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La llegada, un trampolín

Una chica con lápiz en mano y a pura sonrisa en sus pensamientos, a punto de escribir

¡Qué fácil se pone la cosa cuando uno sabe desde dónde salir! ¡Y qué difícil que se nos torna en ocasiones encontrarnos con ello!

Hay mucha ropa, mucho libro y links de internet deseperándose entre sí a puro consejo, reglas y seguridades de lógicas cabelleras pujando por tu pulgar arriba o tu pulgar abajo. Olfateando en dónde es mejor lanzar la caña en búsqueda de suscriptores, estas pirámides echan su humo al cielo y cuentan, cien mil, tres millones, mil quinientos, veinte. Allí está la punta de la trampa, haber llegado. Ser, para llegar.

Es cierto, al llegar, la ansiedad nos da un respiro (no más que esos pocos segundos entre round y round, pero descanso al fin). Miramos a uno y otro lado y las paredes no nos resultan amenazantes. ¿Será entonces que esto que se dice aquí es lo que en verdad digo? Sentirse en casa para posicionarse en el análisis de una circunstancia, podemos pasear a la suposición entre lo íntimo vincular y la apertura del diario con olor a café con leche. En ocasiones este posicionamiento “en casa” resulta lo más armónico con nuestro deseo, y decimos (y gritamos) “¡qué bueno!” mientras sacudimos las palmas de miguitas y aunamos complicidad con el del al lado. En otras, “la casa” se trata tan sólo de una especie de refugio, esgrimir con vehemencia o no aquello que “la casa” dice, y al volver a mirar hacia nuestro alrededor y encontrarnos siendo unos cuantos, la cosa no se siente tan mal. Considero que vamos viviendo entre los dos lados de esa puerta vaivén de madera, y en ocasiones hacemos fuerza para quedarnos de uno de los lados pero, como dicen a quienes escucho mucho: “el viento es antiguo y sigue soplando igual”.

Ideas que se establecen en un sitio a pura tradición y ¡ojo con arriesgar de más! Ideas que se despiertan a primera hora con aroma de puro caos. Entonces observan un problema y desean llegar. ¿Quién gana? ¿Quién tiene más? Esas “casas” se nos vuelcan al día a día constante e inacabablemente, con máscaras o sin ellas, a través de cambiapieles o con los testigos más sinceros. Son cuatro o cinco, seguro habrá más pero vale la cuantía para una mera expresión de magnitud. Son pocas (sí, le pido perdón querido lector, en ciertas cosas soy muy reiterativo). Entonces, llegamos pero… podríamos llegar y dejarnos puesto el sombrero, no hace falta ir a las pantuflas de una, como si aún en esta “casa” hubiera algo más.

Se establecerán los criterios y a su vez el tiempo exigirá su paso imprescindible en tanto maduración del pueblo, para la aceptación de tales o cuales como base y forma de nuestra salud común.

Se me ocurre un paralelismo con las reglas, que no son más que casas de concretos territorios delimitados. Las reglas en cualquier juego no están para determinar cuál juego es mejor que otro. Las reglas están para dejar de ser pensadas y jugar, sencillamente jugar, olvidar (porque ya bien las sabemos y no nos hace falta estudiarlas una y otra vez) e improvisar volúmenes, distancias, festejos y logros dentro de un juego. Cuando las reglas, las casas, se saben tanto, mucho es el aire para los vuelos de la improvisación y la multiplicidad de encuentros que aquella tiene el poder de desplegar.

Llegar a una casa, como un trampolín. La casa, que es casa porque esconde todo lo “no casa”, como sitio de salida y no sólo como sitio de llegada. Por eso festejo tanto cuando uno siente verdaderamente desde dónde mira al mundo que también compone. Eso vuelve más fácil, más suave diría yo, el hecho de analizar, observar, aconsejar, en fin, obrar frente a una problemática, un deseo, una idea que se asoma, un lápiz y un cuaderno en blanco.

¿Desde dónde miro lo que miro?

¿Para qué?

Para construir. 

Lucas Bruno


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