Libertad, esa hermosa palabra de tantos sentidos y direcciones en su reflejo.
Basta con que el ser humano nazca para que los límites geográficos y jurídicos de donde haya gritado por primera vez estampen orgullosamente su territorialismo de base. Y soy argentino, eso somos. La fragilidad de nuestra existencia en aquel primer aliento exige el lenguaje que late a una y otra orilla de los océanos: el de la “protección y nutrición”; dos titanes de amplísimas capas a base de hilados subjetivos y objetivos, cuya obra es tan protagónica como imprescindible en lo que a desarrollo de la humanidad se trata. Desde el nacimiento, el modo de expresión de estos dos titanes, sangre poblada de tradiciones y costumbres, entrama la carta más expresiva de nuestro ser nacional al mismo tiempo que flamea la virtud del amor. Cómo protegemos y cómo alimentamos, en fin cómo amamos, será entonces la forma en la que nuestro pueblo se presenta a los demás pueblos cuando se nos da la palabra y cuando no.
Desde las raíces, “economía” hace alusión a la administración del hogar. A algunos nos lleva un tiempo, a otros más y a otros menos, pero finalmente llega ese punto en el cual comprendemos que no son sólo los sonidos lo que permea entre las paredes del “mío” con el “suyo”. Los hogares respiran sus páginas en el hogar común, nuestra patria.
Luego de la inacabable obra que sembró el General José de San Martín en nuestra tierra, escribió las “máximas” expresadas a su hija, y que a mi entender fueron escritas para todos los hijos de nuestra patria. No tengo leído que se le haya exigido un tope para su cantidad por el que San Martín debiera agrupar intencionalmente para que la lista resultara sólo de doce; y cuando leemos la número doce nos encontramos con que “patria y libertad” se encuentran en la misma máxima, como si no pudieran separarse entre sí, como si formaran parte de una misma naturaleza, y en eso creo.
Máxima 12ava: “Inspirar amor por la patria y por la libertad”
Zoom. En otra nota hice hincapié acerca del concepto de “patria” como patrimonio común a todos los argentinos. De más no está volver a escribir que esto considera a las expresiones objetivas del patrimonio así como las subjetivas. Argentina. La patria, como sitio de salida; y la libertad, como aquello que expresa la acción efectiva entre nosotros desde lo que tenemos, lo que sentimos y lo que soñamos. Este es el punto en el cual aquello que nos ha traído hasta aquí a través de los más de doscientos años nacionales se pone al servicio de nuestras manos para continuar desarrollando nuestro país, nuestra patria. Existe una desviación precisa generada por los distintos tipos de comunicaciones que anida la sensación de que aquello tiene que ver tan sólo con lo concretado por la acción de las tres grandes instituciones de nuestro país. Pero esa es tan sólo una parte.
Lo nuestro está en la cocina y en el comedor; detrás del mostrador y al recibir propina; en la estantería, en la fila del supermercado; con las manos apoyadas en el volante del tránsito nuestro de cada día; en los pares de pies refugiados bajo la misma manta y en la bolsa de arpillera repleta de papas y cebollas. Allí, libremente, hacemos patria, expandimos las superficies de nuestro patrimonio común, pues volvemos a enunciar la idea de que libertad y patria son inseparables.
Al hablar de libertad estamos refiriéndonos a aquello que desde nuestras manos y la nobleza de nuestro corazón estamos haciendo en el suelo que pisamos junto a las personas que componen tono, superficie y tiempo, las conozcamos o no. Centralizamos en la acción para referirnos a la libertad, enfatizando la naturaleza servicial y comunitaria de la misma. Y es así y no al revés, pues en el hecho concreto de reflejar a la libertad en el poder “poseer” y no en el poder “dar”, se hace más evidente aún la antinomia ya que pocas cosas son más representativas de la opresión que la imposibilidad para poder desprenderse de esto o aquello. Y bien, la resultante nos apunta la libertad con su vector orientado al servicio, al bien común, al “dar”, y la sabiduría patriótica se arremanga desde los quiénes, dónde, por qué y cómo se recibe aquello que se está dando, para seguir construyendo.
Por esta misma razón al albedrío hay que echarle ojo, lupa y tinta. No es cosa de otro planeta leer en la solapa la etiqueta de la libertad y que a modo de “cambiapieles” lo que está por debajo de esa etiqueta resulta el absurdo y caprichoso algoritmo del libertinaje, en el cual no hay construcción posible ni siquiera para quien festeja la salsa de su propia saliva. El albedrío es por definición libre y construye pueblo.
Quien no puede dar, de alguna forma, está encadenado a aquello. Quien da, viaja a través del deseo desde lo que ofrece, multiplicando nuestros recursos y expandiendo las redes de conexión que ni siquiera habían amagado a imaginar. Patria.
Pienso que hay mucho de cobardía en el libertinaje, a lo mejor un poco menos cuando se hacen presentes como tal y no se esconden en oratorias seductoras de libertad a través de aparateadas presentaciones y voluntades. La cobardía ancla en aquello a lo que no se animan, en especial al amor. No se animan a entregarse, no se animan a saltar a través de un sostén conjunto sin antes revisar si tal sostén existe o se trata de una trampa. En este sentido, algo ha pasado en todo este globalismado tiempo. Se ve en las confrontaciones, las públicas y las privadas, las en vivo y directo y las que son a través de las pegajosas redes sociales, jamás me cansaré de decirlo: “¡cuán cobarde es siempre el individualismo!”. No cargo más de los cuarenta y cuatro años que manda mi documento, he vivido la adolescencia en los años noventa de una vida de club y de barrio. Dábamos la cara, aceptábamos la derrota y le poníamos el pecho a lo que decíamos y creíamos.
La Patria como lo irremediablemente opuesto a la sumatoria de las individualidades, sino que se trata de una construcción que día a día excede entre ellas.
Lucas Bruno
