El recuerdo implica sentir

Una familia de tres generaciones sobre una mesa en pleno almuerzo .

—¡Ay, no me acuerdo! ¿Cómo era?

—Google.

No muchachos, la trascendencia no es una caja de datos.

El “no me acuerdo” es en verdad un problema. Recordar tiene una ligazón de íntima cercanía con el amor, con el deseo. Así como el espacio y tiempo de una anécdota (con los aromas que ello supone) implica una producción, un protagonismo de nuestra parte, sea como acomodador secundario de la silla que se precisaba cerca de la mesa o como centro de la misma con los firuletes de un buen desarrollo, de la misma forma recordar exige un compromiso de interés, un arribo a nuestro núcleo sensible para que impacte con su huella del para siempre entre nuestros archivos selectos, en nuestra consciencia creativa. Una vez que fuimos estrella y tierra de aquella escena, anida y se vuelve sustancia fértil de futuras asociaciones y contenido de nuevas aventuras por crearse. La anécdota, al haber impactado en nuestra alma adquiere pasaporte de lo infinito a través de las vidas que se irán tejiendo vaya a saber uno en tales y cuántas direcciones. Pero para recordar hay que poder sentir.

Fíjese en las compus y en el grueso de “lo compu”, está plagado de todo tipo de memorias. Se venden, se alquilan, se prestan y se recomiendan. Los aparatos no pueden recordar, nosotros sí. ¡Y un montonazo! El tema es que a medida que los aparatos van usurpando nuestros quehaceres cotidianos con su hermoso “ahorrás tiempo y esfuerzo”, también vamos perdiendo capacidades tan bellas como inigualables que hacen al ser humano. El rango que esta hormiga aconseja es el mismo que con los medicamentos: el terapéutico, ni tanto que cruce el umbral de lo tóxico; ni tan poco, que estemos lejos de lo que necesitamos. Los medicamentos vienen con esa medida en el paquetito, para lo nuestro vamos a tener que poner cierto esmero en descubrirlo momento a momento (después de unas cuantas hormigas, cada cual de seguro tendrá sus referencias a mano para el análisis pertinente).

Así como el recuerdo y la memoria, lo mismo entre la fascinación y la imaginación. Se parecen pero distan océanos entre sí.

La hormiga hace el análisis observando signos de erupción, que son los que aparecen con sus imperativos de necesidad y urgencia por ser; y también los signos de apropiación, de enraizamiento, que son aquellos que con el paso del tiempo van quedando de todo lo que se ha escupido desde algún punto hacia arriba y cayó, y calló, y acá yo, acá nos, pueblo, y otra vez.

El recuerdo implica sentir. ¿De qué otra forma uno podría sumergirse de lleno, hasta el arrullo de la lágrima, en aquella escena tan sólo con una voz, un aroma o la pequeña punta vencida de ese cuaderno araña verde de tapa dura?

Cada vez es más frecuente encontrarnos con el ácido “ay, no me acuerdo”. Lo interesante es que duele, debemos hacer más antes de que aquel se reemplace por el anestesiado “no me acuerdo”. Aquí el espacio, una vez más, para la práctica. Es que ha ido ganando mucho, muchísimo terreno lo tecno en “reemplazo de” y no “a favor de”; entre esos campos es que las hormigas se arremangan y miran firme, y no con lo tecno que va en aras del desarrollo de la comunidad. Prestemos un poquito de atención a este punto.

Primero, sentir. Estamos de acuerdo. Luego, práctica. Ahora bien, en lugar de pensarnos en blanco y negro hagamos sólo el esfuerzo de poner el corte en un espacio “pre dominancia celular” (siglo XXI, ¡eh!), con color, fax y teléfonos inalámbricos (palabra que no escribo hace bastante). Sólo tres palabras antes del próximo punto: números de teléfono. Con eso debería alcanzar para aterrizar este texto, práctica. Y bien, si lo tecno anuló este tipo de práctica en nuestro día a día imagino que el relato de los beneficios tendría que llegar con el siguiente parpadeo. Claro, la cuota está en el tiempo libre, en lo “más fácil”, sí, concuerdo, pero ¿para qué? Es decir, aquello que nos facilitaron los dispositivos electrónicos de “memoria”, ¿en qué invertimos ese tiempo, ese esfuerzo, esa práctica que ya no se vió necesaria? ¡Y, ojo! ¡No se desvíe en su defensa a través de los anotadores y agendas que aún me quedan unos párrafos hoy! Estoy de acuerdo con el avance de la tecnología, siempre y cuando no desplace estructuras que son imprescindibles para el estado del arte de nuestra comunidad. Y bien, no hay algo que lastime de por sí, sino la dosis aplicada y fundamentalmente la velocidad con la viaja en el espacio para impactar de lleno sobre mi deseo, sobre los abrigos de la vida que voy creando junto a nuestra familia, amistades, grupos, vino y barrio.

¿Y si el prospecto hubiera dicho: “mire que con unos años de esto le va a ser cada vez más difícil recordar”? Bueno, creo que hubiéramos firmado igual, pues comodidad y principio de placer pero ¡atenti! el ojo siempre abierto hacia la expansión de nuestra productividad vital. Aquí el engranaje con lo de la fascinación y la imaginación. No recordar es una vía facilitada al no sentir, y eso nos vuelve seres completamente dependientes, nada más cercano a los aparatos y sus lógicas de enchufes. El ser humano es esencialmente creativo y los núcleos de desarrollo siempre surgen en el “entre”, y para eso, para vibrar las singularidades de un encuentro hay que permitirse sentir.

La fascinación que produce la absorción de un reel y sus derivados viaja por vías dentro del sistema nervioso distintas a las de la imaginación. La primera es una boca abierta de hipopótamo tragándolo todo, bueno y malo, tocando de lleno los centros del placer y las compensaciones neuroquímicas convenientes para el skrolleo (skull -cráneo- skeleto) cíclico. Las exacerbaciones de esto montan durante la noche hasta la fatídica escena en donde el aparato nos venció con su luz, y ni siquiera pudimos componer ese montaje hermoso en donde apagamos todo para hacernos los dormidos bajando los párpados hasta el momento en que la realidad se hace una con nuestro sueño.

—Sí, sí. Escuchó bien, viene con un petabyte de memoria, que sería como mil terabytes, es decir un millón de gigabytes —el hombre de vampírica piel agita con una mano el minúsculo dispositivo negro.

—¡Guau! ¡Es fascinante!

En cambio la imaginación se trata de una práctica ampliamente saludable, una práctica de creación, y no una de reproducción y atragantamiento. La alerta está en darnos cuenta cuándo la fascinación ha comenzado a acaparar cada cachito de mi existencia. No es el cuco, no es lo prohibido, es aquello en lo que debemos poner un ojo antes de que nuestro deseo se vuelva completamente dependiente de esto u aquello, pues el correlato de todo eso no es nada más ni nada menos que un déficit abismal de deseo, de ese deseo que produce encuentros y geografías que siempre fueron dignas de poder recordar.

Si le picó, sabrá encontrar sus fuentes de análisis en la vida cotidiana, no vaya a creer que la receta para esto está en uno de esos complejos algoritmos o que precisa elementos extraños a nuestro propio álbum de fotos familiar. No. Está ahí nomás, a un pasito. Invito a echarle inspección a ello y cuando lo encuentre, meta práctica que para eso estamos también aquí.

Hay un núcleo que quizás comparta con esta hormiga: la sobremesa. Es extraño cómo ha perdido protagonismo, antes era la joya preciada en donde los más jóvenes intentábamos colarnos como si en verdad no nos estuvieran dando permiso desde hacía ocho pasillos atrás. Es que ahí estaba la verdad, ahí, en ese territorio impropio en el cual los de antes y los de ahora se batían a duelo de sonrisas, anécdotas y desafíos. Las páginas hechas, la que estaba abierta y las que deseábamos escribir. Igualito a un libro, de esos en donde las hojas se tocan, te ensucian los dedos y uno tiene que dejar de caminar para poder leer.

Predata: en la mesa y la sobremesa se ponen de manifiesto de forma muy sencilla los tentáculos de la fascinación cuando nos excluye de esa melodía envolvente de blancos manteles llenos de todo, en especial de nosotros mismos.

Lucas Bruno

Posdata: la cosa no está en la ausencia de aquello, sino en la prudencia con la que nos permitimos bordear entre lo fascinante y lo imaginante.

Posdata dos: cuando alguien le pregunta por un bello recuerdo usted no hace otra cosa que pensar en esas imágenes que usted carga junto a seres queridos en toda la superficie de la foto, y no con la imagen de usted mismo brillando sobre una pantalla.


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