Tute cabrero

El jugador de Boca Quique Hrabina yendo a trabar con la cabeza una pelota

De joven aprendí un juego de cartas (de baraja española) llamado “Tute cabrero”. Estaba fascinado, lo jugábamos muy seguido con los pibes de mi Ferro querido. Cumpleaños, juntadas, viajes, siempre salía un Tute. Arranqué bastante después que ellos, no recuerdo muy bien por qué, a lo mejor lo habían heredado de hermanos mayores, y es que para mí, en aquel entonces, ellos eran eso. Las partidas más interesantes eran las que cómodos y fernet nos sentábamos a la mesa. Sabíamos que una partida entera podía durar largas horas. Los primeros en quedar eliminados al acumular cuatro porotos no sólo dejaban su lugar a otros para la siguiente partida, sino que reponían la picada, alentaban, cruzaban miradas cómplices y cuestionaban errores de quienes aún estaban en cancha mientras el dador hacía lo suyo para una nueva ronda, momento en el cual podían hablar.

Una de las cosas más fascinantes de este juego es que no gana sólo uno. Quien ha jugado “uno vs uno” al Tute sabe muy bien cómo esa modalidad escapa salvajemente a los dulces de este juego. Y bien, en cada ronda (un mazo), a través de la lógica y los cantos del juego, gana, es decir que no se lleva un poroto, quien más puntos sumó y también quien menos lo hizo.

Se reciben las cartas que el azar dispara, se reparten todas, hasta allí llega su arrojo, y a partir de eso, de lo que tenemos en la mano, debemos tomar como primera medida la posta de este juego: ¿“voy a más” o “voy a menos”?. Uno carga con la experiencia de las partidas acumuladas, sí; también hay una cuota de intuición y la lectura de la sensibilidad de los jugadores (es Tute y no Póker, en general te conocés con el de al lado), y entonces, con lo que tengo, repito y en mayúsculas: CON LO QUE TENGO trazo noción de huella. A partir de allí, todo, absolutamente todo, queda en el estado del arte de cada jugador.

Querido señor Truco: le he dedicado cuerpo en más de una hormiga, sea bueno por hoy y no se ponga celoso. 

Sé, es comprensible, que el arraigo del Tute en la comunidad (ese que podemos dar fe entre aquellos que no tengan idea de cómo se juega) ha servido su jugo desde los avatares del “ir a más”. Tengo la impresión de que de cada treinta que lean esta hormiga sólo uno sabrá jugar o habrá jugado al Tute (y sólo porque algunos de los de Ferro cada tanto leen la hormiga). Probemos…

—Y cuando llegó y lo vio ahí, ¡le cantó las cuarenta en la cara!

—Ahora ese pibe está en las diez de última.

Hay más, esas dos son las más conocidas. Está, el Tute está; seguro que andan dando vueltas por aquí y por allí algunos de sus “cantos”. “Hizo capote” es otro, por ejemplo, pero ese se escucha menos. Si un juego impacta tanto que se hace parte de nuestro “menú antropofágico” (como decía mi maestro Hernán) es que el pueblo lo aceptó. Y si el pueblo lo acepta puede decirse que ya hay algo de pueblo en el juego.

Con lo que tenemos, ¿qué hacer? ¿Ir a más o ir a menos? Lo primero que plantea el Tute es que dejes de ser un pequeño rufián de la tibieza. Puede que quedemos en el medio, podemos perder una mano (y sumar un poroto), pero es preci(o)so definirse en “ir a más” o “ir a menos”, y dejar de pulular rasqueteando cachitos por puro cobarde.

Ir a más o ir a menos pero siempre ir.

Son muchas las ocasiones en las que analizamos nuestros proyectos, y la cruz (crucial) nos marca una decisión impostergable entre las huellas del “expandir” (producir – divulgar – sumar – entrenar – producir) o “condensar” (producir – divulgar – entrenar – producir). El clima ambiente de la economía (de los vínculos, de la salud y también la del trabajo-capital) de la que somos parte en su matriz abierta, juega a modo de observación de las cartas recibidas, cada vez (con el espacio de tiempo que supongamos a la unidad “vez”); y entonces se nos impone el instante de si ir por allí o por acá. 

Hay algo nuestro en esto de “ir a menos” o “ir a más”, es decir entre condensar o expandir un proyecto del que somos parte. La argentinidad nos invita a jugárnosla así, a ir siempre con el abanico de pasiones de nuestro lado. No es un problema sumar porotos y quedar afuera, el problema es no habernos jugado con el alma en cada aliento, como el defensor de Boca Quique Hrabina que cuando ya no había espacio ni tiempo para las piernas sobre el césped, trababa la pelota con la cabeza. Es cierto, en ocasiones, leyendo las cartas que tenemos en la mano, debemos “ir a menos”, debemos condensar, hacernos más sólidos, más fuertes, con más experiencia, hacer del proyecto, un proyectazo. Ir. Allí, en esa decisión, también estamos ganando; luego vendrá la otra parte, la expansión, que siempre juega, y la jugaremos pues confiamos plenamente en nuestro deseo, que es nuestro mazo.

Cada vez que abrazamos una idea, que comenzamos a proyectar escenas posibles y soñadas, tenemos a nuestras manos pobladas de cartas. “Ir a menos” (condensar) es lo opuesto a entregar un partido, pues la línea que traza el poner el cuerpo a nuestro deseo es siempre la del triunfo*. Lo peor que podríamos hacer sería forzar un “ir a más”, o ¡peor aún! (siempre hay peores) no elegir qué hacer, que es un modo de “no ir”, desde aquello que sí tenemos en la vida y simplemente entregarnos a las mareas y los vientos para, en todo caso, ganar de “chiripa”.

Lucas Bruno

*Guiño de viejo cabrero.


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