Miedo, lucha y pánico

Rocky Balboa de pié en el anteúltimo round.

El miedo dispara el adrenalínico, en cambio el pánico paraliza.

Cada vez que sentimos miedo, ese borde, esa orilla se transforma en una nueva oportunidad para las picas y los corazones de nuestra lucha. A este trazo, para salir de una plataforma común, a temor y miedo los ponemos en el mismo peldaño, mientras que a terror lo dejamos para otro texto. El miedo es nuestra chance, nuestra chance de ser valientes.

Podríamos decir que superado el pánico, porque por fin nos quitamos sus pesadas cadenas de púas o porque esta vez logramos que no acierte sobre nuestro cuello, tenemos la base, lo mínimo e imprescindible para dar batalla, cada vez. Insisto (y al ver que sólo van ocho líneas siento cierta exageración en la insistencia, será acaso esta insistencia un modo de poder gritar el concepto), la valentía no puede entenderse como la ausencia de miedo, todo lo contrario; sería extraño para este autor comprenderla como algo ajeno. La valentía es el modo de obrar desde las cosquillas que encienden dentro nuestro las brasas del temor.

Ahora bien, resulta cercano suponer que el cruce de “lo valiente” y “la lucha” se trate de gladiadores pensamientos y acciones, de saltos y destrezas de confronta. Pues, esa sólo es una de sus cuatro manifestaciones, o mejor dicho, una de las cuatro patas de nuestros heterónimos de lucha.

¿Cuál será la base de nuestra lucha? Será para usted “tarea para el hogar”; cierre lo ojos y trate de argumentar fotográficamente aquello que moviliza con entusiasmo su alma, no debe andar lejos de ahí la respuesta. En cuanto a mí, algo que acontece entre dos vectores: trabajo y amor.

Nuestras hojas de ruta cotidianas son los espacios en los cuales cargamos combustible, forjamos sueños, fortalecemos vínculos y agrupamos fuerzas (esa es la posibilidad tras cada amanecer, luego estará el balance puertas adentro de cada cual). Los intempestivos rayos de amenaza a nuestros núcleos deseantes pueden llegar en cualquier momento, y entonces lucha. La aséptica e impersonal aceptación no debe ser una opción, para eso están los robots. Debemos defender nuestros núcleos, a través de la palabra, el pensamiento, la acción y la omisión, debemos defenderlos. Luchar. Mirar hacia los costados y luchar.

Retomando el puntapié inicial de hoy, frente a una amenaza (a nuestros núcleos de deseo) sentimos temor (tenga a bien, por favor, exceptuar la excepción de la frialdad psicopática y la incoherencia psicótica). La valentía está en dar el paso a pesar de ello. Nuestras pupilas se dilatan, en ocasiones sentimos cómo la saliva se enlentece, puede haber transpiración echando pulsos, sentimos, sentimos mucho. Los márgenes son amplios y dependientes del momento y la práctica luchante que tengamos encima, para tal situación. Poco o mucho, sentimos. Y vamos al frente, que muchas veces queda a un lado o por detrás, ya que a lo que vamos es al frente de la batalla. Pero para todo esto, la amenaza no nos tomó desde el pánico, hay que diferenciar.

El pánico es esa urgencia al no encontrar(me) la base, lo mínimo, necesario e impostergable para seguir. Es ese vértigo que no cesa y que cada segundo que pasa el filo de la daga penetra el doble, lacera y se instala echando espuma pestilente. No hay salida, no puedo y no podré, hasta aquí, ya no hay más, y mi cuerpo (orgánico y plurifantástico) ya se detuvo, inmovilidad con latidos comprobantes de vida golpeando el electrocardiógrafo. Resulta que el Dios Pan tocaba la flauta en el bosque (“la flautita de pan”) y cada animalito, estando a mil kilómetros o a unos pasos, “debía ordenarse” en su rebaño ya que si Pan dejaba de tocar su dulce y maquiavélica melodía y “no te encontrabas en tu lugar”, si no estabas en orden, te mataba. De ahí el pánico, como esa sensación, ese silbido interno que nos deja inmóviles, paralizados, cuando la amenaza a nuestro deseo nos hace creer que estamos tan lejos de nuestra base, de nosotros mismos.

Y bien, no habiendo caído en pánico, frente a la amenaza, se lucha. A través de la confronta, el retirarse, el negociar y la resignificación, a través de estas cuatro, se lucha con el propósito de defender la base de lo que creemos irrenunciable en esta vida. Son mecanismos de lucha conscientes, no porque estén por fuera de lo inconsciente sino porque tienen que ver con una decisión de nuestros ejes de control; se encuentran íntimamente relacionados con aquello por lo que estoy dispuesto a poner en juego la vida. Esta estructura de lucha que se nos despierta cuando se ve amenazada nuestra gema más ardiente, la melodía de Pan se oye lejos pero se oye, mis manos cuentan con la fuerza, mi corazón con la temperatura y mi mente haciendo sagrado mi pensamiento más profundo, es el momento, con miedo, con la incerteza en la punta de la cuchara, frente a aquello, agarrarse bien fuerte de nosotros mismos, animarnos a confrontar, esquivar, negociar y hasta lograr resignificar la amenaza a nuestro deseo cada vez que sea necesario; poner el cuerpo a aquello que siento prohibido dañar, pues es mi alma la que paga no sólo la postergación de aquello sino el hecho de no intentarlo. Sólo de eso se trata ganar, de dar la batalla.

Birome, mate, hojas en blanco, frío de las 4 am, sopa compartida, acomodar el portarretrato en el modular, valorar lo construido, agradecer, ampliar la mesa cuando hay más… ¡A seguir entrenando que la próxima oportunidad está a la vuelta de la esquina!

Lucas Bruno 

PD: para la foto elegí mi heterónimo más luchante: “Rocky se levanta”


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