SuperMercado

dos manos envolviendo un regalo con papel, tijera y cinta

Estar productivo, un gran estar para el bien(estar) común.

Ser parte, participar. Entender que a aquello que esté dado como “todo” no lo voy a poder explicar tan sólo sabiendo mi lugar y mi unidad, sino sintiéndome dentro a través de ojos impropios.

¡Qué dolor, un lugar sin trabajo! Pero ¡qué tristeza, si aquel lugar ya no deseara trabajar! Pues sólo quedaría consumir. Existe una necedad desde algunos vientos de ligar íntimamente al trabajo con el sacrificio, y al mercado con el dinero. Usted se imaginará que la hormiga no va por allí. El trabajo está hermanado a la producción, implica una relación de partes, la recepción de aquello que uno hace, y la imprescindible relevancia en la materia conjunta de donde se viva. Lo que sale de nuestras manos, de nuestra boca, desde nuestros sueños, es importante. Y cuando el trabajo está vivo, me doy cuenta de toda su fuerza con el mero impacto en el otro. Entiendo que se vuelve difícil escindir el trabajo de la moneda (con la extensa lista de injusticias que ello acarrea), pero hágame caso, trate de enlazarlo a la producción de una persona, al estar productivo de nuestro cuerpo y nuestro espíritu, cuando amablemente se juntan en salsa el entusiasmo y la esperanza. Al día de hoy, nada encuentro más potente si de trazar proyectos se trata.

El vecino del barrio siente que aquello en lo que pone tiempo, cuerpo y alma, llega, impacta: es importante. La asociación de ejemplos puede estar ligada al comercio así como también a la convivencia comunitaria y familiar. ¿Cuánto trabajo carga aquella sorpresa, ese gesto, aquel consejo, ese empujoncito que necesitábamos? Y el otro nos mira, y un calor humano se nos hace presente de la nada… ¿de la nada? Los sandwiches que preparo, los viajes que ofrezco, el menú del día, la oferta de invierno, el 3×2 escrito a mano y la puerta que se abre a las seis. No son sólo números y balances contables. Hay amor en el proyecto, hay amor en el trabajo; querer ser parte a través de lo que producimos, ahí está el mercado, pues no deja de pujar relaciones, en la compra-venta, en lo que hagamos con eso, en la infinita red de conexión que se despliega cada vez que emprendemos un proyecto, como puede ser una cena familiar por ejemplo. Cada cachito de vida nos ofrece la posibilidad del intercambio, de observar, de tomar, de partir y compartir: de valorar.

Una persona que se siente productiva está íntimamente ligada a la salud. En especial por una cosa: porque no busca la salud a través de ese estar productivo, sino a través de la enorme satisfacción de sentirse parte de ese todo amigos, todo hijo-padre, todo vecinos, todo comunidad. No se trata sólo de ser útil, sino de estar productivo.

El mercado es producción y distribución; no es reproducción y reparto.

Producir algo (desde lo intangible hasta lo incorporable, como por ejemplo los fideos con tuco y quesito arriba rallado con rallador) es crear; se trata de que emerja “algo” entre dos líneas heterogéneas. De eso  y aquello: esto, que se vuelve imposible la explicación en la sumatoria de las partes; es algo que surge entre esas dos y que excede maravillosamente a las dos en su existencia. Por allí, en ese “entre”, tiene espacio el encuentro de almas, y jamás aplica en cantidades ni apariencias en una receta, un algoritmo o una planificación. Aquello que se produce luego, como si fuera parte de su “naturaleza”, grita su deseo de distribución. Es innegable que para quienes tenemos ojos para este tipo de acontecimientos en el día a día, luego se nos hace en verdad sencillo intuir hacia dónde y cómo; la pista es simple: se distribuye de manera que su consecuencia genuina sea la de más y más producción (de vida, de amor, de trabajo).

Merx, que no es Marx, se refiere en latín a la “mercancía” (Mercurio/Hermes, entre otras cosas era el “dios del mercado”). Y hay algo de esto en este ánimo de análisis. El merx implica al mercado en tanto y en cuanto flujos de producción y de distribución, comunidad entre quienes tienen más y quienes tienen menos (pssst! sea bueno y aléjese un poquito de la interpretativa del dinero). En cambio Marx sí que está fijo en la propiedad de los medios y la centralización de la producción (qué se produce, cuánto, cómo y para quiénes). El merx escucha, aunque en muchos casos de lenta digestión, al deseo del Pueblo, y eso nos permite descubrir nuestras fábricas de proyectos, nuestros lazos más humantes desde la puerta de nuestras casas. Es verdad, es caótico, difícil, y hay que estar muy despiertos frente a las telarañas que devoran nuestro entusiasmo con ofertas de satisfacción y promulgaciones de versus vacíos.

El mercado, ese de la producción de escenas cotidianas, de anécdotas imposibles de olvidar, de amor y compañerismo, de abrazos, de solidaridad. Ese mercado en el que nos sorprendemos a nosotros mismos de aquello que se nos ha ocurrido, porque hubo un otro al lado que no sólo nos escuchó sino que potenció la idea al mismo tiempo que se hilvanaba en el mate; ese mercado es parte de nuestro poder.

Seamos pillos, que nos la pasamos en el “copiar, cortar y pegar” (¡flor de significantes le ofrecemos a nuestro día a día, eh!). Es menester darle rienda suelta al “producir y distribuir”. De esta forma, el mercado de nuestras cuadras, al saber la pasta del barrio, se vuelve un verdadero SuperMercado.

Lucas Bruno


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