Receta para un buen Pasiente

Escena de una muestra de teatro: una teatrista agarrando firmemente su libro mientras dos pares de brazos emergen queriendo agarrarla

Dedicado a Martín Kesselman, sin usted nada de todo esto llamado “consultorio” en mi vida sería posible.

Al consultorio, Paciente llega por recomendación. Ya sea a través de una derivación o el aliento de alguien con quien hemos compartido algún andar, al consultorio se lo recomienda. Un poco de eso se trata el hecho de recomendar, algo así como “poner en manos de otro” (manus-dare). A lo mejor, aún más sencillo, la recomendación se hace a través del pulso de la intuición al conocer alguna estría de la obra que vamos construyendo. Al fin y al cabo, se mire desde donde se mire, esta hormiga plantea siempre lo mismo.

Poner en manos de otro… ¿para qué?

—Para que usted me cure. (No)

—Para que me diga qué hacer con… (No)

¿Para qué? ¡Para crear!, que es la forma más aliviante que he encontrado para aquellos momentos en que debo expresarme en torno a “la salud”.

(Dato que, a hormiga leída, debería ya estar de más: crear, no desde la intención programática de un efecto desde algunas causas; crear como encuentro, como “entre”)

Entrevista va, entrevista viene, lo psi hace lo suyo y de movida se echan a rodar precursores heterónimos en la mesa con rueditas. Hace unas cuantas hormigas hemos picado en vuelo el tema “ortónimo” (el ser identitario, el del documento, ¿vió?) y “heterónimos” (multiplicidad de estares afectantes, que surgen desde aquello que respira en plena acción entre el ser identitario y la comunidad, cada vez).

Para hacerlo sencillo, de hecho ahora que lo pienso jamás vi a una hormiga cargar más de una cosa por viaje, de la boca de mi maestro Hernán Kesselman: “hay heterónimos simpáticos y heterónimos antipáticos”, es decir, hay estares nuestros que nos elevan la potencia de obrar en el mundo, que nos ponen los zapatos brillantes del entusiasmo, y otros que, por el contrario, a través del enojo, la tristeza, la desilusión, nos llevan a concluir que lo mejor es que no, que después, que no sirvo, que está mal, estoy mal, y al mirar las agujas del reloj, aquello que sentíamos como tres horas apenas si había alcanzado cinco minutos y treinta y dos segundos.

¿Y de qué depende que surjan estares “simpáticos” o “antipáticos” en mí? Del aire aunado con quienes estemos componiendo en dicho recorte espacio-tiempo el mantel, el adoquín, el techo, el trabajo, hasta la espera en la fila de la fábrica de pastas porque no hay lugar que hagan unos ravioles más ricos***.

Puede haber o no personas, siempre hay un Yo-Otro pujando deseo.

Las entrevistas sacudieron esquemas, de aquí para allá y al revés también. Arrancamos. Habrá que sostener entonces el espacio. En general, Paciente arroja una y otra vez los dardos y heridas “antipáticas”, es inevitable, y está bien que así sea, el espacio propone el abrazo a aquello, y ¡a laburar!, ¡vaya que lo hacemos! Un puñadito del consultorio sé que a esta altura ya ha de leer en hormiguez y, orgullo mediante, sé que sentirán un aroma a propio en estas líneas. Ahí, en la llaga vulnerable vulnerada, despliega airosa la valentía una de sus alas. Edipo presente, bitácora sincera hasta el aliento actual, revisión y creación de herramientas de abordaje y construcción, y meta que meta proyecto hacia adelante, que luego también eso somos cuando nos damos cuenta que pudimos, que hicimos, que quisimos.

Entonces, el tiempo reparte huellas y aquella herida, mientras sana (pues cada semilla tiene su tiempo, su tierrita preferida y su virtud de sol y agua), comienza a poblarse a los costados de distintos estares e historia construida, que hacen que aquello que aún insiste en su mal trago se encuentre cada vez más diluído entre los colores que por fín Paciente se animó, a ver, a crear, a creer.

Manu Satan Imperial, en sus sesiones pobladas de música, birra y política, siempre se abría tierra a cada palabra. Una vez nos sumergimos en los alcances deseados del consultorio, la conclusiva tenía que ver con algo que escribo en negrita (pero ¡shhh! es secreto, va camuflada sin negrita) cada vez que me refiero a ello (guiño): la armonía entre lo que se piensa, lo que se dice, lo que se hace y lo que se omite (teniendo en cuenta que no sólo pensamos, decimos, hacemos y omitimos de forma voluntaria).

A partir de aquí, cuando estamos más vidando la vida que sólo cumpliendo con el laboratorio y las presiones medidas en milímetros de mercurio, es que la valentía despliega su segunda ala: nos invita a crear salud desde un espacio y un tiempo de nuestra vida en el cual, cuando nos preguntamos “¿estoy bien?”, no hay dudas y respondemos que sí, pero que inmediatamente se nos filtra un nuevo heterónimo que nos susurra al oído: “y quiero estar aún mejor”.

Valentía inicia, valentía continúa y profundiza, esa es la receta para un buen PaSiente de este consultorio..

Lucas Bruno

***En mi Almagro querido, “La praderita” y “La pureza” tanto marcaron infancia y adolescencia que con sólo nombrarlos se me hace tuco en la boca. 


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