En más de una ocasión he tomado como punto de salida una escena de la serie “ER emergencias” iniciada en los años 90. El protagonista, uno de los mejores cirujanos, de esos que les chorrean experiencia por todos lados, consultado por universidades y colegas inmediatos, de mil trabajos de investigación, de vaya a saber uno cuántos quirófanos a cargo, un cirujano con pasta de campeón. Nunca recuerdo el nombre y probablemente difiera hondo entre mi relato y el guión literario, pues he visto una sola vez tal capítulo pero me fue suficiente para trabajar el concepto, vamos a llamarlo “Juan”. El episodio se nuclea desde determinados síntomas que muestra Juan en el hospital. Y Juan ya no puede operar, aquello en lo que ha sido no solamente bueno sino de excelencia, que ha sido inspiración para muchos, aquello que le había permitido tener equipos operativos y de investigación a cargo, nombramientos y reconocimientos, aquello desde lo cual había construido su camino la dirección del hospital decide que había llegado su fin. Para Juan el quirófano ya no iba a ser una opción, y era innegociable.
A quien no haya visto la serie entera (como quien escribe) puede entender que en aquel momento la angustia de la directora del hospital era genuina, que probablemente fueran amigos y hasta uno podría pensar que pudo haber habido un tiempo de pupitres compartidos, pues el dolor había encontrado su abrigo común, y el vínculo tensaba su llanto hacia los dos lados. Juan estaba devastado, recuerdo la escena entre la directora y él dentro de una sala que podría ser un quirófano vacío. Sólo estaban él y ella y una angustia abrumante que tapizaba de grises cada uno de los muebles y aparatos que los rodeaban. El entrecejo de Juan no dejaba de punzar su espanto, la directora aún no se animaba al abrazo mientras la sentencia ofrecía su luz de sin horizontes, de puros encierros para Juan. Él prácticamente se estaba entregando, podía olerse un desenlace del horror a primera palabra. Y no. Ahí estaba ella, la directora del hospital, percibiendo el hilo finito que apenas se ve cuando se quiere ver; la lágrima florecía y ya no se negaba con puños del guardapolvo, la angustia había echado cuerpo conjunto otra vez. La directora no lo dejó rendirse al vacío, hizo honor a la historia, ¡nuestra historia! que Alejandro gritó occidente y el arte griego y el derecho positivo romano. La directora corre con un sopapo al heterónimo de derrota de Juan, heterónimo perro en busca del rincón más alejado, y lo devuelve al campo de la sabiduría, del genuinamente propio de Juan, pues Juan sabe, sabe mucho y ella no estaba dispuesta a que esa inmensidad de experiencia en la disciplina se licuara en la atmósfera sin dejar de ofrecer tiempo e impulso en los jóvenes entusiastas de la medicina. Y serían clases, cursos y consejos; guías y debates, análisis y proyectos; bellos acompañares sobre el espíritu de los jóvenes. Su sabiduría valía tanto que no había forma de ofrecer una noción de medición posible. La directora había hecho honor al histórico senado.
En la antigüedad, a aquellos que las uvas y los vinos de las películas y los libros, también el tiempo les p(e)asaba. Entonces hubo un día en el que ya no podían levantar con facilidad el escudo y la espada, no podían caminar los cuarenta kilómetros diarios ni siquiera cargando sólo las guarniciones para sus campamentos. Ya no irían a operar en el quirófano. Y cargaban tanto, ¡tanta historia! en sus vidas, deseaban seguir forjando imperio pero ya no iban a poder luchar. Eran personas con una gran experiencia, con estudio y práctica, instruidos y probados en combate, pero ya no podían hacerle frente a la exigencia física, pujaba ese límite que con el correr de los años a todos nos toca. Entonces surgió el senado, la palabra no viene de otro lado, es altamente mostrativa: senado “senatus” viene de “senex” que en lengua simple es “viejo”. Y vamos a tomar al senado como una referencia de consulta, de análisis, o lo que es mejor: de consejo. La historia nos muestra un camino posible, y este escribiente lo siente como un camino deseado.
Es cierto, la verdad objetiva nos muestra la imposibilidad de tal o cual cosa. Esa imposibilidad, “aquello que ya no” pues físico, pues riesgos, pues las mil y una, pero es “esa”, “esa” por vez y no “todas”, no “todo”.
El senado de nuestra familia carga con la historia y la experiencia que se nos hace baba por saber en cada uno de los proyectos que emprende nuestro joven deseo, pero claro, el senado va a otro ritmo (recordemos que ya no pueden caminar 40 kilómetros diarios) y bien, será cuestión de animarnos un poquito a empardar con ellos cuando el impulso, y en muchos casos la necesidad, lo requiera. El senado nuestro está lleno de “truquitos”, de datos y atajos de nuestra familia (de aquella empresa, proyecto, escuela, doctrina), de cosas que por ahí a ellos les ha llevado años comprender y que al permitirnos dichos pergaminos también nos podríamos acercar a unas páginas increíbles por seguir escribiendo. Es algo así como extraerle el jugo al refrán, que siempre dice mucho más de lo que está diciendo mientras el jóven ímpetu se pierde de ello entre narcisistas bailes de “lo nuevo” instalándose sólo en la oración. Y es que es muy difícil contradecir una verdad de refrán porque es la historia misma del pueblo la que se está enunciando en aquella poética síntesis.
Desde ya que la juventud y las adulteces juveniles van a querer desplazarlo todo con datos supuestamente nuevos y mejores. Y si bien reconozco que no existe un sólo modo de cargar espada y escudo, sí creo que si la “síntesis senatus” surgió luego de meter las patas en el barro y las manos en la masa de lo que fue necesario, es correcto que aquellos que vienen a cuestionar la participación de nuestros viejos, al sentarse a la mesa con sus pataleos y lloriqueos de querer cambiarlo todo, sí o sí lo hagan mostrando callos en las manos y el sudor bravío de haberlo hecho. No alcanzan las fórmulas ni los hipotéticos mejores para rebatir la experiencia acumulada en las melenas grises y las arrugas cercanas. Como buen senado, nuestros anteriores, sabrán escucharnos, pues están atentos a nuestro deseo y también atentos a poder decir. A lo mejor, si jugáramos con la misma baraja y escucháramos con la misma atención que ellos, nos daríamos cuenta que no están compitiendo con nosotros sino por el contrario, están insistiendo en lo que en verdad creen mejor para el mundo que nos dejan. Y esa debe ser nuestra posta hacia adelante.
No podemos pedirle al senado que siga el ritmo de la caminata de la campaña. Y cuando aparezca su voz constructiva en nuestra mesa, dejemos que ellos pongan el ritmo y quienes aún tenemos largo trecho hasta la toga blanca, aprendamos a movernos desde ese ritmo que el senado propone. Como el tango y la mayoría de las cosas, uno le va encontrando lógica y gustito a medida que madura junto a las estrías que marcan el paso nuestro en esta vida.
Escuchemos al “viejo”, escuchemos de verdad.
Lucas Bruno
