—¿Y en qué estado se encuentra?
—¡Un relojito!
La nota de hoy viene con un detalle para su abordaje, algo así como unos anteojos 3D para una peli o para lo saliente de revistas de los años noventa. Se debe leer la nota sin exceptuar eso que hacemos apenas nos ponemos los 3D cuando jugamos a mirar por dentro y por fuera del marco “para ver la diferencia”. Entonces, la propuesta es que vayamos viendo por dentro y por fuera entre lo particular y lo extenso conjunto desde cada próximo párrafo.
Puertas adentro, cada tanto revisamos nuestro ejecutivo, legislativo y el judicial. Nunca está de más echarle un ojo a lo que se va componiendo desde nuestros poderes, las carpetas que dejamos en sus escritorios, lo que se ha archivado y los proyectos a los que soñamos atrevernos desde la algarabía de su primer vuelo al montaje valiente y protagónico.
Desde chiquitos nos alientan definiciones macro al respecto de la salud y su heraldo bienestar (físico, psíquico y… ). Y este concepto de “bienestar” se trata de un acercamiento impreciso, impersonal y lleno de puntos suspensivos, pero sabio, muy sabio desde su enunciación; pues no nos hablan de bienestado sino de bienestar, de “estar bien”, allí encarna su sabiduría dado que, sí o sí, estar bien implica una revisión puerta adentro y al mismo tiempo su implicancia calle afuera, en donde la vida se escribe desde la tinta común.
—Disculpe, pero esto… —apoya la bandejita y la vendedora se echa hacia atrás —esto está en mal estado.
—Déjelo y agarre otro, ¡no sé qué pudo haber ocurrido!
Frente al daño la acción reparadora es inmediata, debe serlo pues el hecho impuso su huella; nada de postergaciones ni excusas. Se hace y luego se analizan posibles causas y prevenciones hacia adelante. Y así es el ejecutivo, ¡qué le vamos a hacer! el ejecutivo hace, y a partir de aquello que hace se despliega la infinita esencia de las ramificadas telarañas de la opinión, los juicios de valor y las multiplicadas respuestas, cosa que luego llega a nuestro legislativo y judicial al toque y después también. Nuestro ejecutivo hace, y este escribiente insiste con eso de que “por los frutos es que se conoce al árbol”. La acción manda, imprime su sello, su “decir” en la realidad que componemos (esa misma que debemos corroborar estar compartiendo cuando una persona se ubica en el sillón de Paciente y comenzamos a andar consultorio); el principio de realidad es en rigor la casilla número uno en nuestro tablero común, y debe serlo aún para delirantes y soñadores, se trata de nuestra responsabilidad para que todos juguemos con las mismas fichas y la misma baraja.
El ejecutivo es unipersonal, ¿verdad?
Basta con estar cuando hubo que estar para que nuestro aroma y nuestro calor quede impregnado para siempre en la memoria emocional de quien nos necesitó; basta con hacer el ejercicio de recordar algún momento en donde nuestro dolor encontró su remanso, y no sólo se nos vendrán aquellas palabras que nos ofrecieron sino la ropa que tenían puestas y el sillón donde nos sentamos. Ahí, en la acción, cuando hacemos, es el Yo y tiene DNI. Por supuesto, para lo malo, para la destrucción, también. Pues bien, ese Yo ejecutivo que hace y que cuando construye amorosamente su onda expansiva es tan infinita como inimaginable, también carga con la responsabilidad de los alcances de su obra en términos de daño (los ojos de nuestro judicial y los dientes de nuestro legislativo viajan dentro a cada paso). Nuestra familia, nuestras amistades, nuestros vínculos también caminan junto a nosotros en cada una de las acciones que desplegamos por allí y por aquí, y es por eso que cuando la pifiamos en la comunidad se vuelve tan importante la aceptación de aquello e impostergable una acción (¡claro!) reparadora a la que jamás hay que intentar fintar.
El ejecutivo es unipersonal, claro que sí. Para lo bueno y para lo malo, echa huella con responsabilidad propia en (entre, hacia, hasta, para, por…) los millones que componemos suelo y cielo común del principio de realidad del cual deben partir sí o sí nuestras acciones.
El medio de producción (de deseo, de sueños, de trabajo) es propio, privado, es nuestro; ahora bien, el flujo entre ellos, entre usted y yo, es siempre público, es siempre puerta afuera, entre la vereda, el adoquín y el cemento, en ese campo en donde las suelas se gastan.
Y bien, se vuelve preciso revisar la máquina, el consultorio es un espacio pero hay miles más. En el consultorio se trabaja desde una perspectiva (y cada consultorio tendrá a su vez las suyas) pero hay muchos espacios: grupos, equipos, proyectos, conjuntismos en donde nuestro ejecutivo, legislativo y judicial se ponen a prueba momento a momento. Observar qué hacemos, qué nos motiva a la acción, qué se mueve dentro de mí, desde mí, para poner el cuerpo en aquello. Y luego mirar hacia el costado, alojar y alojarnos en ojos amigos, ojos compañeros, pues allí posa en cada parpadeo la confirmación indeclinable de seguir andando, de seguir andando en buen estado.
Lucas Bruno
