Esfuerzo fí(p)sico

Samwise Gamgee llevando sobre su espalda a Frodo al Monte del Destino

“—Creo que sí entiendo, ahora lo sé. La gente en aquellas historias tuvo muchas oportunidades de rendirse, pero no lo hicieron… porque se aferraban a algo.

—¿A qué nos estamos aferrando, Sam?

—A que existe el bien en este mundo, Sr. Frodo. Y vale la pena luchar por ello.”

(J. R. R. Tolkien)

Es cierto, un día nos vendieron el “mejor, zafá” como posibilidad y en algunos aterrizó a modo de leitmotiv entre sus especulaciones y en otros cuantos casi como filosofía de vida; pero la vida, terca en su afán por naturaleza, cada tanto echa su miradita y de pronto somos conscientes de estar a un pasito de algo que nos estimula como si fuésemos habitués de la casa pero que al mismo tiempo nos sonroja la vergüenza del principiantismo.

¿Quién dijo que la oportunidad es un sitio de mullidos sillones donde reposar nuestro neurótico cuerpo poblado de excusas? No hay dudas que los fundados lamentos de nuestro pecho hallarán frescura entre los pastos de su jardín de entrada, pero si hay algo que caracteriza a la oportunidad es que se trata de una invitación al trabajo, se aceita la máquina, ¡cicla livianita y todo en ese momento! y posiblemente comencemos a transpirar con media sonrisa tallada en el rostro, desde la seguridad de que el esfuerzo con el que afrontaremos el espacio y tiempo de nuestra realidad valdrá tanto la pena hasta el punto en que aquello que es lo que verdaderamente queremos, sin titubeos de ocasión, nos haga zafar del “mejor, zafá”.

Entonces hay que tachar, volver a estrenar hoja y meter líneas fibras sobre ella a título, recursos disponibles, necesidades, objetivos y deseos. ¡Apareció! Se nos configuró en imagen vívida aquello de lo que somos capaces y asumimos la capa (porque capaces) para volar en todas las direcciones menos las de es-capar. ¡Ya está! la vida nos lanzó un guiño, lo cachamos y al abrigarlo con tanta gana nos dió lo más importante: el estímulo para arrancar.

De nuevo (y todas la veces que sean necesarias), la oportunidad no se trata de llegar, de lograr, de conseguir, sino de poner en marcha la máquina. De mirarte con el de al lado y asentir el renglón al mismo tiempo y comenzar a trabajar en ello (en yo y superyó también). ¡Y cómo cuesta la subida!, que es siempre cuesta arriba. ¡Ojo con los engaños “de oportunidad” de tipo pleno en la ruleta! ¡Son trampas! ¡No! A medida que avanzamos y descubrimos un nuevo brote en nuestra tierra, se vuelve más sabrosa su comida sabiendo de todo lo que lo cuidamos. Y eso también es forja, nuestro espíritu se forja, nuestro mapa emocional se llena de colores, armónicos colores, nuevos algunos o salidos a la luz de tanto esconderse. El esfuerzo que hemos hecho en todo este tiempo forja hasta el punto en el cual la cosa se vuelve imposible de ser olvidada; nuestros pies danzan su ética imprimiendo pasos en nuestra comunidad.

¡Cómo no va a valer el esfuerzo! A la urgencia de cotillón se le han extraviado los argumentos y las cosas valen de verdad cuando en cada pixel de nuestra anécdota tenemos muy en cuenta lo que nos ha costado. Entrenamiento, ensayo y error y sigo, otra, ¡otra! y sigo; el frío en las manos hasta que los dedos encuentran su razón; la forma en que miramos una y otra vez el mismo billete tratando de que su número sea otro porque lo necesito, porque no puedo terminar de creerlo. ¡Cómo no va a valer lo que nunca se ve! El detrás de escena de cada acto (de nuestra vida). ¡Vale! ¡Vale mucho!

Decimos “somos” porque en algún momento lo hemos sido, ha acontecido aquello varias veces en la historia. Sin embargo, la cosa de “mejor, zafá” tiende clarito hacia un manojo de “soy”s. (Como todo) se puede abordar desde múltiples ángulos, y como a esta nota le metimos duro por el esfuerzo voy a entrar por ahí. Creo que es bien gráfico el asunto, se trata de vectores, eso que tiene dirección y sentido, como flechitas. Para visualizar nuestro esfuerzo nos remitimos a la palabra misma que es “fuerza hacia afuera”, entonces el vector, la flechita, va de uno mismo hacia la comunidad, nuestro esfuerzo invita inevitablemente a un contacto, tanto en términos de potenciación como de rechazo, puede ser amado como denostado. Ponemos un pie en nuestro deseo, le damos voz y voto, marco y acción y la cosa mancha hacia todos lados, desde el móvil que fuera, pero sale (ex-fortis) y algo sucede entre nosotros y con quienes tenemos la amabilidad de compartir oxígeno, historia y presente. Para aquellos que nos pica el bichito de que la cosa mejore, nuestros esfuerzos son nuestros modos de creer en el mundo, como Samwise Gamgee.

Es que la cosa se torna muy pero muy complicada en ese sentido con la tendencia del “mejor, zafá”, ahí el vector es hacia dentro (im – in), hacia uno mismo. No hay una palabra específica para eso, recién buscando antónimos de “esfuerzo”, en lugar de un categórico “explosión-implosión”, me topé con pereza, desinterés, apatía y otras. A lo mejor, dejar así  camuflado al vector opuesto al esfuerzo (¿infuerzo?) sea una más de sus trampas; pues, sea lo que sea que nos esté pasando, siempre la salida la encontraremos en los ojos y en las manos de alguien que está fuera de los márgenes corpóreos aguardando, sin saberlo, un nueva oportunidad para trabajar en un nuevo “nos” que devuelva los protagonismos de nuestra obra al lugar del cual nunca se tendrían que haber ido.

El esfuerzo, lo que nos cuesta, vale. Vale la pena, vale el amor y ¡VALE CUATRO!

(Lucas Bruno)


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