Habría que poder definir “jugar” para ahorrarnos atolondrados gritos de platea, que siempre cargan con la fugaz valentía que les brinda la distancia y la altura de ese trono que se pagó para ver. En tal caso, su rol será plateístico y por ende, no definirá. Gritará, exigirá, acusará y festejará, tiene el poder de la influencia, jamás dejaríamos de reconocer tamaña importancia, pero ni de cerca respira de la dirección y su ejecución. Jugar es lo opuesto a poner “play”, pues jugar no es reproducir, eso se lo dejamos a los audiovisuales y en otra nota podremos ir a fondo con el concepto. Los sajones y los galos estarán relamiéndose para entrar, sin embargo aquí en Argentina “jugar” se escribe con algo más que un botón o una consola. Jugar es una expresión permeante del hecho creativo. Al poner “play” aquello que se proyecta en la pantalla de turno es siempre lo mismo, pero al jugar nos estamos permitiendo la diferencia en medio de aquel espacio-tiempo de mismos colores y mismas reglas (secreto y para leer en voz baja: la diferencia no suele verse ni tiene nombre, eso llega después).
Se necesitan pocas cosas para jugar. Hay unas que son imprescindibles: las reglas. Con el tiempo que nos otorgan las victorias y las derrotas, esto se vuelve cada vez más importante; ya sea en el análisis de la geopolítica como en la última vez que abrimos la caja del Scrabble y sacudimos la bolsita de letras para extraer las siete que corresponden y que quien sacó la letra de mayor puntaje comience desde el casillero de la estrella central. Imprescindible es saber a fondo las reglas del juego, pues de otra forma no se podrá jugar. Podrán moverse las fichas, contarse los puntos, se enojarán y divertirán, todo puede pasar, pero sin las reglas a flor de piel no hay posibilidad de jugar (en tanto y en cuanto definición de la fila 9 del párrafo 1).
Así como el jugador de handball no está pensando si se puede o no dar más de tres pasos con la pelota sostenida en una mano, así como primero los ases de espada y de basto, luego los siete bravos y después, del tres para abajo en el truco. Para ser considerado jugador lo primero es hacer cuerpo a las reglas. Cuando llega la circunstancia del cambio, agregado o desplazado de una regla, sucede que hasta el momento en el cual logramos in-corporarla apenas si podemos aspirar a ser “pensador” de handball o “pensador” de truco. Las piernas se vuelven más duras, como si se chocaran entre sí, las mentiras truqueras se toman una pausa, la cosa se encuentra en el frío océano de la especulación, está todo tosco, detenido, injugante. Ese es el momento oportuno para la práctica intensa, de noches y tardes cuadriplicadas en su propio deseo, luego de ella (con la óptima dósis que respeta a cada quien), ahí sí, a regla incorporada, podemos volver al ruedo del jugar. Otra vez nos disponemos a aquello que se produzca, a esos agenciamientos que luego son anécdota en la cena y el almuerzo. Anécdotas (espacio-tiempo-objetos y sujetos intervinientes) que jamás fueron con moño y todo desde la táctica de pizarrón, no del todo, ahí, en ese pizarrón está el magma creativo pero no el hecho, para eso, los jugadores jugantes deben disponerse al encuentro entre sus impulsos y los de los demás, deben sentir al viento, animarse a improvisar amagues y pases, pues… a regla sabida, ya están en el vuelo del juego.
Siguiendo el pulso, el jugar no es sólo esa posibilidad que se da cuando queremos jugar (que preparamos la mochila, las zapas y los accesorios el día anterior… ¡al menos!), la hermosura que conecta a las falanges del jugar con la salud va mucho más allá de una cancha o un tablero. En realidad, haciendo pié en la vida cotidiana, las canchas siempre están, sólo que hay que aprender a verlas, y al mismo tiempo que esas están, se van inventando otras con los acuerdos y los consensos que jamás discutimos pero que se van aceptando reunión tras reunión, convivencia tras convivencia. Y ahí está la cosa, de jamás convencernos que lo mejor es la platea para los “jugares” de nuestros andares del día a día (familia, amigos, compañeros y más), pero para eso es necesario entender las reglas, el encuadre, los acuerdos, para jugar en común pues por más que se insista en los juegos individuales siempre existirá ese otro que mira y a quien miro.
Y bien, para jugar hay que entrar, lo otro es oligarquía. Hay que pisar el terreno y descubrirle los pocitos y las blanduras, hay que probar cómo nos sentimos dentro, ¿quiero jugar? Una vez dentro, ya cuando las teorías quedaron del otro lado de la raya, se impone el posicionamiento desde el cual el yo se dispone a ese jugar. Qué será lo más importante, qué estará primero en ese juego, en esa mesa de discusión, que eso también es jugar, ¡claro que sí! Muy importante resulta el posicionamiento del yo para jugar porque desde ahí se parte, desde aquello que para el yo está primero en el análisis, de eso impostergable en medio de la situación (familiar, política, laboral) de juego, de ahí se sale. Y una vez dentro, las palabras, las emociones y la historia del sentimiento echan sus espumas, el centro quedó corto, la pelota pegó en el palo y salió, echaron a uno, gol, gol en contra, ¡lo que sea! yo debo resolver, debo responder y proponer, y nuestro análisis, ese hermoso trabajo que vamos haciendo puertas adentro y puertas afuera del consultorio, tiene que ver con lograr entonarnos con ese posicionamiento desde el cual observo y obro en todas las canchas de la vida. Pero siempre, siempre ¡siempre! desde adentro.
Entonces, a vuelo de pájaro, encontraremos dos extremos que en el mejor de los casos aristotélicamente pujarán desde su nudo: lo individual con sus argucias especulativas, y lo comunitario con su mirada cómplice y amiga. Abro el diario, leo y analizo (eso es platea, claro), allí aparecen las quejas y las loas. Y de pronto hay algo en ese diario que me invita a jugar, a debatir, a estudiar, a profundizar, y una vez en el barro del bar, de la oficina, del café, ¿desde qué modo me paro para lanzar estocadas, bloqueos, pases y barridas? Habrá quienes lo harán desde su propio píxel de la cuadra, y habrá quienes lo haremos sintiendo que lo primero es el país que componemos día a día en su extenso conjunto.
Lucas Bruno

