En las clases teóricas que doy en la escuela suelo preguntar en algún momento si alguien “trabaja en salud”. Las manos se alzan escasas. Primero, Hermione Grangermente desde la platea de la medicina y la enfermería; casi de inmediato llegan las manos de la psicología como si estuvieran seteadas para no cruzar la meta antes que las primeras; y con cierta timidez, un poquito después, se muestran las de la terapia ocupacional, la musicoterapia, nutrición, psicomotricidad y otras manos amigas de contemporáneas apariciones. Tan sólo se trata de un pantallazo, someras referencias para plantear la cosa; ¡y no vaya a creer que no cuento con sobrados ejemplos que hablaron antes que las primeras y sin recurrir al giratiempos! Sin embargo, como un salmón (y no como Salomón) mi ojo no se detiene tanto en las manos que se levantan sino en aquellas que han optado por lo contrario. Me interesa entonces conocer los motivos por los cuales han decidido no hacerlo, aquello por lo que se han dejado fuera de “trabajar en salud”.
Oficinas, comerciantes, amas de casa, estudiantes de diversas carreras entre las artes y las ciencias, administrativos, bancarios, agentes inmobiliarios que no han levantado la mano frente a mi inquietud acerca de quiénes trabajan en salud. Por supuesto, la carta noble de la estructura nos sirve para ordenar, pero… ¿alcanza? ¿Alcanzará agrupar en la inmensa lista desde la medicina hasta la última de las terapias aceptadas dentro de un ministerio para hablar de vida saludable? ¿Acaso la salud es inherente al guardapolvo blanco? Diciéndolo así, comienza a entenderse el concepto que cierra y el que abre al mismo tiempo, pues guardapolvos blancos no habitan sólo hospitales, ¿verdad?
Fuerzas vivas del trabajo, toda una declaración. Fuerzas vivas y saludables del trabajo es aquello que nos deseamos.
Medicina y enfermería. Nadie, ni hasta un delirante con cargo ejecutivo, las quitaría del espacio de la salud. Entonces serán agentes de salud, sí. Pero, ¿alcanza con ser? La respuesta es sencilla: para empezar, para eso sí que alcanza. Ahora bien, será aquello que uno haga desde la sombra que acuse nuestra existencia sobre el piso: la práctica en tanto prédica, acción, pensamiento y omisión, nuestra obra en la vida, esa será siempre nuestra oportunidad para “trabajar en salud”.
El “hospital” se enmarca irremediablemente remediante. La dolencia, la queja, el temor, la ansiedad juegan sus cartas más lacerantes y el objeto de estudio es contundente. Las facultades se encargan de los sellos, las materias y los recursos del “ser”. A partir de allí, la cosa comienza, pues en ausencia de una práctica contínua de escucha (la de los oídos de la música y los del tacto, los oídos cromáticos y los del gusto), acción y acompañamiento, nos quedaremos siempre con la “ñata contra el vidrio” del lado de adentro de la institución. Y bien, ser es una cosa; ser y trabajar en salud es otra.
“Escucha, acción y acompañamiento”, una práctica a la que quien trabaja en salud pone el cuerpo hasta el punto en el que ya no le es posible distinguir la práctica de la no práctica en el día a día. Y volviendo a la pregunta del inicio, y ahora partiendo de la escucha, la acción y el acompañamiento, ¿no será acaso el modo en el que nos disponemos a vivir diariamente lo que permita alistarnos en ese “trabajar en salud”? Un modo de escucha, acción y acompañamiento en la comunidad.
La oficina viva y saludable no es la officina, así como el comercio no es como necio, ni amas escasa, ni estudian-antes, ni los agentes inmóvil-agrios. Siempre estará ese lado pujante y saludable queriendo trabajar (en mí, en nos, entre); y resulta que, día a día, tan sólo se trata de darle práctica a esa “escucha, acción y acompañamiento” resultante de un encuentro genuino con un otro; de esos encuentros que no se imponen ni se obligan, que surgen, que saltan como peces en el río. Será motivo de análisis y escritura para próximas notas aquello de “lo genuino” del encuentro, aunque estoy seguro que si revisa en anteriores sabrá encontrar huella y camino al respecto. De todas formas no estoy aquí sólo para generar curiosidad: lo primero que tengo para decirle es que a un encuentro jamás se lo fuerza, aparece solito. El tema es que muchas veces no nos animamos a dar el primer paso a esa “escucha – ser escuchado” creyendo que no somos lo suficiente, que “qué diríamos”, “¿qué podría yo hacer entonces?”, y los ojos me siguen mirando y desean ser alojados, pues luz con luz, llamita.
“—Háblame, tengo miedo porque está muy oscuro.
—¿Y de qué te sirve si no puedes verme?
—No importa, hay más luz cuando alguien habla.”
(Sigmund Freud)
Toda persona con ganas de una comunidad feliz cuenta con la oportunidad de “trabajar en salud” apenas se levanta y hasta que se acuesta estirando sus pies en la cama con esa sensación hermosa que no encuentro figura ni metáfora para describir pero que usted seguramente conoce, y que llega con ese ruido agudo y sostenido mientras nos estiramos satisfactoriamente debajo de la sábana sabiendo que hemos hecho suficiente por el día de hoy.
Lucas Bruno
