Dentro de nuestras costumbres, aún las más testarudas, la audacia está en encontrar detalles, pequeños brotes creativos de los que somos parte, mientras con precaución hacemos anclaje en nuestra tierra, esa que día a día sembramos a puro deseo, trabajo y mate.
Para estos encuentros no hay lupas ni mapas. Nada puede hacer la vidriera de ocasión por más que la vereda se haya maquillado y elegante aguarde por nuestra atención. Un encuentro lleva bordado su perfume y es tan nuestro como impropio. El encuentro, feliz exclama su espacio y su tiempo, y nuestra voluntad patalea por apretujarlo fuerte para siempre entre sus brazos, y al abrirlos no queda más que espuma de lo que apenas recién fue, y es, también ahora es, dentro de mi recuerdo.
La lógica de los encuentros es en verdad interesante pues, traza tallo y sombra a medida que avanza. Al respecto, nuestro deseo ferviente de querer ser, de querer vivir aquello reclama por alguna fórmula, algún caminito que alguien antes caminó, una pista segura, un atajo. Y yo no los tengo. Pero tengo algo que se le acerca bastante, sólo que en lugar de recibir el machete infalible, me anima a la orilla, a la posibilidad de que aquello suceda.
En términos de encontrentez, a menudo el consultorio se carga con lamentos y frustraciones (y otras cositas más de ese tono). Y llegan desde cualquiera de los dos territorios que se suponen: el territorio ofertante y el territorio receptor; en ocasiones desde los dos. El mínimo común siempre es el mismo: “la intención”. Con las malas intenciones, no hay ningún inconveniente para el análisis, es como que llega con cartelito y todo; se entiende. La cuestión, lo más delgado del asunto, casi imperceptible, ocurre con las buenas intenciones, cuando el territorio ofertante la única demanda que escucha es la propia, y llega al territorio receptor en forma de pregunta: “¿cómo te está yendo en la facu?”, “¿estás en pareja?”, “¿lo pensaste bien?” “¿y si se lo decís?”, “¿te vas a anotar?”, “¿por qué no querés venir?. A su vez, también es muy frecuente que estas mismas preguntas desde las mismas personas y entre los mismos vínculos, resulten un lujo en el anecdotario. ¿Qué es lo que cambia? ¿Por qué lo mismo, en términos de materia y elemento, puede acontecer de formas diversas? El guiño, ese que me acompaña en la medida que lo practico, tiene que ver con “Paya”, con mayor precisión: su estar permeable. Entonces, los afectos disparan su luz y obramos desde ellos; luego irrumpe una mirada, una sonrisa, un abrazo, tres pasos atrás, el volumen de las palabras que se bajan, o se suben, hasta el magistral silencio tan necesario y amigo, en la misma mesa y con la misma persona.
Siempre me llamó la atención el concepto “patología” y cómo se utilizaba en la antigüedad. A los soles de ahora, se reduce al extremo a través de esa palabra entre síntomas y signos, que luego sabrán de tratamientos y evoluciones impersonales. La “hipertensión”, la “diabetes”, etcétera. Pero no tuvo su origen de esa misma forma, de hecho me da la sensación de todo lo contrario. “Pathos” viene de “sufrir”, ¿qué es lo que le está pasando a dicha persona? y allí el hecho singular: ¿qué siente esta persona (sólo ésta, y no todas las que dicen o dijeron lo mismo) en este momento?, desde ese cuestionamiento acontece el estado del arte entre quien “sufría” y quien escuchaba con algo más que con los oídos diagramando dicha atención.
Entonces se puede afirmar que Paya es un estar profundamente empático (em-pathos), percibe las intensidades que no se animan a la palabra, o que ni siquiera sabrían cómo. Se ubica en el territorio ofertante y escucha con lujos de atención la demanda sincera de quien tiene ahí cerquita. Paya percibe entre colores y temperaturas las palabras más allá de las palabras, y su posición ética constructiva permite obrar muy fácil un encuentro, pues a aquello de lo que se teme hablar o se intenta apartar, sencillamente se le prepara un té para que aguarde en tranquilidad para cuando le llegue la ocasión de dar el paso hacia adelante (o cualquiera de los sentidos de su noble dirección).
Un encuentro, vez por vez, se da en el espacio oportuno entre los dos territorios, a la distancia que mayores cercanías proponga, a volumen y velocidad adecuada pues va siempre de menor a mayor hasta que su “basta” sonríe su dulzura; los contenidos y los subtítulos son siempre un poquito mejor de lo que nos imaginábamos por separado. Y Paya sabe mucho de esto pues no sabe andar por allí y por aquí de otra manera.
Yo le digo Paya, cada cual que lo llame como más le plazca.
Decimos entonces que hay Paya en nuestra vida cotidiana, como posibilidad, que percibe al otro y puja por caminos que eleven la potencia de los dos territorios en cuestión (yo y aquel, aquella y este, pin y pon). También debemos saber que el estar permeable es solo el primer paso, en especial en relación a las vulnerabilidades del otro. Lo siguiente, casi inmediato, es la acción. Mientras Paya construye en un “entre” deseante, desde el otro lado de todo, las estructuras psicopatoides mastican otra pulpa. Lo llamaré Bufón. Entonces, a lo bufónico también lo consideraremos entre los márgenes de la empatía, un estar profundamente empático, no vería diferencias en su capacidad de percibir, detectar, anticipar aquello que tanto molesta, enoja, altera, hiere al otro. Pero su ética es distinta, Bufón percibe la vulnerabilidad del otro con un único propósito: utilizar aquello para lastimar, para darle luz a lo que se deseaba ocultar, para burlarse, para destruir.
Bufonismos en la vida vincular, laboral, familiar respiran por doquier, y la historia hasta aquí escrita nos hace suponer que así seguirá siendo (al menos por un largo, larguísimo tiempo). Cuanto más nos permitamos practicar Paya entre nuestras cercanías, no sólo más suaves andaremos entre las angustias sino que más difícil le será a Bufón entrar, y lo que es mejor aún: más difícil le será poder hallarnos.
Lucas Bruno

