Donde hemos amado, hemos sembrado

La casa rosada con nuestra bandera argentina flameando

Creo en la sensibilidad de brazos abiertos, entiendo la más potente de las fuerzas de nuestro pueblo. Y al mismo tiempo, hay que aceptarlo, lustro a lustro se viene tejiendo en otros sentidos también.

Para quienes transpiramos la camiseta con un ojo puesto hacia el costado y el otro de lleno en nuestro deseo, nos resulta extraña esta aseveración pues no sabemos vivir de otra forma. Algo se nos ha hecho carne tempranamente en la vida y ya no nos imaginamos caminando la yeca de otra manera. Después, están quienes “hablan” de todo esto y que de tanto hablar se han olvidado la cachetada que nos da la fresca y la humedad cuando nos toca levantar la persiana en soledad, y que se disipa casi de inmediato al primer mate compartido. Quienes “hablan” (y sólo hablan) van perdiendo esa piel. Sin embargo, la anatomía nos ofrece siete capas en ese manto de lo “mío, mío y sólo mío”; y entendiendo que donde hemos amado, hemos sembrado, bastará con unas finas capas que quieran volver a sentir desde el “nos” para recobrar su fortaleza de conjunto.

La vida común de los días, aquello que hacemos, donde metemos mano sobre la base que Dios nos dió, podría ser una forma interesante de definir al arte. En las últimas décadas el mundo fue lanzando filos desde distintos ángulos y la resultante anidada brutalmente en la individualidad echó espuma dominante. Nuestro pueblo insiste con su pícara y sonriente valentía de barrio pero la t(T)ierra es grande y el polvillo encuentra hueco con cualquier viento.

Sin embargo, amor mediante, lo individual y su conquista, no enquistó, no pudo hacerlo. No le dió la nafta. El pueblo resiste, siempre lo hace, y creo que el estímulo del “sálvese quien pueda” ha saturado sus receptores. Se percibe en el ambiente, lo huelo y por eso escribo, que hay heridas desbridándose con ganas de ganas (del verbo ganar: eso que pasa cuando en tu pecho hay un deseo irrefrenable que convoca a hacer).

El amor es simple. Lo complejo es llegar a eso. Cuando dos almas se encuentran, no hay mucho por decir, la cosa sale solita. Podemos pensarlo en lo común de las parejas pero también en los proyectos colectivos, cuando hay amor sobre nuestra carta orgánica es sencillo leer en el párrafo 2 la misma oración y entender lo mismo pues la propuesta es: desde ahí construir. Luego será el tiempo del análisis de los recursos y la comunicación de lo hecho pero, cuando hay amor en lo que hacemos, la cosa es sencilla pues no hay vectores tan narcisos como individuales tratando de encajar “a los martillazos” las piezas de un rompecabezas que no van. El tema es llegar a ese amor, que luego pareja, que luego empresa, que luego proyecto, programa, plan y más. Termino el párrafo como lo empecé: el amor es simple.

¿Dónde planteo la complejidad en el amor? En lo previo a la eclosión conjunta. En aquel espacio y tiempo en donde mis ojos pululan entre allí y aquí pero que aún tientan de servirse a sí mismos y nada más. Y claro, bajo ningún aspecto el amor responde al “si hace esto y aquello, el resultado será el siguiente que podrá observarse en esta diapositiva”. No. Exige que arriesgues, que vayas al borde, que te animes (te almes); hay algo que se pone en riesgo, sí, y es esa atribución constante de yo a yo, igualito al yoyó. Ya después, cuando el súper poder de la humanidad por fin acontece, nos damos cuenta de lo simple que se vuelve en el lenguaje que se va creando al paso de nuestros encuentros. 

Sobradas andan las hormigas de ejemplos y casos en los que se comparte a qué llamamos amor, amor hormiga. También hay rastros de qué lugar ocupa y cómo amando sólo es que puede pensarse en defender al amor. Y así, andando con la suela ávida de comunidad, es que nos resulta fácil trazar conexión entre el trabajo, el amor y la salud. Uno podría decir, sin arriesgar demasiado, que se trata de una misma matriz en la que no sólo estamos sino que cada uno de nuestros actos es verdaderamente indispensable.

Hagamos un recorte en la familia. Ampliemos un poco más, la manzana. Un poco más, el barrio… la provincia, el país. Ocupamos roles, varios, muchos diría. Roles instituidos en cada uno de los recortes imaginados. Importantes, sin ninguna duda. Roles afectantes hacia nosotros mismos y al resto, pues de una manera u otra el impacto de nuestra acción se desplaza por la misma tierra hacia todas las direcciones; y es que siempre sólo uno es el piso en cada recorte imaginado. En dicho recorte, en donde nos veamos como centro de referencia, podríamos hacer el ejercicio de analizar si aquella tríada “trabajo, amor y salud” anda encendida en mi obrar. Usted se preguntará si lanzaré alguna pista, ¡pues claro, che!

Si dentro de dicho recorte, la realidad me invita a ayudar, si veo que me estoy arremangando antes de pensar, si cada tanto miro a quien tengo cerca antes de continuar, si me doy cuenta que hago aquello por el otro, ese motor nuestro maquina de lo lindo, y usted sabrá darse cuenta: tiene aroma a suavidad y además, querrá más, mucho más.

Tanto en la familia como en las distintas instituciones en las que tomamos rol, la tríada nos convida cierta inmunidad avivándonos de las trampas coronadas de los podios de la individualidad; allí su mueca trascendental. Ahora bien, en un rol ejecutivo, “trabajo, amor y salud” es imprescindible; su ausencia despliega una línea directa al vacío de la cual sólo el alma del pueblo es quien puede rescatarnos.

Donde se ha amado, se ha sembrado.

Lucas Bruno


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