Quienes han vivido un momento junto a ella aguardan su regreso, y cada signo se transforma en una posibilidad. Quienes nada supieron de ella comenzaban a saber desde el momento en que alguno de quienes sí caminaba la vida a la par y en su misma vereda. Haber vivido al menos un cachito junto a ella, hacía que sus ojos brillaran y desde ese brillo se empujaba un deseo muy fuerte, casi ineludible, de contar, de ser escuchados, de esparcir todo ese amasijo de sensaciones, como si de alguna forma aquello vivido fuera demasiado como para suponerlo sólo dentro de los límites que nos propone el cuerpo.
Es interesante que a este punto usted complete el espacio en blanco sobre la rayita, es inevitable, pues a cada quien se le vendría más de un nombre a la cabeza si la próxima oración que este escribiente ensayara sobre la hoja fuera “¿a quién cree que me refiero?”. Cualquier aseveración será correcta, pues… desde el limonero de mi casa afirmo que primero y ante todo son las acciones lo que define, luego aplica muy bien ese “etcetera” que sin tapujos traduce el latín a “y lo otro”. Entonces, llega mi abuela… quizás mi padre, aquella maestra, mi hermano, mi pareja, mi compañero de… mi madre, el ferretero que atiende detrás del mostrador, el vecino, la verdulera, mi antigua amiga con quien compartíamos hogar, yo mismo, sí, yo mismo (¡usted, claro!), eso también vale.
Quienes ya la habían conocido (también aplica el “a yo mismo”) deseaban que volviera, de la forma que fuera. Habían sido tan intensos aquellos momentos compartidos junto a ella que el tiempo se escondió de sí mismo para volver luego con un cartel con su nombre para ver si lo podían reconocer. La vida, esa pequeña burbuja de mundo que ahora mismo también estamos pisando, había podido descubrir colores que, siempre posibles, aguardaban su momento y estaban llenos de hollín y telarañas. Todo estaba a un pasito de la siguiente sonrisa. Los problemas que habitualmente sabían presentarse en cada audiencia como “nuestros problemas”, ya no lo eran.
Por ejemplo, al llegar a la fila del trámite en su décima quinta vez, se encontró con un conglomerado de gente con caras donde cada una de las mandíbulas luchaba por ver cuál sería la primera en abrazarse al piso; entonces, vió la cantidad de gente, revisó su reloj y se dió cuenta que era momento de preparar el té para con-vidar. Así, una multiplicidad de ejemplos en cada quien que ya la había visto. Sin embargo, la cosa no se trata de que al llegar ella se terminan los problemas, ¡no! sólo que aparecen otros. Por ejemplo, era muy común para uno de ellos que cuando se ponía el chaleco y no le entraba, se ponía otro; sin embargo, cuando ella llegó, al intentar ponerse un chaleco, la dificultad física que le proponían los ángulos y la rigidez de la tela del chaleco le permitió ensayar la mejor de las danzas mientras se desplazaba en su intento por todos los ángulos de su habitación a la cual creía conocer; saltos, vueltas en el aire, expresiones sonoras inimaginadas y una trenza de brazos de ensueño; así fue que estuvo hasta que la luna llegó con cena y todo. Hubo otro caso, muy interesante, en el cual la llave de la puerta de entrada no quería abrir; giraba correctamente y al retirarla tenía nombre, apellido y altura de la calle correcta, pero no quería abrir, fue entonces que la charla entre la barista y la llave motivó la creación de una novela en la que los motivos de la llave para no abrir aquella puerta fueron galardonados como best-seller.
Puede llegar en cualquier momento, (es verdad). Pero no hay cálculo ni invocación posible para ello. Llega o no llega, y cuando lo hace, es mejor estar con un ojo abierto, pues… pasa casi sin que la podamos ver.
En la película la llaman Mary Poppins. Llega y la posibilidad de que las palabras se reinventen y así con ellas nuestras más porfiadas capturas del deseo también. No llega con especulaciones ni fórmulas universales, llega y pispea esperando a que podamos encontrarnos junto a ella con la maravilla a punto de ser inventada.
La pista la tiene el deshollinador, él sabe aquello de las pinturas en el piso pero no más que lo que pueda enunciar la intencionalidad. Entonces, si no nos la jugamos con toda, ¡con toda chabón! ¡con toda! ¡metele con toda! con toda creyendo al taco en nuestra intuición, si no jugamos así, donde por fin logramos el silenciamiento absoluto de todos nuestros temores proyectados y nuestros hipotéticos de horribles derrotas posibles, si no es así, bueno, jamás aquella pintura cobra vida, y el concreto del piso se vuelve lo concreto de nuestros sueños.
La llaman Mary Poppins pero como dije, ese heterónimo puede llegar desde cualquiera de las personas con las que construimos en el mundo, incluso si nos fijamos bien, desde nosotros mismos, y eso… eso es “prácticamente perfecto en todos los sentidos”.
Lucas Bruno

