¿En qué momento se vuelve impostergable eso de que “el tiempo pasado es mejor”? La frase llega como un rayo en el segundo posterior a que con insolente altanería nos escupen la conclusión que dicta lo contrario. En sí, lo pasado puede ser mejor, como también puede ser mejor lo presente y lo que imaginemos (deseemos) hacia adelante; es aquí en donde desfilan heroicos los posicionamientos desde los cuales se analice el asunto en cuestión. Levanto la mano y pido la pelota: se vuelve clara la cosa cuando el parte aguas distingue para una misma situación argumentos desde “lo individual” y desde “lo comunitario” (preste atención: dije “desde” y no “hasta”) para concluir qué es, fue y será mejor.
Hasta el hosco narcisista comprende en algún tramo de su vida que la historia es propiedad del conjunto; que su vida (su diva) es suya pero que pasa, que la singularidad finalmente pasa. El narciso dijo, pensó, hizo y omitió, y toda esa agua retorna desde las orillas ego-oxígenas hacia las aguas país, mar adentro, y una vez mezcladas en la salsa común salada vuelve el agüita a modo de espuma sobre la arena que el narciso esté pisando, otorgándole así una nueva oportunidad de sentir(nos).
Lograr responder no es saber.
La diferencia entre profesor y maestro es abismal, alcanza con pensar un poquito nuestro recorrido hasta aquí compuesto para darnos cuenta: ¡cuántos profesores hemos tenido y que poquitos maestros! Desde el jardín y la primaria el título está dado, luego llegan los polimerizados profesores de secundaria que diluyen casi a lo imperceptible la posibilidad maestril; y ya de grandes somos conscientes de lo que cuesta toparse con alguien a quien (en la cancha, siempre en la cancha) reconozcamos como maestro. Aquí, en nuestra sentimentada Argentina, el título de “maestro” comúnmente lo otorgamos a quien a través de su obra o lo que ella haya podido resonar entre nuestros esquemas de sueños, castigos y pensares, haya tocado nuestro corazón; como cuando el recorte de la vida en la que estamos jugando nuestras fichas junto al maestro sentimos que todo eso que sucede allí nos está hablando en línea directa, llegando amable y valientemente a sitios en la interpretación que hasta allí estaban dormidos, postergados, vencidos o anestesiados. Una de las funciones ocultas de nuestra varita vital es la del “maestrismo”, función por la cual el yo otorga ese título desde nuestra alma hacia el vínculo; muchas veces no nos animamos a decirlo y en otras se nos sale por los poros gritarlo en cada ocasión.
Y también existe el vector cronológico al cual le va en esta nota suculentos y próximos párrafos. Debo reconocer que han sido contundentes las últimas décadas con sus promos “sin que tengas un título, voy a ver si te escucho” y “la palabra de uno vale lo mismo que la de cualquiera”, y si no tenías con qué se te dejaba las dos promos al precio de una. Se ha comprado, se ha tragado, se ha incorporado a fuerza de red social y reproducción, pero no han logrado quemar el pasto más allá de la superficie; quedamos unos cuantos perdigonados entre allí y aquí levantándole la voz a esa sutil imbecilidad que se vestía a la moda, convencía hablando sin argumentar a través de buenos modales y palabras de coqueta bragueta en su afán de imponer su para siempre.
El saber acontece cuando entre lo que se enuncia y lo que se escucha se crea un pensamiento. Lejos está el saber de afilar y lustrar una respuesta con el aceite de la pirómana imposición.
El vocablo japonés “sensei” lo encontré en las películas pero su significancia en mi práctica de Aikido*. Y no hay algo más preciso para graficar lo que intento en este texto. Sensei se traduce a “quien estuvo antes, quien nació antes, quien recorrió el camino primero”. La cronología sin práctica en la materia no es suficiente, no será “sensei” quien haya nacido biológicamente antes sino quien haya puesto las anteriores piedras para nuestro camino. Es cierto, hay graduaciones en las artes marciales, títulos. Sin embargo, no es sólo en las artes marciales que se considera “sensei”, se extiende a lo cotidiano de los oficios y los trabajos, las familias, la vida vincular.
No soy de los que piensa que en nuestra tierra no existe esto, pero sí veo que a estas estructuras de las tradiciones y las costumbres le hemos dado cascote de lo lindo en las últimas décadas, como si lo nuevo fuera siempre algo que se moldeara desde afuera y no que surgiera de lo que va siendo. Cuanto más fuerza en la raíz, más cerquita estamos del acontecimiento. Al igual que en las artes marciales, no se trata de copiar secuencias y movimientos proyectados en youtube sino de practicar intensamente “la base” para que con tiempo y dedicación surja “la diferencia”, “lo nuevo”.
Este es un buen momento (siempre lo es) para reflexionar acerca del tiempo y la valoración que le damos a nuestros “senseis”, a aquellos que vinieron antes, que pusieron el cuerpo y el alma para que nuestro techo y nuestra mesa las podamos recibir mejor que las recibieron ellos (al decir de las herramientas y oportunidades). Tienen mucho para compartirnos, hay que batallar las señales individuantes de las redes (léase englobando bonos y letras del tesoro), que con sus esquemas virales logran que los pequeños se levanten rápido de la mesa apenas tragaron el último raviol del domingo y que los del medio y su arrolladora ansiedad apuren la copa “porque si no se va a hacer muy tarde y tengo mucho trabajo” mientras van abriendo netflix desde la cochera al llegar; como si no hubiera lugar para una partida de dados, un truquito o la nueva proyección de la anécdota de siempre.
No estoy hablando de cumplir. Estoy tratando de que no nos perdamos de crecer. Nuestros sabios tienen mucho qué decir, muchísimo, y también mucho qué escuchar. Saben, lo juro. Saben más allá de los títulos, saben mucho porque mucho han vivido. Escuchemos, démonos ese tiempo, ese espacio. Aprovechemos cada vez que hablan o quieren preguntar que algo más que las palabras están queriendo decir.
Si fuera tan fácil habría una app, un robotito y lo encontraríamos en el chat shipití. La escucha de la hablo es la escucha permanente a la construcción. Desde los zapatos “sensei” y los nuestros siempre titilarán su pulso los lugares en los que no hay síntesis, es cierto y por demás, lógico que así sea. La escucha es a lo que sí nos ofrece una síntesis entre los que estuvieron antes y el ahora; un puente a barro y piedra de lo que sí me encuentro de todo eso que nos quieren decir y que se les atolondran las palabras en la puerta. Nos quieren contar, ayudar, acompañar, aprendamos a escuchar que cada tanto el rulo ofrece su muesca y nos damos cuenta que una parte de nuestras penurias (amorosas, económicas, laborales…) se iluminó, y luego acción y sonrisa.
Nacieron en ese arte, oficio y familia; pusieron el cuerpo horas y horas antes de que apenas nos animemos al primer salto. Construyeron el suelo de nuestra casa (materia y espíritu entre las tradiciones que nos envuelven año a año), y muchas de las comodidades con la que hoy nos creemos pillos han sido forjadas por quienes estuvieron antes. Lo pillo se nos quita con reflexión y esfuerzo, lo gil no se va más.
Se dice por ahí que “el viento es viejo y sigue soplando”, los refranes surgidos de la tinta de nuestro pueblo jamás han perdido su magia, sólo es cuestión que de vez en cuando nos permitamos su luz.
Lucas Bruno
* “Ren Sei – Escuela de Aikido” bajo la supervisión técnica de Nicolás Urrutia Sensei (5to Dan AIKIKAI).
