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Lo bueno contagia


¿Qué me hizo pensar que era posible? La mínima intuición.

Haciendo mis primeros pasos como estudiante de medicina, lo percibí; como si toda mi vida me hubiera estado preparando para permitirme oír esa imagen. Poner el cuerpo tiene esa elegante audacia de comenzar a hollar un camino mientras se va creando. Y a medida que en la obra de la que vamos siendo parte confirmamos que aquello que nos hizo dar el primer paso sigue soplándonos su impulso, las dudas bostezarán su vergüenza mientras continuamos andando.

Luego de la primera intervención como Paya de hospital (en realidad fue durante, pero ¡shhh! es un secretito) comprendí que era eso lo que iba a hacer durante toda mi vida. Allí sonreía veintidós en la torta de cumpleaños que hizo mi madre, hoy tengo el doble y cien mil veces más ganas de seguir haciéndolo. Fueron doce años maravillosos dentro de Payamédicos y luego mi camino siguió desde la adorada Escuela de Teatro Bestial, que en breves parpadeos nos festejaremos nuestros primeros diez años.

Estela arrojó su sonrisa a la sala de internación del Hospital Udaondo (CABA) y yo, simple aprendiz de la medicina, con una máscara roja en mi inquieto deseo, supe sin aproximaciones ni método científico que el amor que despliega el juego en el momento preciso en que es un encuentro que crea reglas, tiempos y espacios, el mismo amor que latía burbujas y sueños desde la alegría de Estela, sería lo que me acompañaría y transpiraría protagonismos dentro del camino que iría a trazar entre los márgenes de la salud. Y así fue y sigue siendo.

Los años pasaron y mientras mi vida como Paya de hospital se expandía, las ideas no se quedaban atrás. ¡Tan intenso era lo que acontecía en cada intervención! Y a medida que avanzaba en mi carrera contaba con más herramientas para compartir y transmitir entre mis amistades y extraños lo importante que se volvía en el atravesamiento de una internación, un padecimiento, un diagnóstico, el hecho de que existiera un espacio para la producción de juego, para un amoroso acompañar.

Entonces, me fui encontrando con otras páginas además de las de los libros de medicina, y mientras las semanas me agasajaban con una, dos y en ocasiones tres de sus días dentro de un hospital con la máscara roja, después de algún tiempo pude llegar a vérmelas cara a cara con el núcleo vital de aquello que ofrece este encuadre, apenas se deja ver el color del sombrero o el brillo de los ojos payasos aguardando por un nuevo instante de conjuntos protagonismos: nada menos que la posibilidad de un encuentro desde la más ardiente inocencia. Y, entendiendo a ella como un motor de salud, desde ahí saltamos del trampolín en las intervenciones como Payas en el hospital, en el teatro y en los demás dispositivos de producción que se seguirán desplegando. 

En el ámbito hospitalario podría decirse que “la falta” se condensa irremediablemente. Por el mismo “algo” que lleva a Paciente a su internación es por lo que da con tal o cual profesional de la salud; a su vez, Paciente se duerme y despierta pensando principalmente en aquello, y cada vez que se le realiza una evolución se lo hace en su observancia directa. Paciente es ese “algo” que lo “alguiza” (pero no de las intrépidas algas marinas), y yo me pregunto: ¿nada más? Y bien, en todo este tiempo, a Dios gracias, me he encontrado con muchísima gente con y sin máscara roja, de las actividades de la salud y por fuera de ella, hablando desde esta misma forma de unir letra y también desde otras, que entiende y pone el cuerpo al manto de los numerosos devenires que también puede atravesar una persona cuando, por la causa que fuera, se encuentra internada en un hospital, en un vínculo, una amarga sensación o en lo más incisivo de una frustración. En ocasiones el juego se expresa tan sólo desde un tímido pensamiento y en otras puede llegar a la gesta de una historia con los más variados personajes. A este punto, es igual. Somos aquello, ese algo, y por cierto ¡vaya si nos ocupamos!, y al mismo tiempo también podemos ser entre una multiplicidad de mundos que nos abriga el alma cuando nos damos cuenta que nuestro deseo, estemos donde estemos, desea.

Fue desde el hospital donde surgió el género Teatro Bestial. Se podría decir que luego de aquella primera sonrisa de Estela en principios del siglo XXI, ya nunca pude dejar de observar al mundo desde otro lugar. Así como profesional de la salud en mi consultorio, en la escuela y en la compañía teatral, en la escritura, es ese el posicionamiento desde donde produzco en la comunidad.

Como dice el viejo dicho, “lo bueno contagia, es inevitable”.

Lucas Bruno


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