Logo de Escuela de Teatro Bestial

La piba del vinilo

Dos manos doblando un papel en forma de barquito

La piba del vinilo tiene veintipico y ningún vinilo. Pero los tiene todos, cada vez que ve uno, uno que le hace mover el árbol, los tiene a todos; y los guarda a protección divina, uno por uno, encontrando el rincón perfecto de la casa, del ambiente, de su alma.

Reconozco el sesgo. Escribo (digo, hago) lo que siento, siento lo que pienso, y todos los órdenes posibles al respecto de esas tres variables del vivir, entiendo que también. Con errores y aciertos, con y sin contradicciones que pujan su sensatez con fuerza, este escribiente lanza el hilo de su texto desde el adoquín y las pluriluminarias de la capital federal argentina. En esta parte de nuestro país es arrolladora la imagen, debemos seguir haciendo, no dejaremos sola (¡nunca!) a la piba del vinilo.

Dejar fascinado a alguien, ese estado en el que la persona puede decir “¡oh, es impresionante”, “¡no lo puedo creer!”. Ese es uno de los territorios, que algo deje fascinado a alguien (sí es a uno, en muchos sería “uno por uno”, y eso es siempre uno). En cambio, cuando alguien logra imaginar, el otro territorio de la cosa. Fascinar a alguien, que alguien imagine. Fijesé detenidamente que es casi un juego animarse a decir “dejar imaginado a alguien”, no se deja, no dice lo que intento transmitir. La fascinación y la imaginación son territorios distintos y, por ser amable, veo pocos espacios de síntesis entre ellos. Al quedar fascinado se exclama, se grita, hoy en día se grita menos porque de inmediato la libido se desplaza al celular para sacar una foto para las redes. Quien se fascina habla, grita estruendosamente, tiene con qué. Por la otra puerta, a quien imagina ninguna palabra le saldrá de su boca pues todas (las que conoce y las que está inventando) están luchando por quedarse con las significancias de todo aquello que está viviendo en ese momento y que lo único que podemos ver desde afuera es su sonrisa.

La piba del vinilo imagina. Cada vez que toma uno, imagina; y este texto se queda en la etapa en que el disco aún no ha sido sacado del hermoso cartón. La piba del vinilo imagina, también puede fascinar, también puede ser fascinada, pero la pulpa de la piba del vinilo es que jamás pierde su capacidad de imaginar.

La globalización llegó con el final de los años ochenta, arrojó su semilla, germinó y creció. Venía a por la singularidad del pueblo. La tecnología “de afuera” fue su carta más prometedora, el más seductor de todos sus vestidos y, bien pilla, fue de poquito en poquito hasta que ¡zas! entrados los años dos mil su despliegue fue exponencial. Y algo que hasta aquellos años estaba más del lado de lo improbable, quebró su “im”. Antes, había mucho más tiempo para la imaginación, en todo, hasta en las penitencias más absurdas; en la previa del destapado de una botella hasta el sonidito que desprendía era un estímulo para la fantasía. La vida, amores y desamores, con y sin deudas, se desprendía entre las falanges de la imaginación, había espacio para ello. Había silencio, también lo había. Y resulta que luego nos fuimos convenciendo que era mejor tener la cabeza hundida en la pantalla cuando jugábamos y cuando comíamos, cuando el agua era el límite para las ocasiones en que la pantalla ameritara una fotito, llegó el protector adecuado. Todo, absolutamente todo, con la cabeza dentro de la pantalla, luego la pantalla dentro de nuestra cabeza mientras dormíamos, el gran bucle pantalla-cabeza-cabeza-pantalla que supo germinar allá en los finales de los ochenta. 

(Sepa que, este escribiente es muy optimista al respecto, se vienen tiempos más lindos, desarrollaré en otra nota, delo por hecho).

Lo improbable era estar lejos de la imaginación en lo cotidiano. Era improbable, bueno, poco probable, y fue posible. Aparato va, aparato viene, la individualidad no se detiene. Aquí la punta. Aún en la soledad más inmensa, no se imagina en ausencia de una comunidad (ya sé, no lo puedo comprobar, pero déjeme que la oración sienta muy bien lo que quiero expresar). No se trata de estar en contra del avance tecnológico, sino de que aquel surja desde el corazón de nuestra comunidad. Insisto, la pista está en cómo se va perdiendo la capacidad de imaginar (jaque de la fascinación), para sumergir el día a día en el consumo y nada más que el consumo. ¿Estaremos cerca de su triunfo?

Aquí la cosa, creo que no. El pueblo tiene los anticuerpos preparados. No sólo desde quienes fuimos fuerzas vivas antes y durante los ochenta en nuestro país, marcamos un pulso, es cierto pero no hay una única piba del vinilo, hay muchas, son pocas, hay. A menudo me suelen decir “siento que nací en otra época”, no, naciste muy bien en esta época y el pueblo, a través de tu familia, el club, la escuela, y más, encontró su huequito allí. Y ahora hablás, sentís y hacés en medio de todo esto. Y la imaginación echa sus muecas entre tanta gente nacida en la digitalización al mango, y ahí la oportunidad de expandir esa potencia que nuclea los cinco pares de ojos alrededor de un mate que viaja con una sonrisa, sin palabras, sin likes, sólo miradas y un tejido de oraciones, que luego word, que luego excel, claro que eso también pero después. Aún cuando arrancamos por la pc, al imaginar, no podemos ver otra cosa que no sea una hoja de cuaderno en blanco.

No es el consumo el problema, el problema es cuando es sólo el consumo. La imaginación, que siempre enuncia una grupalidad, llega con la oportunidad de crear, en medio de nuestras responsabilidades, obligaciones y derechos, crear; en medio del consumo, crear; desde las instituciones, crear.

La piba del vinilo hoy tiene veintipico, la cosa se impuso en el final de los ochenta, la cuenta no me da, ¡estamos más vivos que nunca!

Lucas Bruno


¿Querés recibir nuestras notas?