Sonoridad defensa

Mi sobrina Magui gritando puño cerrado un gol

¡Cómo extraño gritar un gol! No cualquier gol. Ese gol, de esos.

Hace unos cuantos años volví a frecuentar las canchas de handball desde que mi sobrina Margarita se ha iniciado en ese bello deporte en su club, soy uno de sus tantos fieles seguidores, la misma tribu(na) que acompañó alentando y abrazando desde los primeros a los últimos pasos que dí en mi amado Ferro Carril Oeste.

Muchas cosas han cambiado, algunas me resultan ridículas y otras admirables. El club, ese sano espacio de construcción, de gesta comunitaria, ardid deseante de nuestro ser nacional que se la aguanta entre los embistes de modas y oportunismos “de afuera” y que resiste con hidalguía de humo de parrillas mientras los diseños de las camisetas pasan, las subcomisiones intentan enquistar y los youtubes proyectan idealismos sin probar la tierra sangre del playón, que es nuestro.

Mi tiempo como jugador fue en la última década del siglo XX y la primera del XXI. Arranqué tres años después de la caída del muro de Berlín y dejé en el auge de la globalización cuando se utilizaban oleaginosas (alimento) para la producción de combustible. También fui una joven Magui en aquel entonces, y el mundo (de ese que sólo te quiere vender y no que produzcas) sacudía desde sus aletas que siempre lo nuevo era mejor. En aquel momento aún no había tanta pantalla individual ni tanto deseo por recluirse en el mejor plano de instagram, y todo aquello debía toparse con la fuerza del cara a cara, transpiración a transpiración, de cada compañero mayor cuyo objetivo único jamás enterado era pasarnos la bandera que había que pasar y que también sin saberlo las había recibido tiempo atrás. Eso que distingue a cada club, eso que no está impreso con tintas externas a nuestra piel, desde los jugadores que más anotaban hasta el último en entrar, eso que quienes éramos jóvenes debíamos recibir. Pero no por chat. No. Cara a cara amigo, cara a cara y temperatura a temperatura se pasa la posta (¡que es la posta!) pues la tecnología y sus herramientas serán vivas para acercarte mejoras pero nuestras tradiciones se vuelven costumbre en su propia raíz, a la que sólo le basta con sentir que cada tanto se riega su tierra.

La cancha sigue midiendo cuarenta metros por veinte, la pelota es redonda, el partido medio termina veintipico a veintipico y son siete contra siete dentro de las líneas. Deben pasar muchas décadas para que acontezcan cambios en lo macro (los inicios, por ejemplo, eran canchas similares a las de fútbol once), ahora bien, vayamos a lo micro que es por donde se filtran las ninjas intenciones de lo individual.

¿Cuánto tiene que gritar una persona en el barro de una defensa para que desde lejos alguien pueda reconocer su voz? Mucho. El rechinar de las suelas, las palmas, la saliva activa, la respiración jadeante, el aliento inquieto hacia uno y otro lado, “¡vamos, vamos!”; se trata de una sonoridad grupal defensa que excede a la sumatoria de las partes. Esa sonoridad defensa no puede faltar. Intenten todos los gritos narcisos que sean, los atenderemos uno por uno que siempre hay algunos que influyen de lo lindo, pero la sonoridad defensa debe estar, ¡tiene que estar! pues cuando la sonoridad defensa no está algo de nuestro espíritu se ha quebrado, y eso no, ¡eso sí que no! Cuando los filos narcisistas del individualismo opacan las fauces de nuestro cuerpo extenso grupal florece la primera de las manifestaciones de nuestra derrota, aún con el marcador a nuestro favor de principio a fin del torneo. El club, en este caso (hay tantos otros), es una de las pocas piedras angulares de nuestro ser en la comunidad.

Y lo veo, y lo siento también en el equipo de Magui. Está viva la llamita. Aunque la gesta insta youtube haga lo suyo, se oye esa sonoridad defensa en más ocasiones de las que imaginaba, allí esculpe mi sonrisa, en esos instantes, en esos pequeños momentos del partido en los que la sonoridad defensa se escucha desde los dientes hasta la red. Sonoridad defensa en ataque y en el banco, sonoridad defensa que es la gema de cualquier equipo pues lo grupal late en esos casos y todo se vuelve posible otra vez, incluso ganar. Y hay que defenderse de las trampas del individualismo, ¡hay que hacerlo! en especial desde que podemos hacer zoom y pausa, recortes y subidas a las redes que más inflan nuestro ego.

En uno de estos partidos, una jugadora del equipo rival (Magui: si estás leyendo esto, sí, es verdad, era de un rival pero es sano pensarlo club adentro también) estaba preparada para lanzar un penal. Desde que mi gran maestro Martín Duhau confió en mí para lanzar los penales del equipo***, siempre hice mi parte: antes o después de cada práctica, me generaba un espacio de preferencia para entrenarme en aquella materia; acompañado y en soledad, imaginando mientras iba al colegio o soñando durante la noche; el reloj en aquel tiempo no era más que un chiste. Y puedo decir que en ese sentido he cumplido, de mis mayores orgullos fue la de generar tranquilidad a mis compañeros a la hora de ejecutar un penal. La jugadora rival de Argentinos Juniors estaba plantada frente a la línea de siete metros, se le notaba cierta incomodidad en esos segundos antes de que el árbitro diera la orden, me imaginé que estaba nerviosa pues Abru (arquera de Argentinos) se mostraba imponente desde el arco, pero había otra cosa más. La jugadora, de unos quince años, movía su cabeza, parecía como si estuviera negando, picó la pelota, volvió a asegurar el agarre y ya no pudo más, no lo toleró. La jugadora miró a la tribuna, justo hacia donde yo estaba; al lado mío había una chica, un poco más grande que ella, que estaba apuntando su super celular hacia ella; y como si conociera el manejo de los hilos del tiempo, la jugadora utilizó los pocos segundos previos a su lanzamiento para indicarle “que no la filme horizontal, sino que filme vertical”. Le hacía señas con la pelota en la mano, hasta que la joven entendió cómo debía filmar para satisfacción personal, la de esa jugadora que estaba por lanzar, para hacer su gol, su posteo, sus likes; y lejos muy lejos estaba todo aquello de la sonoridad defensa que tanto oxigena el deseo de un equipo. Gol o no gol, ya era lo mismo.

En cada entrenamiento meta corrida, meta defensa, meta finta, en cada huella que estamos tallando en la cancha común, estamos cuidando nuestra tierra metiendo para adentro con nuestros pasos a las genuinas raíces que la barbarie de lo individual intenta sacar.

Lucas Bruno

***Querido Martín Duhau: aún recuerdo la primera vez que me dijiste que lance los penales. Era de visitante en Hurlingham, había lanzado cuatro y acertado el total cuando llegó el quinto penal de la noche (estábamos recuperando una fecha), como pibito de trece años que era recuerdo que te dije “ya metí cuatro, lo más probable es que el próximo lo erre”, a lo que vos me respondiste “¿y qué? andá y tiralo igual, ¡lo vas a meter!”. El quinto de esa noche también fue gol y la valentía que sembraste allí sigue floreciendo ¡gracias siempre Máster Duhau! 

FOTOGRAFÍA: Pili Fiorda  (@pilifiorda_ph)


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