Frente al aplastante discurso tan crítico como denostador que ofrece la audiencia del coliseo que se habilita al poner un pié en la orilla de la vereda, el neopren se vuelve emblema de lucha. La codera, la rodillera que de todas formas encontraría cómo salir a la luz si en lugar de unas bermudas se intentara un pantalón, la muñequera con velcro, ¡hasta ese que envuelve el pulgar y cierra con estilo sobre el dorso de la mano! cada uno de ellos, resiste con hidalguía las desautorizaciones que lanza youtube y las cuentas de avezados educadores y fisiólogos al respecto de su “verdadera” función. Esta gente, estos paladines del neopren, pese a todo, despiertan lo que hay que despertar (y lo que nunca debería apagarse, si al menos de salud estuviéramos hablando): un profundo optimismo, y colabora sin darse cuenta (¡estos valen doble!) con la salud de la comunidad.
Cargan las bolsas de las compras, dan dos giros sobre la molestia de la muñeca para firmar, constatan con movimientos de calentamiento previo a levantar la primera caja de la mudanza del amigo en la que desean ayudar; a lo mejor, el plan era el paseo a la plaza con los nietos y por supuesto que los paladines están.
El neopren, como las vendas y las medias, se prepara el día anterior, se higieniza, se lo ventila y tiene un lugar de privilegio en el armario y no en guardarropas pues este neopren no es menos que eso, una de nuestras armas con las que protegemos lo que creemos imprescindible: estar presente aunque aquello duela, moleste, aunque todo.
¡Y los paladines usan tan bien al neopren! Esto ocurre cuando lo que acontece en pleno acto es exactamente opuesto a la impermeabilidad que este caucho vende. Es que el ferretero, el carnicero o el vecino con el que se cruzan no dejarán de preguntar, aunque nada dijeran pues sus ojos posan en aquella vulnerabilidad expuesta, y la preocupación levanta la mano, y los paladines con amor y honestidad le quitan importancia y focalizan en la acción por la que salieron de sus casas. Chochos, de haberlo hecho, haberlo logrado, agradecen con amabilidad y continúan mientras ajustan el neopren a medida que avanzan. Esas viñetas son sello de autenticidad de paladín, cuando no está, la única estela que queda en el ambiente es la de la histeria y sus múltiples llamados de atención (note, si pesca uno, que las histerias de neopren no dan importancia a la acción a la que fue convocado, y se florean pululando entre críticas y quejas).
El abuelo se calza el neopren en la rodilla porque eso le va a permitir aguantar mejor las tres horas que implica el partido de fútbol desde que llega a la canchita hasta que se funde en un abrazo con su nieto. “¡Con esto puedo!”, grita el neopren; y ¡vaya si hay valentía en esto! en una secuencia cotidiana en la que puja y puja la excusa y la postergación a dos manos. La madre se ajusta el del pulgar y la muñeca al completar la tercera vuelta al parque en su saludable caminata. Con una bolsa de los mandados en la mano que ofrece la codera a la vista y tres en la otra, el vecino sonríe plena satisfacción de regreso a casa.
Al mismo tiempo, la actualidad está llena de recortes de cobardía empezando por las infantiles discusiones que se intentan a través de las redes, me refiero en particular a la agresión con la que lanzan palabras desde la seguridad que otorga el hecho de estar a kilómetros de anónimas direcciones. Cara a cara la supervivencia manda (se puede poner a prueba cuando guste) y es sólo cuestión de que alguna vez la reja se corra entre los perros para ver el alcance verdadero de esos ladridos. No es lo mismo. ¡Para nada! Puede funcionar como entrenamiento intelectual en el que se confirman y rechazan fundamentos pero la posta, ¡la posta! está en el cara a cara. No vaya a ser cosa que nos vendan una app para la confronta, en donde controle a mi “robotito face to face” y la cosa termine como en esas batallas de dientes de lata y sierras de todo tipo que se ven por la tele. ¡No! Ahí no habría desarrollo de conjunto.
Por más que exista cierto despliegue en ese tono, y que uno desde este lado del mundo pudiera predecir con argumentos que allí aquello podría llegar a pasar, estamos en Argentina, y nuestro pueblo pulsa su sangre transgeneracional llena de cancha, mate, barrio y baile, aquí eso no va a terminar de instalarse. Los años nos encimarán su verdad y analizaremos, estoy muy seguro que encontraremos la forma de que el pensamiento dominante retorne a las pasiones de la valentía que sólo se encuentran cuando no sólo logramos exponer nuestra vulnerabilidad sino cuando nos disponemos a trabajarla en conjunto. Allí, nuestra responsabilidad de lo que finalmente vendrá. Hoy estamos parados en una carta tan absurda como cobarde no sólo en la discusión sino en la contienda. Debemos trabajar en ello, pues tanta tecla a distancia hizo que se piense que fuera posible que la confronta dejase de ser cuerpo a cuerpo para convertirse en cuerpoS (y hasta cuerpoSSSSSS) a cuerpo. Eso, más allá de la excepción, no tiene más de treinta años. Debemos darnos cuenta, inmunidad de pueblo, cuando una de estas estampas importadas se presenta a modo de antígeno, extraño a nosotros mismos, y quitarlo de lo aceptado, no puede ser esto posible. Aquello que se acepta en lo común del día a día está siempre en nuestras manos, en la verdulería y la vereda, en la oficina y el comedor, en todos lados, siempre estamos a un paso de reconstruir la expresión con la que cada mañana abrimos la ventana con deseo de que entre el aire común.
Los paladines del neopren van al frente con toda. Son concientes de lo que sienten, no dan lugar a las excusas y salen a la cancha.
Lucas Bruno

