Quiero ayudar

Patch Adams aprendiendo que ve más que cuatro dedos (escena de la peli)

La vida de club supo hacer lo suyo, como casi toda sabiduría que siempre es, pero después, cuando comprendemos que ella había viajado de polizón dentro nuestro. Era mi primer año en la universidad, cursaba el CBC, y le hice caso a la insistencia de mi hermana Romina (los Bruno somos así, cuando algo nos moviliza nos batimos en mil señales con tal de compartirlo) y alquilé la película “Patch Adams”, fue allí que todo tembló dentro de mí. De inicio a fin pude dar idea a aquello que había aprendido sin saberlo dentro del club, como si una multitud de palabras me hubiera poblado de un momento a otro para permitirme así gritar(me)(nos) aquello que hasta estas teclas que estoy sonando transita en el torrente de los proyectos en los que me va el alma en cada pelusa.

Yo creía que estaba metiendo goles y defendiendo de adelantado para molestar el ataque del equipo de enfrente mientras además intentaba robar alguna pelota para salir de contragolpe; y en realidad el club lo que me estaba enseñando era a ayudar.

Dos fueron las escenas de esa película que me hicieron bailar de lo lindo, una para entrar, para terminar de apretar bien fuerte cuando Biología Celular me noqueó en el primer round (que siempre recordaré el sacudón anímico que me dió mi viejo en el momento oportuno cuando la cobarde tentación del abandono me comió la cabeza). Patch le comunica al director médico de la institución que se retiraba de allí porque ya sabía “qué quería hacer” en su vida: deseaba ayudar, escuchar a la gente, escucharla de verdad. Desde esa escena se consolidó aquel lugar al que yo quería llegar, y como toda obra maestra proporcionó el impulso inicial; al camino lo sigo construyendo.

Con la primera entré, la segunda escena me estimuló a investigar entre las hojas de la biblioteca del quinto piso y los usados de la vieja plaza Houssay, el teatro, los voluntariados, la música, las letras y la filosofía. Mis ojos posaban multi escenarios adonde fuera que vaya y los interrogantes circunstanciales no dejaban de propulsar su deseo por ser. Patch insiste en querer saber, querer conectar con lo que Arthur Mendelson preguntaba una y otra vez a cada internado: “¿cuántos dedos ves?” mientras ofrecía siempre cuatro a la vista dada, a “lo macro”. Arthur incita a Patch a que no sea sólo en eso aquello en lo que sus ojos (su deseo) deposite todo su interés, “no enfoques en el problema al verme a mí… ve más allá del problema”, ver (también) más allá de lo que está dado.

Veintilarguísimos años después, esta semana, me topé con la película en el zapping sesudo de la noche. La satisfacción que me abrazó al sentirme en sintonía con aquello mismo de antes se me ha vuelto indescriptible. El camino(s) hasta aquí ha de haber ofrecido nutridas contradicciones, seguramente, sin embargo reconozco una coherencia de la que me siento (y me paro y salto y vuelo) orgulloso.

Y es que siempre quise aprender…      

Antes de que el club me atropellara las horas, los sábados por la noche comíamos pizzas en la casa de los abuelos. No contaba doce años y todo empezaba desde que subíamos la escalera de la puerta de entrada. El olor a cebolla recién cortada y la salsa hecha con tomates rojos y redondos te bienrecibía antes de que podamos hacer contacto con los enormes dedos de mi abuelo estirando los bollos de masa sobre las pizzeras. Mi abuela cantaba mientras terminaba de planchar las servilletas y el mantel. Estábamos componiendo vida. Mi abuelo solía comenzar a gritar inentediblemente mientras hacía zonceras con las manos, luego vociferaba haciendo énfasis profunda en alguna de las vocales de cada uno de nuestros nombres mientras nos acercábamos a la cocina con las manos llenas de bolsas de postres y cosas para compartir, como por ejemplo las fotos que habíamos revelado en la semana. Era hipnótico para mí ver cómo estiraba con precisión la masa, como si supiera cuánto específicamente para que los tronquitos salieran como a él le gustaba. La abu nos abrazaba tres veces a cada uno, primero a todos juntos, después uno por uno y el tercero con la mirada. La mesa era redonda y a las sillas de metal les agregábamos unos almohadoncitos, y cuando necesitábamos más lugar solíamos usar el lavarropas como anexo de mesa. El comedor era para las reuniones enormes. Yo observaba todo, quería saber. Me interesaba cómo lograba los bollos de masa con tanta precisión, creía que la cantidad de aceite era secretamente perfecta. En más de una ocasión lo encontré a mi abuelo mirando los ocho bollos que preparaba esperando el levado perfecto, como si se tratara de un tesoro, sus ojos brillaban, era sábado y habían pasado las cincuenta horas que laburaba de corrido en el hipódromo de palermo. Él miraba los bollos, estaba orgulloso de ellos, solía pispear por debajo de los repasadores con los que los cobijaba (siempre usaba el repasador naranja a cuadros para los bollos de abajo), se le escapaba una morisqueta chiquita, muy chiquita, yo no entendía por qué, tiempo después comprendí (y estoy seguro de ello) que eran nuestras sonrisas llenas de salsa de tomate y mozzarella lo que estaba anticipando en su trabajadora cabeza. Ya llenos de amor y de pizzas, solíamos quedarnos a dormir con mi hermana Romina. Me iba acostar pensando en cómo había echado al aire el bollo, cómo lo apretujaba contra la mesa y le tiraba harina, calculaba todo en mi cabeza, quería saber, quería estar, estar ahí.

Los domingos eran los únicos días que mi abuelo no trabajaba en todo el día y entonces él seguía durmiendo. Yo me levantaba súper temprano, tocaba aprender de la abuela. Ella cantaba siempre, aún en silencio. Yo creo que sólo le bastó la primera vez que conoció al mar como para que él decidiera hacer nido en sus ojos para siempre. No había caso, por más que yo quería hacerme el desayuno, me ganaba de mano. Luego limpiábamos la mesa y poníamos manos a la obra: los fideos para el almuerzo. Otra masa, otros ojos, otro deseo de saber, de estar, de pertenecer. El mejor momento era cuando sacaba la manivela del cajón y la unía a la maquinita, era como manejar un tren. Los fideitos salían por abajo y la emoción de hacer girar la cosa me despistaba de recordar los movimientos de sus manos para tratar la masa entre una y otra pasada. Siempre supe que iba a estar más cerca de las pizzas que de los fideos. Y seguíamos componiendo vida, produciendo deseo. Y no lo sabíamos, y no nos importaba saberlo pero así lo sentíamos, era inevitable.

La observancia, el poner el cuerpo, estar, en aquellos espacios y tiempos que se nos ilumina el entusiasmo por saber, por vivir, entiendo que infaliblemente es un buen camino para ayudar. ¿A quién? No lo sé, pero algo es seguro: en esos momentos de la vida nos estamos preparando para aquello, para cuando llegue ese instante. Aprender a observar no es sólo acomodar la miopía, la hipermetropía o el astigmatismo, aprender a observar es animarse a colorear los bordes desde la piel, donde las temperaturas se juntan creando un nuevo ambiente entre cada una de las partes. Partiendo de allí, con los cuidados (a la necesidad y a la potencia) pertinentes la ayuda se vuelve oportuna siempre pues, por más que la consulta en el shipití dispare una respuesta en tres segundos, nosotros la hemos de haber creado antes.

Dentro de los textos bíblicos en un momento se cuestiona acerca del propósito de la humanidad en la Tierra. La respuesta que cita es simple y son tres cosas al mismo tiempo: estamos para conocer, para amar y para servir. Ya fuera en los espacios deportivos, en los académicos, artísticos, en la mesa familiar o en la porfiadez del adoquín, cuando siento que esas tres se conjugan dentro de mí, es allí donde quiero pertenecer. Los podios y los premios autoselfing show reparten siempre desde otro mazo.

Difícil para este escribiente pensar en el hecho de aprender por fuera de los embistes, tan siempre esperados, del amor.

¿Qué quiero en este momento de mi vida? Seguir ayudando.

Lucas Bruno


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