“El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para la humanidad” (Fratelli Tutti, Papa Francisco).
Y es que todo comienza en casa. Desayuno a desayuno nuestro deseo pide pista y se nos vienen encima las instituciones con lo que está bien y lo que está mal, borradores indelebles desde Madre Padre que nos acompañarán a cada paso exigiendo que sea nuestra la tinta con la que se floreen sus páginas. Jardín y escuela (en especial la primaria) echa andar nuestro pulso, se abren un poco más holgadas las compuertas del azar y es el Yo resolviendo, como puede, los entuertos y las alegrías de las que fuimos parte. Tan solo parte. Allí, fuera de todo periplo de territorialidad familiar, en el trajín del grado el Yo ilumina su bondad. ¡Y es que es tan importante el acompañamiento, el cariño, la dulce ternura (esa que puede presentarse en lo cálido de las miradas y los irreductibles signos de la equivocación)! Primarias casillas del próximo juego, comunidad venidera, casi como si estuviéramos escribiendo el futuro, ¿no? Desde qué benignidad resuelve el Yo un conflicto, un error, se sube al grueso de la valentía que nos anima a defender lo que creemos imposible de dejar pasar, acepta el fracaso, alegra y se alegra, ahí está la cosa pues adultos y pequeños laten el encanto del protagonismo, unos y su poder, los otros y su surfeo contínuo. La cosa es que más involuntario que a propósito, vamos lanzando estrías hacia adelante también; todo, cada partecita de cada escena, es infinitamente importante en el “aquí” y en lo que vendrá, de ahí que nuestros sabios familia (esos que estuvieron antes) cargan el sello de la responsabilidad.
Como los caracteres de un teclado, así tal cual, el carácter en parte resulta de “aquello que se imprime” en el alma de una persona.
Vamos y venimos, constantemente, desde el primero al último de nuestros días, entre lo individual y lo grupal. No hay con qué darle, ese que arremete tan sólo a favor de su favor, en algún momento mira para el costado y muestra su jugada, necesita de ese otro, que más allá del reproche, acusación o congratulación, en el fondo le está confirmando que está vivo, pues ¿cómo podríamos en verdad afirmar nuestra existencia entre el eco de la soledad? Los ojos del otro nos confirman que aún continuamos en este plano, aprovechemos entonces la fichita que tenemos, no seamos giles.
El problema, siempre ha sido así, aparece cuando puja más lo individual que lo grupal; todo se vuelve espanto de podios, mediciones, comparativas y demás. Es cierto, hay una fuerza previa, un impulso al que en algún momento le podemos suponer su tope. Luego, ya crecidos, debemos evaluar desde qué lugar nos posicionamos para sembrar en el mundo. Nos lleva tiempo, contradicciones y cambios, pero al llegar, al poder evaluar una situación (¡la que fuera!) desde un lugar en el que creemos, la cosa se vuelve un tanto más sencilla.
El concepto de “tejido social” me cabe. Por un lado, excede eso de la sumatoria de partes, quien ha estudiado alguna vez algo de biología sabe muy bien que un tejido es mucho más que la acumulación de células. La célula (etimología: celda pequeña) se caracteriza justamente por encerrar algo (muchas cosas), por trazar un adentro y un afuera a través de su membrana. El tejido, esa instancia común, es la expresión magna de la libertad. Y al fin, podría hablar de tejido social o de texto social, texto-textil, de ahí viene. Aquello que decimos a través de la palabra, los actos, los pensamientos y las omisiones, se vuelve conjunto de lo más visible a lo menos, y late su ritmo, es inevitable. El tejido social, eso que muestra sus dientes cuando nos ven de afuera (desde otras células devenidas tejidos que tejen banderas con otros colores, formas e historias), grita de a décadas y muestra qué de todo lo que el deseo más voluntario y sagaz lanzó, qué de todo eso ha prendido en el pueblo como parte de su tejido; allí se vuelve evidente esto de que no alcanza con sumar las partes. Queda lo que queda, somos lo que somos mientras vamos siendo sobre el péndulo que oscila entre lo individual y lo grupal inacabablemente.
Al hablar de salud, es complejo. Los laboratorios y las placas de rayos X ofrecen tan sólo lo que los contornos del documento escupen. Y al mismo tiempo miramos la tele, leemos los diarios y engarzamos debates desde la plaza al comedor con la pareja, la familia, los vecinos y el marketing world building. Somos. No podemos porfiar la importancia del conjunto a los valores de las hormonas, los leucocitos y la densidad de la orina. El Dr. Ramón Carrillo hablaba de “factores indirectos de enfermedad” como el trabajo, la vivienda y alimentación sana, ligando la salud con la felicidad de un pueblo.
¿Entonces la salud también por fuera de los límites del hospital y la cartilla de profesionales que luego me hacen reintegro cuando pase la factura? Sí, intento esto hace más de veintipico de notas. Escuchar al que estuvo antes, imprimir trabajo y práctica infinita en aquello que moviliza el entusiasmo, abrir los ojos bien grandes hacia el de al lado, hermanarse con la tecnología como una herramienta de producción y no sólo de mera satisfacción, descreer de la idea de que es imposible aquello que se proyecta en nuestro espíritu y agarrar muy fuerte la mano con quienes construimos amor; desde allí este escribiente cree que las palabras vuelan, se unen, se vuelven cánticos de hinchada, tejido social y salud en el pueblo que somos siendo.
Lucas Bruno
