(D)ojo abierto, doYo permeable

Nicolás Urrutia Sensei junto a su maestro Inagaki Shihan en Iwama, Ibaraki (Japón)

Los tres chanchitos, los tres chiflados, las tres Marías, los tres mosqueteros, las tres notas de un acorde y los tres poderes del Estado. Hermione, Ron y Harry; Palermo, el Guille y Román. El Señor de los Anillos I, II y III. Y como para jugar cierto enlace con la hormiga anterior, no podemos dejar de nombrar “trabajo, amor y salud”.

Son tres que nos guiñan al paso, pero ¡atención! que no se trata de llenar el álbum (y no vaya a creer que tan sólo por ser tres, la tarea se volvería sencilla), sino de que “estos tres” puedan jugar de lo lindo en nuestros andares cotidianos.

Barro, murra y gol, ese es el fútbol que me gusta, de esa forma es que en la tribuna las gargantas explotan y el aire se llena de esa magia llamada canto; y de tanta pasión, la cancha se hincha. Hinchada. Tribuna. Tribuna amada, tribuna histórica… tribuno (tribunus), representante de las tribus que, ¡claro! tribu viene de “tres”, pues tres fueron las tribus fundantes de la antigua Roma.

—¡Neurosis! ¡¡¡Triangulá!!!

—¡No seas pecho frío!

Cronos, Aión y Kairós. Los dioses del tiempo desde la mitología griega. Al día de hoy (¡guiño y punto para Cronos!) son fácilmente identificables pero muy difícil de controlar. Este último aseverar persevera entre las cirugías y las penurias de quienes intentan una y otra vez cazar al tiempo. Tengo la impresión de que tanto Cronos, como Aión y Kairós saben cómo volver esa red, que necios y obstinados les lanzan, a una pequeña cosquilla y cien mil melodías lejanas.

No se vuelve difícil vivir a demanda del reloj y el calendario; de hecho, nos vamos entrenando desde que gritamos por primera vez en el mundo. Nos traerá suculentos inconvenientes en nuestra porción artística (esa que siempre nos suelta una lágrima o una sonrisa, o las dos), pero digamos que no habrá problema en trabajar para que la sangre se siga oxigenando de forma correcta. Cronos sabe que domina, aún luego de la confronta con su hijo Zeus, uno puede suponer que descansa plácidamente en paz dado que ha enraizado linaje estructural. Las calles y los soles han sabido cantar sus costumbres desde una multiplicidad de idiomas pero desde el mismo entendimiento del tiempo: ¿qué es una hora? ¿cuánto es un día, un mes, un año? El tiempo cronológico está acertadamente determinado y así como lo está, determina. Cronos dice cuánto es esto o aquello. Pone la marca en la etiqueta, codifica. Y, pese a sus floridos intentos sobrecodificantes, no ha podido establecer el absoluto en la valoración del tiempo; pues, aquí me ven, me leen, a esta hormiga y a tantas otras cronopias, hobbits y payas por el mundo abriendo sus manos de cara a las raíces amigas de la tierra.

—¿Qué es un día?

—Preguntale a Cronos.

Aión viene a traernos la fragilidad del tiempo, dándonos el pase a los pies para que nosotros podamos hallar la singularidad precisa de su forma, textura, peso y tamaño. Cronos nos lanza tres horas a nuestra habitación para estudiar aquella materia; hora y media de incisivo entrenamiento; cuarenta minutos de espera, siete hoscas personas en la fila antes que yo, el teléfono que iba a sonar y no suena, quince días de vacaciones en Villa Gesell en febrero. Cronos lanza su estocada y sabemos “qué”. Ahora nos toca a nosotros, y una camiseta jamás se devuelve sin rastros de tozuda transpiración. Aión es el dios del tiempo de las intensidades. El seguidor nos ilumina los pasos en nuestros escenarios cotidianos y, según “la estemos, la hayamos” pasado, si nuestro entusiasmo supo encender sus almenaras entre “yo y no yo” en aquel paseo, ese estudio, la planificación del cumple para un amigo o el trámite que debo, si mi entusiasmo se expandió, si he disfrutado, si la he pasado bien (en ese tiempo cronológicamente estipulado), de seguro la intensidad (Aión) del momento (que siempre es mucho más que “yo” por más que sienta que soy el único jugador en la cancha y no sólo tengo la pelota en el pie sino que soy el dueño) fue tal que esas dos semanas se volvieron tan sólo un parpadeo cuando volvemos a mirar por la ventanilla del Peugeot 504 de regreso a nuestro Almagro querido.

—¡Saluden al mar! —decía mi mamá, y mi papá soltaba una mano del volante y los cinco saludábamos sabiendo que pronto nos íbamos a volver a ver.

Aión va para allí, pero también va para allá. Resulta que cuando en ese tiempo cronos, nuestro espíritu se ve desplazado, cuando sopor(tamos), cuando padecemos, cuando la cosa no se da, cuando me quiero ir ya de este lugar y miro el reloj en la pared, los quince minutos que faltan para las doce se vuelven mil horas, hace frío y estoy lejos de casa. Así es Cronos, así Aión.

—¿Cómo es un día?

—Eso nos los permite Aión. Pero, secreto, ¡shhhh! mirá que vas a tener que pasarlo por el cuerpo, ¡eh! Aión no está en ningún reloj.

El tercer dios del tiempo es Kairós. Y este es muy sencillito de contar pero es el más complicado de in-corporar. Es el tiempo de la oportunidad. Los griegos lo escenificaron con un mechón en la frente y con alas en la bola sobre la que se desplazaba. En síntesis, era muy veloz y además sólo podías agarrarlo cuando “lo veías venir”, tenías ese momento, ese instante, porque si “desaprovechabas” ese pequeño tiempo para tomarlo del mechón, ya nada podías sobre la profunda calvicie que ofrecía apenas te pasaba. Hoy por hoy, a Kairós se le conoce como el “aquí y ahora”, ¡flor de entrenamiento hay que hacer para ponernos los guantes! pues se trata de practicar en nuestra cotidianeidad el “estar permeable” al encuentro, a la producción conjunta, allí, donde nuestro deseo hace un pliegue hermoso en el mundo entre yo y no yo.

Estos tres tiempos andan siempre echando flujos de espuma, siempre están. Siempre. Kairós así como pasa muy rápido, pasa millones de veces, no es ningún ortiva. El tema es que en muchas ocasiones lo único que establece conexiones en nuestra vida es Cronos viejo y peludo. Y aquí viene el quilombete: ¿es posible desarrollarnos entre los tres tiempos? Recontra, y súper saludable si hormigamente estuviéramos hablando. ¿Qué es lo más común en una sociedad donde prima el consumo a la producción? Que Cronos continúe creyéndose mil. ¿Y entonces? ¿Busco en IA un tutorial de ejecución de los tres tiempos? ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhjjjjjjjjjjjjjjj!

La cosa parece compleja y es más sencilla de lo que se supone desde internet. Podríamos llamarlos templos, es una buena palabra para esto, templos que son “tiemplos”. Están desplegados por el mundo, desde nuestra calle barrial a esos que parecen de otras eras. Es que sí, hubieron otros antes que nosotros, ¿verdad? Y bien, están por ahí, es cuestión de que Kairós nos tire un centro. En general, los vemos, nos damos “la oportunidad” pero  después, cuando Cronos aprieta, sucede que empiezan las resistencias a aquello (a nuestro deseado y postergado deseo), ahí es donde se ve, se siente, con gran claridad esto de que son los tres tiempos al mismo tiempo, el tiempo.

Si siente que es, y llega Cronos y comienza a convencerle que deje, que después, que necesitamos otra cosa, hágase un favor y no sea cobarde, agarre más fuerte el mechón, va a ver la fuerza que usted tiene.

Sólo Cronos, es cuestión que el banco dé bien y saber armar listas y meta check.

Sólo Aión, psicosis.

Sólo Kairós, sería la sobrecodificación del buscador. No sospecharías de su presencia ni  aunque lo tuvieras a un milímetro y te estuviera diciendo que él es él.

Son los tres juntos, y si nos ponemos a reflexionar un poquito, seguro nos encontremos con una infinidad de ejemplos en nuestra vida. Sólo que Cronos, pillín que es, hace que sientas que sólo él es el importante.

Los templos del tiempo, los hay, hay que echarle luz nomás, y luego, meta práctica. Existe uno que se me ocurre compartir: aikido. Pero, antes de que sacuda el impulso una idea y se googlee cuál es el más cercano, voy a completar la descripción de mi templo: aikido con Nicolás Urrutia Sensei. Para este arte marcial, la disciplina y el respeto por el encuadre (de tiempo y sus derivadas reglas de apreciación y composición del espacio y la tarea) son impostergables, hacen al aikido; para Nicolás Urrutia Sensei, también. Lo que se encuentra en cada línea del reglamento de la escuela y de los posicionamientos de orden del aikido, aquí se transpira desde la primera recepción de forma constante, armoniosa y admirable. Esta parte, esta estría del Cronos, se me hizo carne de grandecito (llegué a los treinta y uno al aikido, con la tontera narciso-revolucionante, gracia a Dió, algo ya trabajada), junto a él no tardé en comprender la maravilla de respetar las reglas de producción y de convivencia del dojo. Esto sólo sucede cuando eso que respetamos sin lugar a infantiles resistencias se vuelve nuestra forma de cuidar y de querer aquello que nos hace bien (aún cuando ni siquiera estamos cerca de estar de acuerdo o de comprender del todo por qué).

Hoy por hoy, en nuestra comunidad, un espacio en el cual uno puede desprenderse de las redes y los cumplimientos multiatareados, en donde no chequear constantemente repercusiones y engagement, y sentir que estamos presentes en donde estamos pisando, ya debería considerarse “templo”, pero no. No vamos a hacerlo sólo porque al compararnos con los aires de hasta el siglo XX, nos damos cuenta de lo mucho que cuesta disfrutar de ponerle la mostaza al pancho. Es preciso que sean los tres, ¡no arruguemos! 

Aión, como cada cosa que en el mundo se nos vuelve amable o despreciable, se entiende a la perfección. Ya son dos. Y como siempre, el tercero es el más complicado. Pero, como buena hormiga, siempre tiro alguna punta. En las clases de Nicolas Urrutia Sensei, se practica Kairós. A lo mejor también sucede en otros dojos del mundo, pues parte de la propuesta de aikido es esa; pero con sinceridad, no lo sé. Como Sócrates al ver cómo otros afirmaban que sabían todo y que no dudaban, él dijo “yo sólo sé que no sé”. No sé otros dojos, pero sí sé de Nicolás Urrutia Sensei. A mis ojos, la forma en la que hace énfasis en la percepción del otro para componer una técnica entre quien ataca y quien ejecuta es admirable. Desde el primer día comprendemos que una verdadera técnica en aikido es una que se construye “entre” uke y nage, “entre” alumnos y sensei, “entre” el reglamento y nuestras neurosis, y no por mera imposición machita. Cada práctica me hace volver a mi casa más entrenado en la materia de la percepción de aquello que, a través de su producción de momento, expande mi espíritu. Después de trece años practicando junto a Nicolás Urrutia Sensei, estoy seguro que este (d)ojo puesto en la percepción de cada practicante, en cada técnica, en cada momento, es algo que viene de toda su vida y que no está dispuesto a desplazarla seamos uno, dos o cien en el tatami con los ojos y el corazón abiertos de par en par en cada una de sus clases. 

La coherencia de este maestro es inmensa. Y lo que he aprendido junto a Nicolás Urrutia Sensei, al momento se me vuelve descriptible sólo de esta manera. Su escuela es un espacio de aprendizaje y de reflexión constante cuya magia comienza a tiritar sus luces una vez que ponemos un pie fuera del tatami. Es inevitable, uno expande tanto su deseo en esta práctica que de pronto, y con el paso (Cronos) del tiempo, se nos hace más fácil percibir cuando Kairos se nos arrima en la mesa, el trabajo, el paseo, el cine y en las dificultades más cargadas de púas en nuestra vida cotidiana.

Orgulloso por haber agarrado con fuerza el mechón de Kairós en la primera de sus clases. Dōmo arigatō gozaimasu Sensei.

Lucas Bruno

FOTO: Nicolás Urrutia Sensei (@aikidorensei) junto a su maestro Shigemi Inagaki Shihan, Ibaraki Shibu Dojo, Iwama, Japón.


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