En uno de mis recorridos habituales por el barrio, destino trámite corta o copia y pega, la imagen de un pintor subido a un banquito con toda su atención puesta en el pincel sobre el marco de la puerta, atrapó por completo a mis pasos. Primero enlentecí cuando aquello lanzó su red sobre mi interés, entiendo será ese el juego deseado de las vitrinas de avenida Santa Fé pero aquí se dió al inverso. No tanto por lo que pueda apreciarse en la escena suponiéndola montada en una tele con el volumen ausente, pues se vería igual: un algo que enlentece el andar de un transeúnte por la calle al mirar allí, sino más bien en que aquí, al contrario de la vitrina de tácticos diseños, el objetivo primario del pintor no era otro que el de la prolijidad máxima de su pulso y la utilización óptima de la cantidad de pintura que había dentro del tachito que sostenía con su otra mano.
No estuve mucho, habrán sido unos segundos, capaz que volví en mis pasos pero sólo la primera vez que había emprendido nuevamente la ruta inicial. La muestra fue más que suficiente para el pensamiento y el diálogo interno que me acompañó de allí a la frialdad de la ventanilla que debía (y después también, ¡siempre hay lugar para eso, che!). No tuve dudas, lo que me había atraído de aquello no fue más que, una vez más, ese signo de “lo humano” (rescato eso, lo he rescatado en anteriores notas, y (guiño) (guiño) lo seguiré haciendo). ¿A qué me refiero específicamente? a ese lado “a” del lado “b” que ni de chiste pensarlos por separado sino en entrecruzamiento constante, porque creo en el mundo, ¡claro que sí!
Hay una pancarta bastante repetida (corta o copia y pega) de “lo humano” motivada por la destrucción masiva que los propósitos individualistas que van de lo narcisista a lo psicopático en un abrir y cerrar de ojos, contamos con ejemplos en la clínica cotidiana como para hacer dulce, y está bien, hay que prestar atención y estudiar la materia, punto por punto y construir criterio de análisis y, por supuesto, luego poner manos a la acción. Sí. Pero eso no es lo único en cuanto a “lo humano”, dejar el dial anclado ahí para mí es un signo de cobardía. De un lamento en bucle, y ya. Considero que “lo humano” también tiene que ver con ser parte, estar en algún mundo (eso entendido como sujetos y objetos de relación en un espacio y un tiempo dado), tener un mundo, pertenecer a alguno, fundamentalmente porque creamos en él (del verbo creer a partir de crear). Y allí, “lo humano” nos pone a pintar, como en este caso, sintiendo que nuestra tarea es tan útil como imprescindible, que nuestras manos además de haber aparecido para esas cosas de esconder naipes en las mangas y contar más rápido con ellas que con la vista, también han llegado para producir en el mundo, esa es nuestra oportunidad, esa es casi diría nuestra responsabilidad, como “humanos”, como co-sueleros de este suelo que al alojar nuestras pisadas en el mismo conjunto de baldosas y adoquines nos está dando la posibilidad de ser compañeros.
Aquel hombre de sesenta y pico, con todo el peso bien distribuido en el banquito (experiencia, ¿vió?) y el deseo puesto en el marco-pintura de aquella puerta me llenó de esperanza, aún más. Ahí había un mundo haciéndose, ese trabajo estaba bien hecho más allá de las impurezas nuestras, humanas y artistas. Sentirse útil y productivo, en la comunidad que habitamos, de las maravillas más hermosas de lo humano porque… había un mundo allí, era el deseo haciéndose pintor, pintura y marco, había un qué contar, un qué compartir, una alegría y una frustración, una trifulca de aire, pasillo y atención, había un latir en la existencia aquella vez ¡por suerte!, luego serán otras y otras y otras.
-¿No sería mejor que lo hiciera una maquinita programada? ¿No tomaría menos tiempo? Quedaría mejor, más prolijo… y probablemente se derroche menos cantidad de pintura.
Y yo me pregunto: esas voces… ¿a quiénes les hablan? Evidentemente hay una gran mayoría que entiende con buenos ojos aquello, si no no existirían esas voces que todo lo quieren en el menor tiempo posible, con la mayor optimización del recurso, etcétera, etcétera, porque ven al mundo con los ojos del libro mayor, de su propio libro mayor. El problema, esa pequeña astilla que grita y grita su dolor aunque haya sectores que se hagan los zonzos con su alerta, es que de eso se trate lo único que miren o escuchen o… lo que es peor, lo que sientan, que su goce tan sólo vaya desde la finitud de su piel hacia dentro.
Cuando tenemos un mundo, cuando somos tan importantes como productivos por más chiquito que se muestre en la red social de moda, no sólo estamos siendo partícipes activos de nuestra salud sino lo que es mejor, estamos construyendo salud en la comunidad.
Por supuesto que quienes pensamos así, ¡bah! quienes así vivimos, avanzamos mucho más lento, pero sólo tenemos conciencia de la velocidad porque siempre hay quienes cuentan sus recursos y no paran de publicarlos hasta que te enterás en qué parte del mapa te encontrás. ¡Y no falla, eh! Yo siempre me hallo con la posibilidad inmediata del mate con el de al lado.
Lucas Bruno

