La profunda observación de la materia nos permitió, a lo largo de la historia, descripciones de lo más gráficas, algunas de inquietantes calibres de detalle. Se puede tomar nota de esto desde el arte pero también desde las ciencias, y lo que es aún más importante para esta hormiga, desde aquello que nuclea sol a sol a esas dos: la vida cotidiana. Meta explicación, meta muestreo de un método, aprendemos a comer con tenedor observando a mamá y papá, a toda aquella referencia emocional que talla nuestra intimidad.
Luego del CBC, al comenzar a estudiar el cuerpo humano, en su herramienta descriptiva más precisa me encontré con un montón de músculos, venas, arterias, nervios, huesos… ¡de todo! Y cada parte tenía su nombre de lenguas de europeas ascendencias, y entre ellos formaban pasajes y estaciones de distintos tamaños y volúmenes que también tenían nombres, por ejemplo: el triángulo de Scarpa, el cuadrilátero de Rogie, el de Velpeau o la pincelada de Finochietto. La historia del “curar” supo enraizar su deseo de profundizar el estudio del dividuo con el anhelo de por fin poder terminar de comprender las funcionalidades de la matriz in-dividuo, y su relación fisiopatológica con el entorno, con, entre, “lo otro”. Y es que sabemos, estamos muy seguros por cierto, que es conveniente mantener nuestro cuerpo individuado; ¡claro!, si nuestro eje de análisis se centrara sólo en lo que atañe a la anatomía. De hecho, así me ha recibido la Facultad de Medicina, anatomía fue la primera materia a estudiar, a observar, dentro de su dividualidad; ella y treinta y cuatro materias más cerraban la currícula antes del internado (otras seis) y la especialidad. Materia, materias. ¿Qué materia te falta? ¿Cuántas materias metiste? ¿Qué materia cursás este año? Y bien, somos más que materia, pero para la observancia del espíritu vamos a necesitar algo más que unos guantes y la pinza de disección. Se vuelve preciso entonces mirar hacia los costados también, igualito a como aprendimos a comer.
El espíritu va a querer conexiones. Y en su búsqueda incesante, pues siempre está permeable a Ello, se abrirá, se dividuará, y habrá ocasiones en las que nos hayamos herido (y debemos aprender) y otras en las que tendrán que convencernos de que esa cita, ese partido, ese clamor grupal, ese Bifrost entre las miradas, en verdad no había sido el mismísimo Cielo.
La palabra, nuestro “decir”, fiel testigo del paso que damos por el mundo. Palabras-libros, palabras-anécdotas, palabras-obras pintadas, esculpidas en mármol o cartapesta, actuadas y dirigidas, palabras-proyectos, palabras-deporte, palabras-aventuras, palabras-cuadernos. El tiempo hace lo suyo, vamos metiéndole tango a la vida y dejamos flotando nuestras palabras, nuestros decires. Allí obra el espíritu entre las materias. Y entonces, los “decires” pueden flujar de barrio en barrio, llegar desde la Europa de los epónimos anatómicos y viajar de acá pa´allá también. Lo actual siempre lleva a sus pasos resaltados en flúor, pero la historia es indeleble (ya hemos visto cómo no pudieron con ella ni con fétidos intentos de fuego y prohibición). Y bien, terminan aconteciendo modas, gestos, locuacidades y uno no sabe con precisión desde dónde han llegado y tampoco por qué pero sí que han logrado instalarse, cuando eso es que sucede.
Volviendo al llano, frente a un reprochable hecho individual, el reclamo y la sanción institucional. Sí, bien, es lo que se debe, lo que nos debemos, para eso están, hay que cuidarnos, y al mismo tiempo reflexionar profundamente: ¿qué hacemos, sabiendo que en este momento estamos sembrando por ejemplo hacia los dos mil treinti? (y tampoco es que le hable del siglo XXII). Ni una conducta sale de la nada, ni una palabra o frase-tendencia impacta en el grueso de la comunidad así porque sí; ¡no! debe convencer, debe captar mayorías entre el deseo. Y ahí la papa, ¿desde que observancia, desde qué interés, se levantan nuestras defensas en el día a día? ¿Dónde apunta nuestro ojo descriptivo? Sabiendo que la seguridad que expreso tiene agujeros por todos lados, teniendo a la supervivencia individual como elemento ordenador de la anatomía de la sociedad, seguirán emergiendo en los núcleos cotidianos conductas y acciones de escalofriante crueldad, en palabras-palabra, palabras-acto, palabras-pensamiento, palabras-omisión del espacio y tiempo en el que se viva. Lo mismo va para el reverso bonito, premiado y sin una cuota de barro, de la individualidad: gente que desde podios que el pueblo nunca levantó nos alientan a “qué sí se dice, qué no se dice o qué debe hacerse para tal o cual circunstancia en la vida”.
Es preciso sentir, que nunca dejamos de ser producientes activos desde la esquina en la que le respiramos al vecino.
Y bien, si observamos nuestra vida (dato: para esto se necesita valentía, de otra forma sólo son trampas interpretativas, fijesé que en general la explicación que encuentra le termina beneficiando de lo lindo) vamos a descubrir muchísima más individualidad de la que suponemos. En las últimas dos décadas se han intensificado los filos de sus colmillos entre nuestros andares estudio-trabajo-arte-deportes-familia, hasta el punto en el que escenas que antes imaginadas resultaban aberrantes, ahora son probables y pareciera que fueran centro activo de difusión: ¿cuándo íbamos a suponer que una pelea de cinco contra uno iba a resultar premiada con likes y de forma masiva? ¡Era al revés! ¡Lo masivo era su repudio! No hay que hacerse los zonzos, somos más que unos cuantos quienes seguimos latiendo desde allí pero hay que aceptar que en el último tiempo estos modismos desalmados pulen rápido su saliva.
Desde el acto más pequeño y, a ojo de asépticas estadísticas, de insignificante trascendencia, como por ejemplo elegir y preparar un regalo (con su papel y su cartelito), ir al almacén, poner el mantel, acompañar hasta la entrada de la escuela; desde eso hasta lo apreciable por la microeconomía, cuando el elemento ordenador de la anatomía de nuestra comunidad es el trabajo, la bobería de los brillos individuales queda desplazada y la mirada indefectiblemente se vuelve sobre nosotros y al mismo tiempo hacia el otro.
Realmente es muy doloroso ver a alguien que desea trabajar sin poder hacerlo, doloroso para él y doloroso para la comunidad.
¡Qué alegría más pavota la del yo conmigo y por mí! Trabajar es la defensa más formidable contra los embistes de la dulce y seductora individualidad, esa de los premios y las ventajas, que mientras seduce para “hoy” sabe que su propósito es instalarse en los “mañanas”. Allí, en el “trabajo” de la vida es que somos parte (también en el propio trabajo). Y esa parte es en verdad importante para el grueso de la matriz de materia y espíritu que nos compromete en la misma historia desde distintos barrios y floridas esquinas. “Somos” es mucho más que “soy”, juegan con naipes distintos pero, si se trabaja, son más que complementarios.
Lucas Bruno
