¡¿Eh?! ¡Eso! ¿Y a vos qué te importa?
Y pensar que esta frase aparece cuando alguien quiere meter la nariz donde no quiero. Una respuesta defensiva, ¡claro! pero al mismo tiempo alentadora porque de alguna forma (aunque nuestro único objetivo es que se salga de allí) le estamos diciendo: “a vos… ¿qué te importa?», le estamos preguntando qué es lo que le interesa. Ahora bien, ¿no estaría bueno preguntarnosló también? aunque sea de vez en cuando. Entonces: Rp/ cada tanto cerrar los ojos y dejarnos investigar qué es lo que nos importa en la vida.
Me importa (tanto que no puedo dejar de imaginar mi mano llevada al pecho al escribirlo), aquello me conecta conmigo mismo. Muy diferente es qué importo (qué llevo hacia dentro) a “qué me importa”, qué me lleva hacia dentro, que me conecta con aquello tan profundo como la mínima sensación de sentirnos imprescindibles para alguien, en un pequeño recorte de la vida. Eso podría ser “lo importante”, es decir, lo que puede ser importado por alguien.
Los puertos de nuestro yo están. Los hemos generado algún día, cuando tallamos aquello sobre su madera fuimos conscientes, pero aunque juramos no haberlos perdido nunca de vista nuestros puertos han sabido desarrollarse en el trajín inconsciente del barrio, junto a.
Saber importar, saber exportar. ¡Flor de camino! Llegar a conectar con aquello que nos hace bien, es decir, cuando aumenta nuestra potencia de obrar en el mundo. En general no se nos “escapa la tortuga” para ser testigos de la influencia de lo que nos importa, pero muchas veces se nos presentan dificultades para que nuestro puerto aquello importe. En esos momentos, es como si no nos dejáramos ver, como si no nos animáramos a dar el paso al frente (argentinismos de salón: anagrama de “frente” muchas veces ayuda), y está ahí… y desde afuera sentimos a nuestros heterónimos amigos gritando “es ahí, dale, ¡pateá!”, pero el barquito pasa de largo a nuestro puerto porque nos quedamos escondidos detrás del arbusto más a mano.
Pero si el puerto importa, también exporta. El arte de la exportación: el punto justo, antes de que se propague su aliento pesado dentro de nuestras venas y al tempo que anuncia la cordura de nulos bufonismos. Hay que aprender a exportar, es decir, no hay que enchastrar los puertos de nadie, nuestras exportaciones deben saber ser bien recibidas. Y bien, lo que para nosotros es una importación, para otros aquello otro es complementario. ¡Qué lujazo esto para el barrio, la comunidad y el país! ¿no? El temita es que suele haber conflictos de intereses, y en ocasiones muchos son los barcos que desean amarrar al mismo tiempo, y tantas otras cosas con lo que nos enfrentamos cada mañana que el sol sale (porque el sol siempre vuelve a salir) al respecto de la economía de nuestro deseo, una economía en donde siempre es el flujo y no sólo los medios de producción, que claro también son importantes.
Entonces, ¿qué puedo aconsejar para nuestros puertos de deseo? Cuando era chico me encantaba el Goyco, y como para que no con tamaña épica de Mundial 90.
“Quel sogno che comincia da bambino e che ti porta sempre più lontano, non è una favola e dagli spogliatoi escono i ragazzi e siamo noi”
“Aquel sueño que comienza desde niño y que está siempre muy lejos, no es una fábula y desde los vestuarios salen los chicos y estamos nosotros”
Imposible que cada una de sus frases no lleguen cargadas de la música más maravillosa, es importante para mí recordarme entre todos los arcos que improvisé en mi vida. Para nuestros puertos, nada mejor que ¡un buen portero!
Entonces uno está jugándosela toda en la oficina, el diseño del invernadero es exorbitante, los aplausos imaginados frente a nuestra labor son de antología. Y llegan los críticos (como en la “Oda a la crítica” de Neruda) y con sus miradas querellantes logran vencer todas mis defensas y la empalizada de nuestro terreno junto a las maderas talladas con nuestra sonrisa más valiente comienzan a temblar; ya va siendo tiempo entonces que nos pongamos de pie y que descubramos el modo de que aquellos críticos se pregunten verdaderamente qué les importa, porque si de destruir mi entusiasmo se trata, tengo un buen portero que ya está frotando sus guantes y que no les quita la mirada.
Y entonces, a usted, seré curioso, le pregunto: ¿qué le importa en esta vida? ¡Vamos! Animesé y agarre lápiz y hoja, ¡que mucho hay aún por trazar, recién estamos arrancando!
Lucas Bruno

