo que está en marcha desde los pies, las manos y el corazón. Mientras que la equidad es lo mismo para cada uno, la igualdad se la entiende como aquello que necesita, y este escribiente agrega: para entrar, ENTRAR y ya no sólo para consumir (¡es que ahí es donde se le ve la seda, che!).
Entrar es poner primera, segunda y demás sobre nuestro deseo, allí donde nuestra obra se va contagiando y componiendo entre la obra pueblo, esa matriz hermosa a la que pertenecemos y nos pertenece. Elegimos trazar y nos afecta mientras vamos afectando los surcos y las palabras. ¿Qué necesito para entrar? Para entrar a la cancha de mi vida, la nuestra, y componer comunidad. ¡Dejemos de responder con la necesidad absurda adjudicada al consumo y nada más! Que cuando se explica la diferencia entre equidad e igualdad con el dibujo de los canastos apilados para que los niños observen el partido según su necesidad no estamos poniendo el ojo en lo que realmente importa: que ellos están afuera. Igualdad, es contar con lo que haya que contar para poder entrar (y crear y llenar a puro impulso las hojas de nuestra vida).
Lucas Bruno
