“Para lo que necesites, contá conmigo”. Imperativo hermoso, en el instante oportuno (ese que viene chorreando vulnerabilidad), tallado a mano, desde el corazón. Y uno guarda esa tarjeta porque sabe que es buena, que es de las que no fallan ni perecen. Tengo unas cuantas y sin usar, llegado el momento tocaron la puerta antes de que me ponga a buscar.
Creo que aquí, en este cacho del mundo, hay una práctica sincera y contínua del “contá conmigo”, como si de alguna forma, sin darnos cuenta, necesitáramos dicha práctica. Y la pomposidad de ejemplos que de seguro andan revoloteando entre los recuerdos de quien está leyendo, marcan su sello de verdad, de una feliz verdad. Una que triste o alegremente imprime en el alma su felicidad con adherencias inquebrantables.
Estar ahí, haber podido estar ahí “para lo que se necesite”, haber elegido estar ahí, y componer un tiempo y un espacio con unidades y lenguas propias, hasta esas de las de sin palabras, estar ahí para ser, ser un espacio de felicidad, que puja en su expresión desde el llanto o desde la sonrisa más contagiosa, es indistinto, pues la felicidad, ese instante feliz, no es nada más ni nada menos que un momento de creación en donde un conjunto, por más pequeño que fuera, halló su lugar en el mundo para producir dicho acto. La felicidad, esta maravilla de instante de la que estoy contando, no se consigue, ni se compra ni se vende (por más que nos comamos todos los amagues de la tele y el tik-tok), se crea, la felicidad se crea “entre”.
Y entonces, ahí estuvimos. Los criterios de platea criticarán, siempre lo hacen, da igual. Hemos estado. He hecho lo mío. ¡Pero qué flor de señal de saberme que aún puedo, de todo lo que puedo! El instante alivió, encontró su espiral de salida, y volvemos a casa pateando los adoquines que recordamos. No nos damos cuenta pero fuimos invencibles. Mis manos, mi escucha, mi sola presencia, pude. Es realmente difícil, casi imposible diría, llegar a la conclusión de que no hay salida si uno por fin siente que puede, que puede producir.
En este sentido (y en algunos otros más) considero que el trabajo es la llave de acceso y nuestra fortaleza. Trabajar, ser conscientes de lo que nuestras manos pueden, sentir al máximo la importancia que nuestra tarea diaria tiene en la composición de la comunidad en la que vivimos, nos hace no sólo más fuertes sino más deseantes, es decir, nos hace estar más cerca de respirar el arte que despliegan los hechos comunes y cotidianos.
Por eso cuando me dicen “con aquello lo hacés más rápido… o mejor”, me pregunto ¿cuál es el apuro? De seguro haya situaciones en las que la eficiencia amerite la propuesta, ¿no se da cuenta que no estoy en una de ellas? No. ¿Podría darse cuenta? ¡Claro! Y yo desde estas letras, en esta ocasión, grito saltando desde la silla: ¡el brillo de los ojos! ¡Hay que fijarse en el brillo de los ojos! Que amasa desde temprano imaginando la sonrisa de sus nietos, arregla la puerta porfiando el tamaño del destornillador sabiendo que juntos contarán distinto la misma anécdota por la tarde, le dice que pida un deseo cuando el reloj marca los mismos números en la hora y en los minutos porque lo invita a subir a un lugar que sabe que puede llegar, hace listas en papel y birome porque es la única forma de no olvidarse nada, suma a mano en el excel, pasa el rato buscando entre los libros la cita que cree recordar. Allí es donde nos volvemos maestros y aprendices del tiempo, cuando logramos poner el cuerpo en aquello que moviliza nuestro deseo más allá de la eficiencia en la administración de los recursos. ¿Por qué? Porque no sería yo de otra forma, y soy yo quien enuncia esta escena, este pedacito de la realidad de la que somos parte. Casi sin percibirlo, en estas joyas de la vida, vamos confirmando nuestra existencia, nuestro deseo de ser, de estar, ahí. Siempre habrá un método mejor, pero jamás lo singular de este alma, a través de estas manos, que insisten con su voz y su calor.
Sin trabajo me cuesta imaginar una comunidad. Sí, un amontonamiento de personas y sus razones, de eso no me caben dudas. Cada una de nuestras acciones afecta, importa, mucho, en la composición de “la cara del poliedro” (tomando palabras del Papa Francisco) de la que somos parte. El alambre enrollado, el pasillo encerado, la nafta surtida y las medialunas exhibidas en la repisa son tan importantes como la red de logística, la ingeniería y la arquitectura de una ciudad. Componemos una matriz, que día a día nos da la oportunidad de vibrar con las resonancias de nuestras acciones y los espacios para continuar obrando desde la suela de los zapatos, la sombra que nos envuelve y desde nuestro tiempo. Oportunidad para que dicha matriz se vuelva una fundamentalmente amorosa.
Hace poco un paciente (¡ojalá estés leyendo!) me dijo: “ah, para vos todo se soluciona con trabajo.” Aún no hallo una forma mejor, soy todo oídos. Mientras tanto… ¡manos a la obra!
Lucas Bruno

