Las primeras líneas de esta hormiga ofrecen sus puntos a primera vista. Captura y fuga del deseo. Detenimiento y expansión de nuestra voz cantante, de nuestro cuerpo obrante. La captura tracciona a lo individual, en especial porque “no puedo, no me sale” conectar, no puedo ser tocado, no puedo permear entre la otredad. Jaula invisible y plurisentible cuyos barrotes no solo me impiden sino que además queman mis palmas al intentar. Se apaga la luz y busco un interruptor que nunca aparece, y que a medida que insisto porfiadamente el toque para percibir otras iluminaciones respira cada vez más lejos de mis oídos. Pero “siempre que llovió, paró”, y nos damos cuenta de la potencia que acarrean los refranes (esos antiguos viajantes de incesantes circuitos en cada porción de la Argentina) cuando por fin nos avispamos que en lugar de presionar en sentido contrario sólo se trataba de poder alojar la angustia en un par de ojos ajenos, siempre cercanos, siempre nuestros, siempre conjunto.
Es cierto que en deportes de orden individual es mucho más común la recriminación de Yo a Yo que de Yo a otro Yo, como suele suceder en los deportes de orden grupal. Basta con recordar la múltiple oferta en la materia que nos brindó el gato Gaudio a principios del siglo XXI, ¡se daba con todo! Gritos, insultos, interpretativas de consultorio perdigonadas al viento de cara al encordado o la arcilla a modo de espejo brutal. Ni qué hablar de las raquetas hechas trizas, que al parecer se volvió tendencia pujante desde la caída del muro de Berlín. Y vamos a meter límite ahí porque del fin de los ochenta para atrás tengo la intuición que tanto con las raquetas no se metían, y que había “lo Connors – McEnroe” culpando a todos menos de Yo a Yo; y “lo Vilas – Borg” mordiendo sus labios de Yo a Yo pero para prometerse el triple de entrenamiento apenas terminara de estrechar su mano con la del contrincante.
En relación a los deportes de orden grupal, si bien hoy hay una clara tendencia a la sofistificación del peinado, la barbita prolija y el perfume (sin ningún criterio de exageración de parte de la hormiga), la mínima recriminación de Yo a Yo genera una fuerza apoteósica de equipo desde el eco del “¡vamos, vamos!” “¡dale!”. Y al mismo tiempo, un compañero no tardará en enrostrarle sus más enérgicas gaudiadas cuando pifie un pase, se la morfe solito, erre lo que no se debe errar o arrugue frente a un embiste rival.
Entonces, en los deportes de orden individual es más común el “soy un…” y en los de orden grupal el “sos un…”, pero siempre hay un otro, y allí la gema de salud del deporte.
En el handball, en el fútbol, es claro. El otro te ubica, y debe hacerlo. En ocasiones somos el otro, en ocasiones el uno. El arte de la ubicación es trascendental a la hora de componer un equipo, no todos los jugadores son hábiles (hay que ser muy pero muy sensible para esto) para acontecer a forma, volumen y distancia precisa para la palabra o el acto oportuno. No es cuestión de aprender a esgrimir insultos, sino de saber decir lo que hay que decir en el momento exacto en el que haya que hacerlo. En algunas circunstancias es el aliento y en otras la recriminación, el arte de la palabra es trascendental y considero que quienes dominan esto, más allá de sus quites, goles y asistencias, son de máxima influencia en el desarrollo de un equipo.
En mi vida handballera y verdolaga tengo muchas de Ignacio Gobbi y del Negro García (el primero, mi capitán; el segundo, el arquero de todos los equipos de mi vida) pero hay una de Martín Duhau (mi «gran DT», y con quien también tuve el honor de poder jugar en Liga de Honor, él como pívot y yo como extremo). Agarré la pelota para tirar el penal sólo porque Martín, el jugador más experimentado del equipo en ese momento, le dijo al entrenador que yo tiraba los penales. El arquero se me plantó adelantado y la imprudencia y la soberbia de mi ego me ofrecieron sus mejores cartas con los filos en línea directa a mí. La pelota, débil e imbécil, fue tomada sin esfuerzo con las dos manos por el arquero. Bajé la cabeza y volví justificándome con cualquier salameada; cuando crucé la línea del medio antes de recibir los improperios de mis compañeros más experimentados, Martín se acercó donde sólo nosotros dos podíamos escuchar e hizo algo que sólo él y yo sabemos; y fue una de las enseñanzas más extraordinarias que he recibido en la vida. Soporté el fastidio de a quienes tenía en la línea de atrás en la defensa y moví mis piernas como nunca para recuperar la siguiente pelota. No recuerdo cómo terminó el partido, sí recuerdo que fue el último guadañazo de mi indisciplinado egoísmo dentro de una cancha.
Los ojos del otro filtrados desde la tribuna, en el tenista. Los ojos compañeros del otro, en el handball. El “otro”, y su trascendental importancia. Así como “El náufrago” de Hanks tuvo que hacer aparecer un otro con su “Wilson”, pues ¿cómo sabría Yo que seguía existiendo si no hay un otro que me escuche, me hable, me cuestione, me diga con su mirada “estás vivo”?, del mismo modo nuestra potencia deportiva se vuelve estrella cuando nuestro entusiasmo y nuestra derrota es alojada por el amor y el trabajo de un otro, es la composición misma de un “nos” implacable, que nos vuelve invencibles más allá del categórico resultado.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando esos ojos “otros” no están? Habrá que encontrarlos en nuestra íntima tribuna. Creo que ahí, en esta circunstancia, es donde más debemos trabajar en estos tiempos en los que el flagelo de los aires individualistas han echado raíces más profundas de lo que imaginamos. El Esc del teclado se ha vuelto pieza constante en algunas frustraciones, en algunas derrotas, y ese “otro” se difumina en el espacio en lugar de arremangarse; las excusas son elegantes, comprensibles y atribuibles a los tiempos de la posmoderna pantalla individual; tan pequeña para que quepa en la palma de la mano, tan pequeña para obligarnos a acercarnos a ella y perder aún más la mirada periférica, la mirada comunitaria. Y considero a su práctica una más que necesaria.
Lo que antes era la moneda corriente, hoy se ha vuelto excepción. Y sin entrar en “¿qué es mejor?”, el cajoncito lo abro a qué nos proponía aquello por sobre la actual especulación de los bonos, los likes, las apuestas electrónicas “con y sin dinero” y la inmensa sobrecodificación del consumo virtual. La mirada comunitaria nos propone hablar, dar la cara y compartir tiempo y espacio, ¡y mirá lo que escribe la hormiga hoy, tamaña sencillez! Pero atento, no estoy diciendo que hoy no se hable ni se comparta en el espacio, lo que dice esta hormiga es que antes el encuadre dominante era ese mismo, el grupal. Hablábamos cara a cara o por teléfono, y muchas veces inventábamos o agrandábamos contenidos, y había espacio para lo que aún no se sabía, había que aprender a confiar.
—¡Truco, carajo!
El grito mismo convocaba a la intuición, y no a la detección precisa de los micromúsculos faciales para saber si sí o si no decir “quiero”. Había mate y café, había convocatoria hasta para decidir la ropa que nos poníamos, había grupalidad constante, ojos de otros constantes como eje central de nuestra pulpa relacional.
Debo reconocer. Esta hormiga escribe desde el núcleo urbano más condensado del país, es cierto, y además lo hace sin ninguna estadística más que la intuición y las páginas que se anima a leer y escribir. Hoy insiste aquello pero ya no como enunciación principal de las relaciones vinculares sino como estructura nuclear, esperando que quienes nos seguimos juntando en clubes, espacios, reuniones, empresas y demás, podamos contagiar nuestra poderosa fuerza de construcción a quienes se encuentran inmersos en los pantanos del propio Yo, a quienes las riendas del “sálvese quien pueda” y “no meto las manos en el fuego por nadie” les ofrecen sus campos y sus monetizaciones directo a sus principios del placer.
Cuando Kamado Tanjiro no halla respuesta frente a la impotencia que le proporciona su derrota, y una y otra vez se repite “¡Tatakae! ¡Tatakae!”*** en un espacio de entera soledad, siempre, absolutamente siempre, encuentra la salida en los ojos de quienes más ama, que viajan consigo donde vaya, y que se han alojado allí a medida que pudieron abrazar tiempo y alma estableciendo las anécdotas más maravillosas de su vida, pues… no hay fuerza más poderosa que ella.
¡Vamos, vamos! A ventilar los ambientes, a atarse los cordones, invitar unos mates, compartir nuestras penurias y nuestros éxitos, abrir los ojos bien grandes al pasear por los estrechos de nuestras vidas que siempre podemos resultar ese par de ojos que otro necesita para seguir adelante.
Lucas Bruno
***¡Lucha, pelea! ¡No te rindas!
