Brindo, porque no perdamos jamás la curiosidad.
Llegar al umbral de la puerta es haber hecho casi todo el trabajo, pero casi no es algo más que casi. Podemos pasarnos años en “lo casi”, pues cambian las oportunidades y las recomendaciones, las nuestras internas también. Y como toda tendencia al límite, hay un riesgo, una especie de vértigo frente a aquello otro que ni sé, que ni botoncito de comando conozco. Hay ocasiones en las que estamos bien en el centro, bien dentro de nuestras seguridades, y ya. Y en otras, un impulso dentro nuestro nos lleva a consultar, a indagar entre lo publicado, leer opiniones y buscar en internet. La curiosidad ha impactado nuevamente en nuestros esquemas y (les juro) no se nos escaparán, continuarán allí, en ocasiones un poco más maquillados que en otras, pero nuestros esquemas, nuestras reglas de juego, seguirán firmes en donde siempre, tranqui… estarán. Sin embargo, algo puja por abrir la puerta y ver. Como en el póker, en donde hay que “pagar para ver”, aquí lo que se pone en juego es nuestra parte más controlada.
¿Y si…? No a todo, ¡no! Hay que aprender a darnos cuenta cuando la curiosidad llega a nuestros esquemas de forma noble, de saco y corbata o en pantuflas, pero noble; y cuando en realidad lo que está empujando como “curioso” es ese absurdo infantil que con caprichos de sabelotodo quiere llevarnos artificialmente a otros puertos, sabiendo que al llegar allí lo único que hará será quejarse de tal o cual cosa y echarle la culpa al de al lado, pues eso no, aquello no es algo noble. Entonces, ¿qué referencias podemos tener? Es muy sutil esto. Podría decirse que nos hace levantar las cejas y mirar hacia el costado, a veces cerramos los ojos e inhalamos de lo lindo (interesante esto, ¿verdad? porque hasta la inhalación anterior era el mismo aire viciado y evidentemente algo cambió que nos hace respirar ese mismo aire atravesados por la más magnífica e indescriptible diferencia), como fuera que llegue y ponga en pausa nuestros pensamientos titulares, ya sabemos que la curiosidad no lo hace desde las fórmulas, los cálculos ni los manuales de salud mental. La palabra más perfecta que se me ocurre en este momento para esto es: espontaneidad, así, espontánea llega la curiosidad en el medio de la firma de un gran negocio, el batido del café con leche, el recuerdo que se me atravesó, la escena que decido una y otra vez evitar, donde fuera, llega espontánea, y nos anima el lápiz al cuaderno en blanco para comenzar a linear (es así, ¡qué se le va a hacer! estas son cosas de lápiz y papel… la tablet y los celulares les cuesta eso de la absorción de la temperatura del momento, ¿vio?).
El tema es saber que no está la respuesta al pié de página, para este tema la IA es inepta. Así como no nos puede faltar algo que aún no se creó, ese fascinante inventario, útil por cierto, no podrá ofrecernos aquello que aún no hemos dibujado en esa hoja de nuestra vida.
La curiosidad cuando llega, al mirar nuestros zapatos, uno de los dos está un poquito más avanzado que el otro. ¿Pregunto? ¿Me anoto? ¿Empiezo? No importa cuál sea la pregunta que cante “la falta”… porque al fin y al cabo, en esas situaciones siempre “quiero”. ¿Qué será lo que podría ponerse en juego para que me termine yendo al mazo? La pista, crucial diría, es que aquello no lo voy a encontrar en los resultados una vez que entré, que pagué, que quise. Lo que está en juego es todo eso que me pasa desde que me animo a entrar, la infinidad de cambios en el plano de lo sensible, en la sencilla materia de lo que puedo y lo que no, básicamente, en lo que siento. La curiosidad me lleva al borde, me hace ver dos veces (tres, cuatro, mil) una misma cosa, y me deja ahí, a dedo, a una distancia que se siente como de cien mil páginas aún por leer, pero que para descubrir qué tanto era así, inexorablemente, tendré que entrar, y comenzar a sentir qué me pasa, qué cosas que creía habituales de pronto descubro que en realidad son nuevas para mí, ¿tan seguro estoy de que mis dos pies son iguales?
La primera vez que entré a un tatami lo hice con mucho temor (de lastimarme, de no entender, de no servir), apenas comencé los primeros movimientos una claridad me abrazó, sentí que deseaba practicar aikido durante mucho tiempo; sin embargo no fue hasta cuando dos años y medio después conocí a mi sensei que entre sus enseñanzas empecé a comprender algo de aquello: el tatami te confronta desde su silencio a tu parte más genuina y, práctica a práctica, te va a pedir que crees una respuesta.
Entonces, el cinturón blanco no es cuestión sólo de gente principiante, sino por el contrario, en este sentido, hay más campo abierto para quienes tenemos experiencia en alguna materia, y cuando por fin llega la curiosidad, en lugar de alojar esos púberes “ya lo sé”, preguntemos, consultemos y escuchemos a quienes sentimos verdaderamente que tienen algo para decirnos, pues… por algo ya hemos de haber llegado a aquel umbral.
Y como dice el viejo dicho: “es la práctica lo que hace al monje”.
Lucas Bruno

