Claridad en medio de la niebla

El arquero Sam en medio de la niebla de aquel partiddo de los años 30 del siglo XX

Meta carbón, meta industria en la historia, el guardameta hacía lo suyo: protegía la valla. No había especulación posible, no buscó ángulo HD para la cámara ni una voz cercana que le dijera qué tenía qué hacer, aquello era lo único que sí sabía: debía continuar protegiendo el arco. El partido ya se había suspendido, no había ningún otro jugador más que él dentro de la cancha, él no lo sabía y continuaba explorando entre las nieblas al acecho de la pelota. Mirada de lince, alma y cuerpo completamente disponibles a la cofradía de remates que podían ser y que él estaba ahí, bajo los tres palos, para contenerlos.

¿Cuántas veces se renuncia a algo en lo que se cree porque “las condiciones no están dadas”, porque “no están las manos” por ejemplo en un debate para lograr la aprobación? La especulación tiene eso, bien de sotreta (como diría Patoruzito): aparece con todas luces y lentejuelas en el momento exacto en que nos hemos corrido de nuestro núcleo de deseo, y lo hace echando espuma de oportunidad. ¿Sus cartas? Siempre las mismas: tesoro, reconocimiento y triunfos que sólo calzan en los resultados. ¡Y no, por favor, mil veces no al sotretismo especulativo! Que si no están dadas las condiciones para la concreción efectiva de aquello que tanto nos moviliza, tendremos entonces que generar esas condiciones, y dejar de ampararse en esa pesada y purulenta melodía de “lo que pudo haber sido”.

Esta podría ser tranquilamente una síntesis declarativa al respecto de una especie de profilaxis: cada vez que abandonamos solitos la cancha de nuestras convicciones “porque humo”, sepa que seguramente se esté a solo dos pasos de un nuevo y dulce contrato con perfume de Rumpelstiltskin. Y bien, si frente al humo de la cancha asume salir de allí, no sea tarambana y vaya a caer entonces en los licores de un “vende humo”.

(No está de más aclarar que estas son enunciaciones en el amplio marco de la neurosis. Le pido por favor que no sea cobarde y deje de intentar rebatir esto que planteo desde argumentos tan delirantes como bizarros).

Los años continúan su marcha y la historia se escribe en ocasiones de forma ordenada sabiendo que cada día que pasa se abre una nueva oportunidad para su cuerpo vivo. En algún momento ese puñado de “únicos que patalean” esas ideas, análisis y llevan el espíritu ardiente de la acción, pasan de ser de los únicos a los primeros, a modo de iniciadores de una hermosa cascada de construcción. Nunca se sabe dónde y cómo hará eco el deseo mientras avanza, como esa nube que cubrió de niebla y humo aquel día la cancha y que a medida que lo hacía se volvía más inútil a cualquier intención de mensura. Bien sabemos perímetro, recursos y superficie de nuestra querida Argentina, la historia se escribirá con lo que hayamos hecho desde ella en las décadas que nos haya tocado jugar aquí.

Hoy nuestro país se encuentra en los cuartos de final de un nuevo mundial de fútbol y me resulta imposible no ligar parte de este texto a ello. La nota se terminará de corregir el sábado bastante antes de que los jugadores salgan a la cancha a buscar su lugar en las semifinales.

En un momento del fútbol en el que me da la impresión que hay como una especie de patrón de juego en todos los continentes (¿últimos manotazos del globalismo?), Pulga aparte por supuesto (es inevitable), he seguido estos primeros cinco partidos como aquel arquero en medio de la niebla, chocando los guantes, caminando de palo a palo con la mirada objetivo felina. Creo muy importante que cada argentino se logre identificar con algo de aquello que ofrezca el equipo (por favor, para esta parte del análisis que estoy  proponiendo apunte a cualquier cosa menos a los resultados), es que hay algo nuestro allí, debe haberlo, ¡es nuestro equipo, el equipo argentino!. Y en medio del humo, de esa niebla que lo cubría todo, la destreza de Leandro Paredes y su contagio masivo de implacable instantaneidad a todo aquel que tuviera cerca, perdigoneaba claridades del ser nacional, y fui feliz. Dientes apretados, murra, pantalones teñidos por el verde césped a pura tracción de barrida, bajar cuando haya que bajar, cara a cara frente a la injusticia, alentar y levantar la cabeza siempre; allí es que este escribiente entra de lleno en el somos. Sí, también realizó un centenar de pases correctos y después llegó su gol (ese del -1 para Egipto casi llegando al área, que finalmente el +1 nuestro de la victoria), pero a mí la claridad en medio de la niebla me llegó mucho antes que eso, por allí yo pude sentir al ser nacional dentro del juego que ofrecía el equipo y entonces el gol, otra vez, se sintió más nuestro que nunca.

Estar al acecho en medio de hasta la niebla más densa, no olvidarnos qué fue lo que nos ha estimulado a querer estar allí y jugar como Paredes cada pelota, que aunque a veces sintamos que de esa forma el resultado final sería difícil de conseguir, lo cierto es que el camino se está trazando, y cuando aquellos que no quisieron dar el paso al frente nos miren queriendo estar, de seguro nos encontrarán mucho más fuertes y experimentados.

Alguna vez lo leí en un libro de cuentos de animalitos, luego supe que era parte de la obra de Séneca; el elefante le pregunta al tigre: 

¿Qué es la suerte?

Es estar preparado cuando llegue la oportunidad. 

Lucas Bruno


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