Y el conductor del programa observa la cruda realidad, que tarde o temprano siempre se nos viene encima gritándonos “¡era esto! ¡era esto lo que es!”, se rasca la barbilla mientras busca el mejor ángulo luminario, destila su pausa protagónica y sentencia con franqueza de dudosa procedencia:
—Las autoridades deberían reflexionar al respecto.
¿Y qué querés que te diga? Desde aquí, mientras el aire invite a los pulmones a seguir gritando no se nos ocurrirá otra cosa que, más que exigir una reflexión, invitarnos a la acción. Sí, eso. ¡Acción! Que todos los estímulos graban la perfección de escena de la que somos parte. Accionar, verbear, eso que la gramática no le atribuye género porque es el movimiento su naturaleza y no el “quién” se lo atribuya como propio. Poner el cuerpo, que las cámaras instaladas en las calles y los múltiples ojos robóticos que llevamos en los bolsillos no les llegan ni a los talones a los ojos sensibles de nuestra humanidad.
Si al leer lo anterior comenzó a caer en la trampa de lo macro, intente salir que estamos a tiempo. Una pista: en general, como buenos hechizos, no nos damos cuenta hasta que estamos hasta la rodilla pero el indicio clave es cuando nos preguntamos ¿y esto para qué serviría si igual no cambia nada? (ahí ya entró de lleno a lo macro). ¿Qué cosa sino una trampa puede ser cuando nuestro espíritu se lanza al servicio y la pregunta anuda “¿de qué sirve (el servicio)?” Parece chiste, pero no. (Esto) sirve porque (aquel) sirve. A cualquiera que se le ha caído todo (vaya para la tronera que desee en la asociación) sabe muy bien cuánto (cómo, dónde, qué, por qué, etc) sirve ese otro que se pone al lado, se frota las manos y se acuclilla cerquita con más energía en sus ojos de la que se ha disipado en la angustia.
Y excede, créame que excede, eh. Excede a todos esos muros que se levantan cuando las ideas llegan antes a la mesa que la voluntad de encuentro. Pero pasa, sucede, ¡claro que sí! Basta con recordar algún impulso en la calle, en la casa de alguien, en el edificio del trabajo, ¡en cualquier lado! pues hubo un papel que se levantó, un anciano que nos preocupó y cruzamos hacia la otra vereda con un ojo puesto en nuestra rutina y otro en él “por si acaso”; la puerta que me anticipé a abrir, ¡hasta los ojos llorosos de aquella señora llamaron la atención! y quiso acercarse pero (esa vez) no se animó; la nota que desafinó en el subte antes de la gorra, el tobillo que hizo que casi se cayera y los pasos aceleraron para amortiguar. Estamos, siempre estamos y no sabemos, ¡no sabemos aún cómo (quienes ayudamos) piensan, qué quieren en la vida!
Lo acepto, hay territorios que al momento no tienen síntesis alguna. Sin embargo, me refiero a eso que está en el grueso de todo y que pareciera que no, pero sí. Insisto, la acción, el verbo, el impulso de obrar en la vida; y luego de ella, luego, después, a continuación, es que se analiza. En general llega a sorprendernos mientras vemos trazar sus distancias protocolares para una supuesta próxima vez.
Y bien, es importantísimo entonces dedicarnos algunos momentos para comprender desde dónde obramos en el suelo que estemos pisando. Porque hay una tendencia a corrernos de ahí, es elegante el método pues no nos damos cuenta de su avance y muy de a poco ya casi no sabemos por qué estamos en contra de esto o aquello. El impacto es siempre el mismo: la información, eso que flashea en tres segundos en tik-tok, titula por ahí, o leemos hasta la última referencia al pie, a eso ¿lo abordamos sólo para consumirlo? ¿o es que hay una intención de analizar qué se está ofreciendo desde allí?, estemos en lo cierto o no, la cosa es darnos cuenta si hay una absorción pasiva o si aquello nos pone en estado de arte al respecto del análisis en cuanto a “lo que me dejó”. Y ahí se pone jugoso eso de contar con un posicionamiento desde el cual entender y accionar en el mundo, pues nos ayuda enormemente a esto de la interpretación de los hechos; alguna vez sería bueno que nos preguntáramos ¿desde dónde decimos lo que decimos?
A esta edad de la historia son unos cuantos los territorios de síntesis imposibles, se verá más adelante. Fuera de aquello, existe un formidable espectro de lo posible (de ayuda y construcción) del que las lejanías se vislumbran sólo en los esquemas de la razón y la conciencia, allí se lanzan al cruce los argumentos, ¡y lo bien que hacen!. Un cachote puja la interpretación de los hechos desde la satisfacción individual y otro tanto analizamos y accionamos en la vida teniendo al interés común como criterio de orden.
Mientras nos deseamos una realidad debemos ser conscientes que somos responsables de la parte que nos toca al respecto de por fin su creación efectiva. Se debatirá, se ganará y se perderá, y a cada mate que se comparta es pertinente sentir y entender desde dónde nos posicionamos para seguir construyendo.
Lucas Bruno
