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Todo puede faltar menos valentía

Martín Palermo gritando su gol junto a compañeros

-Buen día caballero… ¿qué desea?

-Buen día señora, un kilo de milanesas por favor.

-Enseguida se las preparo.

Cuando el hombre vió volver a la señora se quedó sin palabras. Ella había traído dos bandejas y las apoyó en el mostrador, una llena de carne fileteada y preparada con la ración perfecta de huevo, ajo, sal y perejil; en la otra, el pan que recién había rayado. El hombre la miraba y su mejunje de apuro y ansiedad nada comprendía, trataba de encontrar alguna respuesta a la situación en el celular y en su reloj, la mujer tarareaba y cuando él finalmente comprendió, dijo mientras descansaba su peso y su desconcierto sobre el histórico mostrador: “parece que va a llover, ¿no?”

Desde la caja escénica del consultorio se disparan líneas y líneas entre lo político, lo histórico y lo vincular. ¿Será que se trate un poco de eso también? Hemos sentido y nos han pasado cosas, no podemos negar nuestro protagonismo, nuestro grado mayor de responsabilidad, justamente, en los tejidos que anuncian su intención desde nuestra propia madeja. Titulares indiscutidos, eso somos, en nuestra vida.

Una vez se me preguntó cómo armaba mis equipos, aplica a todo (¡haga la prueba!), y respondí (y aún estoy de acuerdo conmigo) que el brillo lo encontraba en el esfuerzo, en la dedicación deseante, en ordenar la mochila el día anterior e irme a acostar repasando la letra y los movimientos, en saber preguntar, en levantar la cabeza al de al lado cuando el que flaquea no es uno, en saber que los nervios siempre y que si hay que tirarse de cabeza a trabar la pelota, no se duda y se hace. El coraje, de salir cuando hay que salir y ponerse delante de otro cuando la ocasión lo amerita, no puede faltar, al menos en los equipos que yo sueño y que, gracias a Dios, me toca y me ha tocado vivir. La respuesta a esto es sencilla, un proyecto pensado y ejecutado desde la valentía en comunión grupal jamás puede salir mal; podríamos perder, es cierto, pero nadie saldrá de allí con la sensación que hemos escatimado en nuestra acción, pues… lo damos todo, cada vez.

Considero que hay una batalla constante que exige tal valentía en esa cosa del día a día. Es notorio en la superficie del compra-venta, como si en algún punto nos hubiéramos creído del todo aquello de que nuestra vida es nuestra mía-mía-mía de la puerta para adentro, mía y nada más que mía. Como si fuera cierto que lo mío no tiene nada que ver con lo no mío. Entonces, llevamos nuestra plata al negocio (es cierto que el hecho digital ayuda un poco a esta sórdida distancia) y compramos, volvemos con nuestra cosa de almacén, o lo que fuere, y es nuestra y puede que sienta que me haya beneficiado con la oferta. Y quien vendió, ¡bien! lo hizo, entonces anota en el excel y la cosa va. Es así, pero no.

Algo nos han ido quitando (seguiremos trazando magnitudes desde la caída del muro de Berlín en adelante) pero creo que estamos llegando a un techo (eso espero). Deben de estar quedando unos hilitos, ¡agarremos fuerte! ¡no soltemos! ¡no seamos cobardes! que de tanta cosa al 3×1 individual, esa mísera satisfacción (la de Cristiano Ronaldo festejando su gol solo, pensando desde qué ángulo se verán mejor sus abdominales), pareciera que la valentía para descubrirnos en el día a día, por ejemplo con un almacenero, ha quedado en el olvido (esto es inversamente proporcional a la distancia con la gran capital federal, pero atenti a las provincias lejanas: si no prevenimos, llega).

Tan sólo observar llegar a la pareja corriendo y casi chocándose con la puerta porque ya sabés quién posteó algo y aquella me comentó, y cómo se subieron al auto con las bolsas llenas, si uno no considerara que nadie ha salido del almacén corriendo en busca de ellos, podríamos pensar tranquilamente que hubieran robado. Y yo me pregunto: ¿cómo fue que compraron tan rápido?

Comprar no sólo no debería ser un lujo sino que además considero sería prudente que tengamos el coraje de descubrir su porción más artista. De alguna forma, quienes están detrás del mostrador y se dan cuenta que a la patilla del anteojo se le ha salido el tornillito o que hacía dos semanas que no pasábamos por ahí, tienen la paciencia del terapeuta y aguardan por nosotros, porque tengamos la valentía de volvernos a encontrar, que somos parte de este todo llamado comunidad.

Esta semana, Paciente me compartió una escena fantástica en un almacén del lugar donde fue a pasar unos días. El comerciante lo frenó en seco diciéndole que lo mire, que deje de buscar como en un autoservicio y le diga qué necesitaba. ¡No nos podemos perder de estas joyitas! ¡Seamos valientes! ¡A lo mejor son las últimas migajas de esos tiempos en los que esto, creanmé que para este terapeuta es imprescindible en cuestión de salud, esto era la moneda corriente. Paciente terminó hablando con el comerciante acerca de qué levadura era mejor para la ocasión. Y sí, también se pagó y se vendió, sí, también. La cosa es que este mantel de circunstanciales posibles, en las que nos damos cuenta que lo nuestro es mucho más que la suma de lo mío con lo tuyo, viaja dobladito en cualquiera de nuestros bolsillos, es cuestión de animarnos a desplegarlo (¡seamos valientes!) en el banquito de una plaza, en lo común de nuestros tubos de ensayo, en el ascensor y en nuestra propia soledad. No siempre trae respuestas, en muchas ocasiones ni siquiera hay palabras, pero la cosa es que una vez que el mantel se despliega, la oportunidad de volvernos a ver entre otros ojos sigue existiendo.

(Shhh… secreto: a mí siempre me gustaron los goles de Palermo, que luego de su épica inmediatamente miraba a sus compañeros en búsqueda del abrazo implacable).

Lucas Bruno


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