La disfonía ha recorrido el consultorio este jueves y viernes, como debe ser. Y fue. Y cuando aquello que “debe” ser es, la sonrisa emerge su luz campante. Ahora bien, este “deber ser” no talla en la idea del cumplimiento aséptico, por el contrario; este “deber ser” se enmarca en que aquello que nos deseamos, llegue y accione desde la más clara genuinidad.
Previo a la semifinal con los ingleses, mucho se habló en los grupos de whatsapp, en el consultorio, y en otros núcleos donde el cariño también hace lo suyo. Argentina-Inglaterra… Malvinas, inevitable. El análisis de este escribiente, como bien puede entonar quien haya seguido de cerca a “la hormiga” que suelta su canto cada domingo, se encuentra desde el posicionamiento en el cual el orden internacional que traccionó el globalismo desde la caída del muro, a finales de los años ochenta, ha llegado a su final en la última década y anda tirando los manotazos en el agua que le quedan. El amor de nuestro país por la nación siempre estuvo pero “hoy” se está expresando con más fuerza que de costumbre en este siglo. Como no soy alguien del cual la familia se sorprenda al publicar mis contenidos, aquí un comentario de mi hermana Romina en alguna mesa de marzo.
“—Lu, ¡sí! es verdad eso que decías… ¡todo es Argentina en Avellaneda! (por la calle, en el barrio de Flores), buzos, remeras, riñoneras, ¡lo que sea! vidrieras a pleno con el sol, la bandera, el escudo, la palabra “Argentina”… Y de los stickers que estamos vendiendo en el club para el Nacional (¡je!) los que más se llevan son los de Argentina”.
Es un extracto sí, pero figurativo de este caldo hermoso que siempre está por echar su vapor. El pueblo argentino, nuestro pueblo, nosotros, hemos gritado los goles, las injusticias, los temores, y también finalmente se ha podido gritar Malvinas desde el verde césped mundial.
Dentro del grupo de Ferro, ese bendito chat que tenemos y que alimentamos entre asado y asado del mes, la conversación arrojó distintas líneas y uno se cuelga de algunas. Durante el mundial he pedido (como expresé en la hormiga anterior) sentir el ser nacional en el despliegue del equipo. Claro, no soy DT ni tampoco mi análisis se condiciona por sí o sí obtener los tres puntos. Sin embargo, soy sencillito y lo que me entusiasma es ver disputar cada pelota con cuerpo y alma (lo noto, casi que soy especialista en reconocer actos ficticios al respecto, y ni qué hablar de aquellos que pasan bochazos de tiempo pensando más en cómo dejarse la barbita y las patillas para el instagram). Para que un equipo me convenza (más allá de los resultados triunfales) me debo sentir representado allí, y no pido mucho más que argentinidad en el equipo argentino. Y lo sentí en el mundial, y me alegró y por eso cuando sacó a Paredes, me dije “¡mamita!” y luego «castigaron «nos dieron» en el grupo a quienes reprobábamos la salida de Leandro y la entrada de los otros. Y tuvieron razón, no sólo por la victoria, sino porque ese espíritu argentino que ya se había despertado entre tanta marea de fútbol europeo, ya no iría a apagarse.
Durante la semana, el debate echaba sus espumas: si correspondía o no, si estaba bien o mal. Desde aquí, mi corazón deseaba con todas sus fuerzas que apareciera una bandera, hoy, en este todo, allí, en medio del estadio en donde los ojos del mundo entero estaban observando al mismo tiempo. No podía no ser, ¡debía ser! Y fue, como nadie se lo imaginó y como suelen pasar las cosas más potentes, sucedió (a palabras de Deleuze) “por exceso de potencia”; fuera de toda táctica y elucubración, fuera de los scanners y los drones ortibas*, la bandera llegó al césped y entre las manos de nuestros jugadores se extendió el mensaje que abraza al 90% de los argentinos (la cuota de la histeria y la insensatez se lleva su porcentaje en la excepción), un mensaje que a quien haya querido bandera o no, así lo siente:
“LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”
Había que decir. Es difícil, ¡muy!, suponer al respecto algo más contundente que un acto enmarcado desde la celeste y blanca, con la bandera de fondo, las estrofas de nuestro himno nacional retumbando entre las paredes de nuestras gargantas-alma al unísono desde todos los puntos del planeta, en una propuesta de sobra tranquila, teniendo del otro lado del paño la representación simbólica de quienes al día de hoy usurpan una parte de nuestro país. Pensemos juntos, ¿habrá algo más rotundo y al mismo tiempo pacífico que la divulgación de un mensaje, un grito a los vientos de lo que creemos correcto para la historia y el proyecto de nuestro país? La bandera llegó a las manos que debía llegar, se extendió y fue escuchada entre una multiplicidad de resonancias. Hoy, siento, hay más mesas argentinas y extranjeras hablando, buscando en internet, preguntando, viendo mapas, siglos y fotografías.
Quien ha muerto no despierta. Para despertar hay que estar vivo, y si la conversa malvinera ha tomado parte de nuestros parlamentos cotidianos es porque nunca estuvo dispuesta a morir. Mañana se juega una final hispano-americana, por la copa, el triunfo del evento. Hoy, sábado, en un ratito, juegan por el tercer puesto las filas anglo-francesas. No lo escribo yo, lo dice el fútbol.
Lucas Bruno
*Del lunfardo para “batidor”, que es “el que avisa”.
PD: del libro de J. A. Rattenbach “Crónica de una incursión a Malvinas” dejo esta línea histórica:“Tras las protestas de España mediante la invocación de títulos jurídicos de fines de s. XV y principios de s. XVI, Francia decide reconocer la soberanía española del archipiélago en 1767 (…) Las Islas Malvinas desde el comienzo, al igual que los territorios fueguinos y patagónicos, dependían administrativamente de Buenos Aires, que luego pasó a ser la capital naciente del Virreinato del Río de la Plata en 1776 (…) Luego de la Revolución de Mayo (1810) y la posterior declaración de la independencia (1816), sobrevino la administración argentina desde noviembre de 1820 hasta la usurpación británica de enero de 1833. Contrario al período colonial, Malvinas se convirtió en un pueblo civil económicamente sustentable bajo la figura de Comandancia Político y Militar dependiente de la gobernación de Buenos Aires. Al mismo tiempo se convirtió en una comunidad organizada donde convivieron personas de distintas etnias y distintos credos bajo los auspicios de la bandera argentina. Llama la atención que su máxima autoridad, el comandante don Luis Vernet, se encargaba de registrar los nacimientos, las defunciones y los matrimonios ante la ausencia de una jefatura eclesiástica. Es decir que la Argentina tuvo su primera experiencia de registro civil en Malvinas en la década de 1820.”
