Dentro de un proyecto, desde el hábil programa del día hasta una planificación nacional, la cosa está en saber muy bien desde dónde es que se parte, de qué está hecha la mezcla con la que he de abordar la gesta de aquello que se deja avizorar a fuerza de hoja y birome, así como también de todo el enchastre que desplazará inquieto y querellante apenas la obra comience a pulsar su voz. Es una fija, todo movimiento genera aplausos y chiflidos. Es conveniente, si de construir se trata, que las palabras que se ofrezcan hacia la obra, vayan a tono con el aplauso o el chiflido que en verdad se sienta, y para eso es imprescindible arremangarse la camisa y meta “trabajo de hormiga” entre los vaivenes de nuestro deseo. Pero, ¡qué se le va a hacer! siempre hay cobardes viajando plácidamente de polizón en cualquier vagón. ¿Será de ahí que vendrá la palabra “vago”?
La obra ensucia, hace transpirar, nos cansa, nos llena de contratiempos que siempre se vuelven oportunidad para confirmar su maravilla y seguir avanzando. Si usted juega cada hormiga con atención, sabrá que un verdadero avance se trata de aquel que mientras sus botas mojadas suman casillas hacia el horizonte, sus manos forjan encuentros hacia los costados. El Yo se enuncia como solista por puro narcisista, pero siempre la obra es conjunta, ¡siempre! Y a usted “señor que yo, que mío, que mí”, le digo: lo discutimos cuando guste, y no va a hacer falta que le pase dirección, voy donde usted disponga, llevo bizcochitos.
En una de las películas de la saga “Ip Man” hay una escena que recuerdo y llega sencillo y al pie. Núcleo de grandes maestros de Kung Fu, cada cual con sus certezas y experiencia. Sólo había maestros, puertas cerradas, cero show y baba propagandista. Ip Man debía demostrar que era un gran maestro entre ellos. Uno por uno fueron desplegando los pergaminos de la innumerable lista de formas que dominaban, al llegar el turno de Ip Man, él afirma que sólo necesitaba tres. Eso generó un abanico de emociones entre el asombro, la provocación y el desafío. Ip Man enfrentó uno por uno a los maestros y se retiró con ninguna derrota.
Podía ser innovador o no el encuadre de acción de Ip Man, sin embargo se vuelve verdad cuando acontece a través del tamiz de la cruda acción de la realidad. De aquella cita luego se dirá lo que cada quien considere a sus alumnos, pero ni uno de los maestros que allí fueron cuerpo y alma de la anécdota podrán falsear la contundencia de la verdad allí vivida, allí construida.
Somos hacia dentro y hacia los costados. Mostramos, lo hacemos. Así como los colores y las sonoridades silvestres, nos damos a mundo. Pero a diferencia de la natura, quizás por la enfermiza necesidad de tener que mostrar siempre “algo distinto”, vamos perdiendo organización de producción (las tres formas) al suponer que eso “distinto” es aquello que se sostiene sobre la cartelera. Y es que esta hormiga siente posta que la cosa del “somos” no alcanza con el laboratorio y la cuenta bancaria favorable, aunque dé todo bien, aunque estén los ceros que se deseen del lado positivo, pues, sólo individual. No alcanza. Entonces es preciso suponer, podríamos decir “imaginar al somos”, y para ello no encuentro guiño más perfecto que el concepto de la comunidad, una feliz comunidad.
Y de esto Argentina sabe mucho. Muchísimo. “El futuro llegó hace rato”, lanzan Los Redondos. Sí. La sangre, nuestra sangre, tiene una memoria tan intensa como extensa. Es cuestión de que levantemos la vista cada vez que la pelota llega a nuestros pies en lugar de forzar una gambeta (por definición, una gambeta correcta nunca se fuerza) pensando más en la historia del instagram que en el abrazo de equipo donde hay que hacer un esfuerzo para distinguir quién de quién. Algo ha sucedido en estas décadas de individuante globalismo, como si hubiera una especie de consolidación marketinera en nuestras mentes. Con optimismo siento que estamos cerca del techo, ya no puede haber más, es tiempo, nuevamente, de comunidad.
—¡Mirá esos dos, pareces zombies!
—¡Robots, diría yo!
Y resulta que de aquellos testigos de cotidiana globalidad, hubo quienes en lugar de frotarse las manos para abrazar, lo hicieron para crear robots. Con esos también, donde quieran.
Pero claro, el amor no es para cobardes. Ellos suelen explicar con autores, filminas y agregados las causas de por qué el cálculo que inunda sus almas es quien tiene la razón. Y en el fondo, el mismísimo robot es una síntesis perfecta de sus suaves cobardías para amar. Te llenan de números eficientes como si lo que la comunidad buscara fuera aquello. Puede que en una sumatoria de individualidades se ponga la lupa en la eficiencia, pero por cierto en la comunidad se lo hace en la eficacia de aquello que sea conveniente para el despliegue de nuestra felicidad. En ocasiones, sí, lo aceptamos, utilizamos mucho recurso, es verdad, el amasado requiere que la preparación respire el ambiente en el que vivimos, la tinta debe secar para alojar la intensidad del ribete, las primeras diez mil repeticiones me preparan mi primera mejor técnica, y no hay postal digital que logre captar la emoción que vuelco en la tarjeta de cartulina que recorté. Es verdad, muchas veces llegamos más tarde que los robots, ¿y qué? Sólo con darnos la mano con quienes amamos nos damos cuenta que ellos en esa materia ni empezaron.
No se trata de una cosa u otra. Se trata de que la tecnología sea conveniente para nuestro amoroso desarrollo. Y en este sentido, creo que no hay que perder nada de aquello que somos, algo así como no permitirnos olvidarnos de nosotros mismos. Llevamos doscientos diez años tallando nuestro ser y hemos erguido un grito en el cielo sumando una silla a la mesa cuando fue necesario, pues entiendo este devenir incluyente es lo que obliga sin puntas ni intenciones a nuestra consideración desde otras esquinas del mundo. ¿Qué necesitamos para que el encuadre de producción argentino, ese del trabajo, el arte y la solidaridad, siga expandiendo su luz? No lo sé con precisión, pero entiendo que sin lugar a dudas lo encontraremos entre los ojos de alguien y los nuestros.
Lucas Bruno
