Que el gasto público no desgaste al público

un montón de lápices de colores de distintos tamaños según la cantidad de uso

Gastar la hoja, la suela de las zapatillas, gastar el lápiz hasta el punto en el cual no se le pueda sacar más punta (esos, cual trofeos, quedan dentro de una taza que se usa como lapicero, en una bolsita o algún cajón). Gastos generales y gastos particulares. Gasto cardíaco. Esta camisa está gastada. Gasto y gastamos en primera persona. Gasto corriente, también el trotante y el caminante. Gasto público, gasto púbico.

Sin dudas, aprender a gastar se trata de un camino, uno que vamos construyendo paso a paso en nuestra vida. Hay márgenes que nos ayudan y otros que nos encierran frente a la comprensión. Es fácil el análisis del gasto de una cuerda de guitarra luego de prácticas intensas, reuniones y conciertos (de los soñados cráneo adentro y de los expandidos junto a un racimo de aplausos amigos), pero no todos los gastos se acercan mullidos cuando el Excel exclama su tono. Entonces, acerca de la cosa que le imprimo vida, que uso, transformo y comparto, aquello que me sirve para “decir” en el mundo algo, para andar lo que haya que andar junto a quienes decida, de eso entiendo el gasto. Miro la bandera, los cordones, contemplo cómo la pintura se acurrucó, y acepto.

Se trata de una impresión activa sobre el asunto. Elijo qué y con qué, con quiénes, dónde y para qué. Muerdo los labios, aprieto las muelas, inhalo profundo y observo un horizonte que siempre me estimula a continuar pues el proyecto lo vale. Y sobre aquello que gasto, que se gasta, que gasta, va una parte de mí; y así como esa parte va, gano otra. Eso es gastar, ¡ese es el gasto que vale!

Freud es clarito al hablar de pérdidas. Dice que existen algo así como extensiones invisibles de nuestro Yo que enraizan en aquello deseado, y que al mismo tiempo nos llegan extensiones invisibles desde aquel otro puerto. Cuando eso se pierde, cuando aquello se va por la razón que fuera, se lleva consigo aquellas partes nuestras, y eso duele, en distintas magnitudes, duele. De ahí, duelo.

Aprender a gastar es lo contrario al despilfarro (segundos o meses, moneditas o millones, el reserva o el de todos los días), es ser conscientes que una parte de nosotros va en aquello, casi diría que se trata de un pase, y la pelota rueda y el deseo se expande. A esta coma, entenderá que no se distingue en esta nota “gasto” de “inversión” (como suelen atribuir  quienes gustan disfrazar acciones económicas de moño, frac y peluquín). Es incuestionable, aquello que gasto, se va, disminuye, se achica de una de las columnas de control; luego es cuando observo hacia dónde y en qué se transformó. Atendamos la dinámica: desde dentro hacia fuera.

Una de las cosas que más me gustan es hacer un regalo, se trata de toda una composición. Si bien adoro pensar “qué” para “quién” (en ocasiones hasta meses antes, o anoto la idea si se me cruza en el año y falta para la fecha), debo admitir que muchas veces se lleva el podio el hecho de la envoltura papelada y la preparación de la nota. Ya sea una pieza industrial o una artesanal, el papel, la cajita, la bolsa o lo que sea que utilicemos es nuestra oportunidad para dejar nuestro sello de “uniquez”. Cinta, tiempo, tijera y mañas que se van con la primera sonrisa y el desastre que “hay que hacer” para abrirlo en el inmediato instante de haberlo recibido. Para mí, lo vale. Cuando lo preparamos, cuando lo recibimos y lo abrimos, esos momentos, son portales directos a nuestra infancia; y no precisamente a nuestra infancia histórica sino a nuestro “devenir niño”.

Aprender a gastar es eso, animarnos a entregar una parte nuestra hacia fuera, pues tenemos la certeza de que siempre florece y se multiplica. Día a día contamos con la oportunidad para hacerlo.

¿Cuál será la cara indeseada del gastar? ¿Gastar mal? ¿Es posible eso? Trabajándolo en estos términos, diría que no. El gastar implica una observancia activa de los recursos, una decisión, una voz y un voto para cada puerta. Gastar, desde esta orilla, nos ubica en la mesa de ejecución round a round; en cuanto a gastar, jamás se lo mira desde afuera. Estamos en el centro de la escena, con luces y sombras, elegimos y le ponemos el pecho, gastamos, somos parte. Entonces, aquello terrible del gasto es cuando no somos más que la pieza que encaja para alguien pese a nuestra voluntad, en ausencia de ella. En ocasiones miramos para otro lado, pensamos “bueno, ¡qué sé yo!”, “a lo mejor sirva”, “si le parece bien”, “supongo que sabe”, “no creo que haya tenido mala intención”, “es que no puedo decir nada en esta posición”, y un baldazo de etcéteras que usted sabrá rellenar en este espacio. Le dejo unos segundos más… Allí lo que acontece es la usurpación de nuestra voluntad, de lo que nos parece bien y mal, nos sacan punta sin pedir permiso, agarran de atrás tan fuerte la camiseta que no nos dejan avanzar y cuando nos damos vuelta ya están chamuyando al juez acerca de que nosotros tuvimos la culpa. Se quedan con ciertas partes nuestras, y ya no se trata de gastar sino de “desgastar”; la alteración (dis/des) precisa de lo que hoy planteamos como gasto. Y esto, se quiera o no, lisa y llanamente “des-gasta” a nuestro Yo.

Cada quien sabrá trabajar en la administración puertas adentro, pero cuando se habla y se acciona acerca del “gasto público” es imprescindible que no se nos desgaste, que el gasto público no desgaste al público, no desgaste al pueblo. Que nos necesitamos vivitos y deseando, para seguir trabajando en todo aquello que aún tenemos por ofrecer. 

Lucas Bruno


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