El grito es grito cuando da a luz lo que ya no puede quedarse dentro, todo lo otro son gimoteos del narcisismo.
El trabajo de Paya de hospital me ha permitido percibir puertas en donde no se veían, ¿será esto lo mágico de la creación? Luego, al tiempo que ensalzaba el momento, esas puertas se iban abriendo desde el impulso de una mano conjunta.
Llevo veintitrés años en la materia, el encuadre se sostiene en el tiempo desde su potencia. Julio del año 2010, a María la vimos una vez por semana junto a Valentina y Andrea durante los dos meses que estuvo internada en el Hospital Álvarez de nuestra querida ciudad. Fue un típico seguimiento Paya, y como típico, inmensamente movilizador y generador de ciento cincuenta millones de libros desde nuestro cuerpo poético.
Cada paso que damos dentro de la institución es una oportunidad para crear un tiempo en dicho espacio de huella. En tal sentido, he encontrado en la máscara Paya un posicionamiento desde el cual la cosa se vuelve un poco más sencilla. Y de tanto meta práctica Paya en los hospitales, la calle, las salas y los libros, esa mirada inocente y constructiva encuentra cada vez más fácil cómo moldear desde las proyecciones concretas que el Yo se propone como sabio.
Yo y Paya siempre van de la mano, no hay escisión posible, ni aún en lo más profundo del halo de luz de una prestigiosa sala teatral. No. Lo mejor que nos puede pasar es que “lo paya” escupa su existencia ocasionalmente, aún con el traje puesto y la disposición al frente de todo. El Yo siempre está presente y nos entrenamos día a día para que se vuelva cada vez más permeable a los arrojos de Paya. Yo-Paya, Paya-Yo: arte payayo. Y esto sucede (a eso aspiramos) durante la internación de Paciente, pero anímese a extenderlo a cualquier otro arrojo modular de la vida cotidiana: Padre – Madre – Pareja – Empleado – Empleador – Estudiante – Profesor – “colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”. ***
Con María estuvimos dos meses. Noventa años, un Alzheimer avanzado y un estado de deshidratación profundo arrojaba la historia clínica. La primera vez, pura casualidad. Andábamos de aquí para allá y al caminar por uno de los pasillos del pabellón A, un par de sonrisas se hicieron eco de nuestros trajes del otro lado del umbral de la puerta. Payas aprovecharon el impulso e improvisaron un bello trabajo de “entrada”, habían descubierto una puerta invisible y pese a sus floridos intentos, no abría. Consideraron como posibilidad que la puerta se abriría “desde adentro” y entonces pidieron ayuda a las señoras que estaban sentadas al costado de una cama (de lo poco que nos ofrecía el campo visual). La risa cantó desde su espada y la puerta abrió, Payas entraron y por primera vez vieron el rostro de María, y la atmósfera de inmediato soltó su pulso. Ella estaba “como en otro lado”, la cápsula enseguida nos envolvió, el tiempo contó hacia otro rincón mientras nuestras miradas iban acercándose de a poquito; y a contrapelo, meta apuro, meta razón, una de las familiares se acercó a la cabeza de María, la tomó del hombro y soltó su látigo de púas, desde su benignidad, desde sus benignas púas antiburbuja.
—¡Mirá quiénes te vinieron a ver, mirá, MIRÁ! ¡Ay, ustedes! Si la hubieran visto la semana pasada… cantaba, bailaba el tango, ella es una artista… ¡¿no que sos cantante?! ¡Cantales un tango!
María no se movía, sólo desde su rostro posaba sobre los colores de nuestros trajes que intentaban gritarle que estaban allí para ella. Aún no sabíamos su nombre, recién la habíamos visto pero todo parecía crecer aceleradamente. La señora desistió y bajó sus púas, el silencio se clavó en la(s) diez y nosotros navegamos con comodidad aquellas aguas. Silencio. SILENCIO. Vectores de doble sentido entre nuestras miradas y la de ella. Silencio. SILENCIO. María comenzó a balbucear, apenas vi que la familiar amagaba su movimiento (estaba muy atento a esto) le hice una seña para que dejara solita a María, aceptó sentándose mientras los intentos vacilantes ocupaban su t(r)ono: María había comenzado a cantar. Como si se conocieran de toda la vida, Paya levanta la mano en el momento en el que la melodía buscaba su salida.
—Tengo una pregunta —mira a María y ella levanta sus cejas tímidamente —¿se la puedo lanzar?
—¡Sí! —la voz de María asomó y la maravilla sacudió su encanto dentro nuestro.
—¿Cómo se llama? ¿Cómo es su nombre? —Paya soltó las palabras al viento y con sus manos ubicó la estela hacia donde María iluminaba desde sus ojos.
—María —contestó, arrojando su valentía al aire y el tiempo se detuvo.
(Son por estas cosas y no otras por las que hacemos esto).
—¡Cantales! ¡Cantales el tango que te gusta! ¡Cantales María! ¡Cantá!
(Pum Plafff Ouch)
Y ahí va eso de la intención, el apuro y el Yo. ¡Qué se le va a hacer! Uno esperaba que eso que fue tan fácil para María pueda resultar así también en quienes la acompañaban. Se entiende, se ve que no había un deseo de romper con aquello, sólo que aún no captaba el lenguaje que habíamos empezado a crear entre Payas y María. Como la señora (tiempo después supimos que era su sobrina) no cedía, trabajamos desde aquello que con insistencia de pájaro carpintero proponía. Luego, la salida resultó con su broche de ternura.
—Para el fondo hoy no vayan. Ya les dijimos también que no a los que rezan.
Cuando llegamos, la sala entera estaba durmiendo. Marcela y Silvia custodiaban con cariño la cama 90 en donde se encontraba María, despierta; extrañamente sentí que se había arreglado un poco para la ocasión. Silvia le tomó la mano y con dulzura le comenta de nuestra presencia, como si necesitara hacerlo. Físicamente a María se la veía mejor pero un poco más lenta, sus ojos pensaban antes de mirar. La saludamos elegantemente desde nuestra posición y ella comenzó a balbucear. Silvia intentaba “traducir” pero era claro que María no estaba de acuerdo con las palabras que chorreaban maniacamente desde la boca de su sobrina, nosotros no haríamos otra cosa que intentar dilucidar aquello que estaba queriéndose decir y que luchaba contra la urgencia de Silvia. Finalmente lo único que quedó fue el débil balbuceo de María para luego comenzar a entenderse algo que nos llegó directo a la entraña:
—Es ahora… ahora… vamos, vamos ahora.
Nos miramos entre los tres, no alcanzamos a salir de allí ni siquiera hasta las cejas. Hasta Silvia entendió que no era necesaria una traducción.
—Se ve que se quiere ir —dijo Silvia apretando sus muelas.
El silencio se instaló implacable, y halló su lugar en la mesa que habían preparado las miradas de Payas y María que no se soltaban. La melodía de una kalimba se escurrió entre los márgenes presentes, y fue así que todo lo envolvió. María, desde que habíamos puesto un pie allí, no había esgrimido movimiento alguno más que donde su mirada le animaba su encanto. La melodía terminó de esfumarse y, para sorpresa de estadísticas, portasuero, causas y consecuencias, María sacó sus manos de debajo de la sábana y deiforme comenzó a aplaudir.
—¡Ay, mirá cómo aplaude! —se escuchó desde un familiar de una paciente vecina.
La primera vez que la encontramos sin acompañantes estaba como en pausa. Sus ojos estaban abiertos pero apuntaban hacia la pared. Había un biombo que enfermería había dejado delante de la cama. Payas, ocultos tras el biombo, sueltan burbujas al aire. Cuando contactamos pudimos registrar una pequeña mueca desde su rostro. María nos estiró su mano y Payas le correspondieron; entonces ella saludó uno por uno. No hubo palabra, tres Payas y María en ese pequeño metro cuadrado; María levantó un dedo y antes de que podamos lanzar una punta de improvisación fue muy concreta con la seña de “silencio”. Allí se quedó un instante (de mil horas) con su dedo índice apuntando hacia el techo. Paya emuló el gesto y con el primer pliegue de su rostro transformó su dedo en un lápiz con el cual escribió amablemente sobre un papel imaginario para todo el mundo menos para ellos cuatro. Payas doblaron en tres el papel y se lo entregaron a María, ella lo recibió giacondamente, hizo una pausa y se lo llevó con suavidad hasta su pecho.
—¡Vamos, vamos…! —dijo y sonó igual que antes.
Cuando nos estábamos retirando, se vió cómo una venda controlaba al barral de la cama su otra mano y toda su intención.
—Estuvo toda la semana dormida, nos costó un perú hacerla comer. Ahora está durmiendo, para variar.
Lo único que hicimos, como si supiéramos, fue acercarnos hasta el umbral de entrada. Como si nos hubiera olido, o escuchado, o todo junto, su cabeza apuntó directo a los tres Payas, levantamos los hombritos a la par y nos dimos cuenta que habíamos llegado “justo” para su prosa. Abrió grandes sus ojos y comenzó a susurrar sonidos, impalabras, CANTO. Antes de que la energía cayera desde su cresta, como buena artista, María ofreció una toallita naranja desde su mano izquierda y, mientras continuaba entonando palabras que sólo quien no intenta entender entiende, la agitaba a uno y otro lado elevando el tono de su canto. Las direcciones que ofrecía desde su toalla-pañuelo elegante se volvieron múltiples y Payas acompañaron moviendo su cuerpo al compás de la danza entre el canto y el pañuelo, por allí y por aquí, una y otra vez, la sala se llenó de música y de color. Mágicamente, María captó el guiño y comenzó a desafiar a los Payas haciendo girar el pañuelo en tonos mayores y menores, sonreía con la risa y la lágrima, ella sonreía. María gritaba su baile, gritaba su canto, su arte, su vida, le salía por sus ojos, era inevitable. Y entonces, cuando no hubo palabra que alcanzara para aquello que quería, María sacó energía no sabemos de dónde y nos lanzó un beso, llevándose a la boca la mano con la que nos hacía bailar y abriendo enormes sus dedos proyectando su luz en el ambiente.
—Esto sólo lo hace con ustedes… sólo con ustedes, con nadie más —antes de retirarse, la enfermera Rosario se encargó de hacerme saber que era ella quién pronunciaba esas palabras y que nosotros éramos los destinatarios.
“Se le ha detectado insuficiencia renal en la semana, tratamiento antibiótico empírico, desmejora en la mecánica ventilatoria, pronóstico ominoso”. Duro. Vida y muerte, y en el borde, el amor.
María estaba acostada sobre su lado izquierdo, ya no estaba atada. La improvisación no aceptaría otra forma que no fuera la molecularidad que ofrecía el encuentro de miradas entre María y Payas. Ella, inmóvil, respiraba suavemente detrás de su mascarilla. María levantó sus cejas, Paya ofreció una kalimba hacia el frente y ella aceptó bajando los párpados con toda su fuerza; los otros dos Payas acompañaron el uno percutiendo su mano sobre su antebrazo y la otra lanzando notas al aire a boca cerrada. María sonreía, los tres luego acordamos que no lo habíamos soñado. La melodía dijo hasta cuándo y antes de que la resonancia se diluyera por completo en el ambiente, María extendió su mano hacia nosotros. Uno a uno fuimos correspondiéndole hasta que eran cuatro las manos que con valentía sabían que aún había mucho por construir.
Cuando llegamos al servicio la siguiente semana, nos contaron que María había fallecido. Le preguntamos qué día y nos dijeron que el sábado por la noche, unas pocas horas después de nuestra última canción.
Lucas Bruno
*** Del tango “Cambalache”, nacido en la Argentina preperonista.
