Cuento con unas cuantas, de esas que les buscás la cajita perfecta para su cuidado. Sabemos con rigurosidad de acero que existe una tendencia a la desorganización, allí donde la entropía manda; la realidad, objetiva por cierto y a la vista del cuerdo, llega con eso, y si no lo cuido, se arruina más rápido. Pocas, muy poquitas, son las cosas que no pierden su valor aunque uno no les invierta tiempo y cuidado, recurso (elija usted cuáles) para su mantenimiento, por ejemplo la tierra, que es obra de Dios, de ella podríamos decir que es un bien extra-ordinario. Para lo ordinario, lo del orden del día, lo “ordendiario”, para todo eso, hay que elegir muy bien cuáles son las que iré a guardar y encontrarles una cajita; yo recomiendo con tapa y de madera, son las más bonitas, te dan siempre ganas de pasarles un franela, acomodarlas en alguna repisa custodiando rincones y quizás decorarlas con algo a su lado.
¿Qué guardamos allí? Lo más preciado. Le decimos al tiempo “¡tan solo animate a dar un paso más, que vas a ver! Sé que ganarás, ¡maldita sea! pero te daré batalla”. Es indefectible el paso del tiempo (pasa y pasa y pasa), pero mientras él se retira victorioso siempre, pues aunque sea algo rasga, sin saberlo, nos da más tiempo, más tiempo para que eso que guardamos y protegemos encuentre la forma de vivir para siempre dentro nuestro.
La otra vez me encontré con una de esas para guardar, no saben cómo la apretujé, ¡pobre! cuando la guardé en una cajita (de los colores de nuestra hermosa bandera), ya estaba un poco abollonada. Me llegó de sopetón, como en esa magnífica publicidad de las pastillas Halls de mentol, que cuando la persona se metía una pastilla en la boca, llegaban unos cuantos pingüinos y le daban una cachetada de frío (el avance de la IA en la publicidad es inversamente proporcional a la genialidad del audiovisual, se pasó de cine-publicidad a propaganda berreta, discuto mano a mano con quien quieran cuando gusten). Resulta que una de estas notas bestiales llegó a ojos y corazón del cuerpo técnico de nuestra selección nacional de handball (tarea: adivine cuál de las notas), y eso me conmovió muchísimo. A mí, que bien saben quienes me conocen, no me es difícil eso de la palabra, cuando Mariano me lo comentó empecé a balbucear incoherentemente, por suerte pude improvisar alguna devolución, pero creeme Marian, había tanto por querer ser que se atolondraba todo en la puerta y no se permitían salir.
Mariano Muñoz, el entrenador de la selección nacional, en su momento había leído la nota, tengo el gusto de poder enviarlas a mis contactos, también lo hago en algunos canales de difusión, como “semillas al viento” decía mi maestro Hernán Kesselman (Sabio de Templo); Marian entonces la recogió y la apropió para volverla a lanzar; de eso se trata la cosa. Resulta que tiempo después Marian viaja junto a otro de mis Sabios de Templo (guiño), Martín Duhau, que es el segundo entrenador de la selección nacional (y millones de cosas más, ese hombre es infinito), y como detalle que endulza más la cosa, el cuerpo técnico se completa con el entrenador de arqueras, que no es otro que Fernando García, que más allá de haber sido el mejor arquero de handball argentino de todos los tiempos, fue mi compañero en los años en los que dediqué alma y vida a ese deporte en mi porsiempreamadoplayóndeferrocarriloeste (sí, se escribe todo junto porque aquello no se puede entender fuera de un abrazo, y los abrazos unen como Dios manda, como los gritos de batalla de la arquera Menucci, ¡cuánto me hizo acordar al Negro en el arco!). Mundial de handball en mi parecer, descomunal. Me vi en directo cuanto partido me dejó el consultorio y la señal. En el primer partido, contra las locales, el equipo me cautivó. La forma en que defendían me voló la cabeza, era solidaridad en estado de arte; eso, eso mismo que cualquier director sueña que suceda cuando las jugadoras están dentro de la cancha. ¿Por qué soñaremos eso? Porque se da cuando verdaderamente es, y no cuando “deben hacerlo”. Un equipo cualquiera en un versus muestra su esencia, es inevitable, y en esa esencia se puede ver con exactitud halcónica la naturaleza del cuerpo técnico. Todo, todo se ve. La displicencia del engreído, el débil compañerismo, la insípida arrogancia de los lastres narcisistas, todo se ve también lo bueno si lo hay, y nada es ajeno al cuerpo técnico que sea. Por eso quienes dirigimos algún grupo soñamos con que lo que más nos importa en la vida pueda verse en una de las obras en las que también somos.
En el mundial se vió un equipo que luchó cada pelota, que perdió el registro individual de la dorsal porque la de 1 estaba en la de 2, y la de 3 volvió a ocupar la zona que perdió la de 2; se perdía el registro singular por la estampa plural del “somos”, y no precisamente en la simple palabrita, no en una correcta acomodación de las declaraciones para quedar bien parado con la audiencia que importe, ¡no! lejos de todo eso, el somos llega con la acción (esa cosa hermosa que no tiene género). Ví un equipo que se tiró de cabeza en cada pelota (literal) y que codo a codo en cada jugada. Se vió así, cuerpo técnico y jugadoras, hubo momentos en donde yo no podía distinguir si Mariano, Martín y el Negro estaban dentro o afuera, era imposible, en los ojos de las jugadoras viajaban también sus miradas (yo lo sé, conozco las tres). Eso soñamos quienes dirigimos, que el equipo, presentación a presentación, ofrezca sinceramente la verdad y que ella, innegable pues avanza y arrolla aunque deseen negarla, no sea otra cosa que lo más maravilloso del mundo, de eso se trata cuando uno dice “estoy orgulloso del equipo”. Los resultados, una anécdota más, ¡la de funciones con la compañía de teatro que hicimos para menos de diez personas, ¡saben cómo brillábamos!
Este equipo, este proyecto bajo la coordinación de Mariano, Martín y el Negro, recién arrancó, lleva apenas un año en el registro y mil vidas en la piel. Les decía que tenía la sensación de que no había techo para ello, imposible pensarlo cuando el deseo, la responsabilidad, la dedicación y el amor esculpen el florecimiento de un trabajo del cual sería idiota suponer un valor, pues no lo hay, y si yo fuera la quién en la Confederación Argentina de Handball, en este momento les daría hasta lo que no tuviera para que el equipo (ese entre jugadoras-cuerpo técnico) profundice esta irremediable alegría llamada equipo nacional.
El cuento es que Marian me escribió y mi alma se expandió. Me dijo que parte de la nota que él había leído y que le había llegado en aquel momento la leyó a las jugadoras del equipo nacional antes del último partido del mundial, ese que terminó ganando Argentina por un gol en el último segundo cuando la experimentada pívot sacó fuerzas desde no se sabe dónde para en menos de diez segundos ir a buscar una pelota, llevarla al medio de la cancha, correr a su posición, recibir un pase y gritar el gol. Algo particular en aquel instante, el gesto de ella, miró como tratando de comprobar la veracidad de lo que vivía dentro de su cabeza, cuando Gavilán comprendió que sí había sido gol fue en el momento en que todas sus compañeras se fundieron sobre ella en un abrazo colosal que recomiendo, jugadoras y cuerpo técnico busquen una cajita donde guardar.
(Martín ayer me comentó que una frase de la nota la tomaron como propia, toda suya, siempre fue suya, así es la cosa, los pájaros se unen en el vuelo)
Lucas Bruno

