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Que se vea fácil, lo más difícil

Borg jugando desde el fondo contra McEnroe que está tirando una volea.

Uno de los pasajes más atractivos del Abecedario de Gilles Deleuze se encuentra en la letra T, cuando habla de tenis. Vayamos directo al punto (si le interesa ya tiene título y autor), hace una descripción formidable acerca de varios de los monstruos que supieron hacer zanja para los monstruos actuales como Federer, Nole y Nadal, y es que nunca está de más escuchar a los viejos, a los paladines que estuvieron antes, cuando ocupamos plato y asiento en la mesa. Deleuze traza en Borg un tenis que dice que sirvió para acercar el deporte al pueblo (en una parte habla de masas y en otra de pueblo, a este punto de las NTB usted sabrá con cuál de las dos se queda este autor). Con las piezas blancas se encontraba John McEnroe en su análisis, con tiros que a primera y última vista cada concurrente de Grand Slam entendía que sólo eran posibles de ejecutarse desde su grip. Lo llama algo así como “aristócrata” al juego de McEnroe, en mi parecer era un poco más oligarca que aristócrata pero es sólo una intuición. Lo más interesante en este versus Borg-McEnroe es eso que plantea Deleuze, que el pueblo se sienta más cerca o más lejos  del juego, de poder hacerlo, de poder. Los dos fueron genios del tenis, cada uno desde su estilo, su deseo, su espíritu. El juego de Borg, con sus devoluciones infinitas desde el fondo de la cancha, simple, sin tiros estrambóticos ni patillas perfectamente afeitadas para el primer plano de la cámara, hacía que se viera la cosa como “simple”, él hacía simple al asunto. En cambio, verlo a McEnroe, florea Deleuze, era lo contrario, lo hacía ver difícil… ¡mírenme cuán grandioso que soy! No está en mí que en tí despierte un deseo de intentarlo, es más, quedate afuera, quedate sentado, observame, escuchame y premiame. El juego de Borg, que (tan sólo) parecía hacerse fácil, hizo que en muchos, muchísimos, en aquel tiempo, la posibilidad de acercarse a una raqueta y a una pelotita no quedara proyectando su angustia dentro del cráneo. Se veía en la tele, al gran tipo devolviendo plano y contundente, corriendo de aquí para allá desde la línea de fondo, y la magia recién despertaba.

Hacerlo difícil, que así se vea, se escuche, se lea, nos tira la ilusión de inmediato al sillón otra vez. Es cierto que están los desafíos y los orgullos, ¡claro que sí! (heterónimo Rocky Balboa siempre presente) pero no me refiero a eso, estoy gritando con mi alma entera la importancia que tiene el hecho de que aquello (lo que sea que pulse mi pecho) se vea fácil, accesible, amable, pues la cosa está en poder poner en marcha ese deseo.

Las guirnaldas hacia los podios y los premios vayan a buscarlas en otros escritores.

Hacer que se vea fácil es de lo más difícil pues, hay mucha experiencia en cada palabra, en cada acto, de similares proporciones que los McEnroe pero con una gran diferencia: aquellos sabios, en lugar de corcovear con conceptos hiper rebuscados y llenos de acentuaciones elegantes andan lanzando teoría al viento desde un idioma tan accesible como familiar; y lo hacen de esa manera porque siempre están mirando hacia los costados a quién pueden pasarle la pelota. Hacerlo parecer fácil es de lo más difícil, hay una lucha mano a mano contra los cálices del ego día a día. A su vez, entendiendo a la práctica como la gran promovedora de las sabidurías, se llega a ese punto en el cual aquello sale solito, “de taquito”, así fue como lo conocí a mi maestro Hernán Kesselman. Estar en sus clases me hacía sentir que en verdad iba a poder atender, escribir y nunca dejar de sonreír. Escucharlo ir de Freud a Ítalo Calvino sin perder la música de los barrios argentinos era una maravilla que lo que generaba en mí era devorarme los apuntes apenas los enviaba, y leer y leer y hacer y hacer, llenar de ideas los cuadernos y soñar muchas de las cosas que hoy, luego de dieciséis años de haber tomado la primera de sus clases, felizmente reconozco que he podido. Hernán saldrá en muchísimos textos más, su mano maestra y amiga nunca dejó de acompañarme.

Esta gente, estos titanes se encuentran en todos lados, hay que estar atentos, juegan en todas las canchas y no siempre cargan doctorados en el portafolios. Yo cuento con varios, algunos ya aparecieron en otros textos y otros también se darán a conocer, y es que así va la cosa. Entonces, te miran, te guiñan para entrar y uno siente “bueno, me acomodo un poco por acá y le meto”, “¡lo intento!” “¡me animo!” “¡dale!”. Y apenas entramos, porque se veía “fácil”, nos damos cuenta de la profundidad que tiene el camino, de lo increíblemente lejos que estamos, pero ya parados dentro de la cancha, ya salimos del sillón fagocitante, ya nos tiraron la pechera gastada para entrenar eso que tanto queríamos; es tiempo de hacer pues no vamos a comernos el amague de que todo en nuestra vida ya está inventado, ¿verdad? Mucho, muchísimo aún nos queda por hacer, por sentir, por gritar. 

La gente que hace que “parezca fácil” en principio son almas generosas, es decir, que generan mucho, y yo diría que permiten generar, como si fueran “almas semilla” aguardando hacer tierra en el núcleo más intenso de nuestro deseo. Y si hablamos de generar, a las más jóvenes generaciones: ¡sean un poco más generosos con ustedes mismos! y miren hacia los costados, allí donde el “touch de las pantallas” es el del posta, de cuero, piedra, agua y abrazos.

(A mi mamá y a mi papá que hacen que el amor parezca fácil).

Lucas Bruno


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