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Hacer patria

una joven buscando su nombre en la lista para votar

El histórico social nos juega uno de sus ases durante esta última parte del mes (ya había lanzado sus caballos y sus nobles 3 de primera mano) y resulta inevitable que las elecciones hallen su lugar como parte en cualquier análisis. Lo que nos pasa, lo que nos ha pasado y lo que queremos que nos pase, conciente e inconcientemente, tiene que ver con eso: aquello que acontece más allá de mí. La tele y las redes cantan envido y están cargados. Noticias, pronósticos, alertas y números. ¿Qué deseo? podríamos preguntarnos, pero… ¿qué será desear para mí? Eso también está en juego.

Mi sobrina compuso su primera votación.

-No sé a quién votar.

-¿Y si mejor pensás “qué” querés votar?

Toda una declaración de amor por escribirse, a un pasito de la primera lapicera a la vista; exactamente lo mismo que se necesita ahora para votar. ¿Qué quiero? Eso me lleva a un profundo análisis (tampoco tanto) acerca de mí. Temores y angustias, mi más fiel deseo, ese que se repite inclaudicable a pesar del desgaste en la ropa; mi historia, la que supimos construir, y hay que pensarla con todos los personajes que más podamos convocar, los de dentro de mí y los personajes que se desprenden de la multiplicidad de familiares y amistades, vínculos laborales y amorosos, con sus pluripotenciales adherencias y también con sus contradicciones… y ahí, en ese mar del que ni nos damos cuenta su color, vernos un poquito cómo y dónde estamos parados al respecto de nuestro deseo. Es posible (creamé, pasa) que con el paso del tiempo haya algunas cosas que aumenten su consistencia, y al mismo tiempo en otras cosas nos demos cuenta que estamos parados de una forma en la cual nos hubiera resultado muy difícil pensarnos tiempo atrás. Este registro cartográfico es nuestra responsabilidad, si de lograr una armonía entre lo que se siente, lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace se trata.

Y además obramos, ¿no? Allí, ya sea desde una palabra, una acción, lo que sea, como dice Peter Brook “el primer signo en aparecer en el escenario, ya es obra”. Y la obra, querramos o no, forma parte de una calle, una pieza, un barrio, una comunidad. Ahí es donde encaja este interrogante… ¿qué quiero (aquí, desde donde formo parte, dentro de mi país)?

La cosa es que frente a todo este interrogante el sopapo siempre viene del mismo lado: la falta de tiempo y lo que es peor, a veces llega acompañada de su testarudo secuaz el “ni ganas”, con el que no hay más por hacer que aguantar a que por fin se vaya.

Hoy en día mucha gente se ha volcado a la información a través del audiovisual, allí se informan, investigan, confirman y se hacen preguntas. En mi caso el audiovisual que más disfruto es el que tiene por protagonista (ya sea en una pantalla o fuera de ella) a aquellos “que la han vivido”, amo esa parte de la historia que se cuenta con sangre bullendo entre las palabras. A partir de un recuerdo, la anécdota o la imagen vívida, y si encima estos personajes ofrecen un análisis de la situación de interés, aún mejor. En una cursada que realicé el año pasado, el profesor estaba hablando al respecto de la expresión de magnitudes y nos dijo: “pensemos en una persona de setenta años, toda su vida y sólo dos vidas más para atrás completan la historia de nuestra patria desde su nacimiento”. ¡Mirá si no vas a gritar un “vale cuatro” con la experiencia!

Una de las aproximaciones que más me gustan acerca del concepto de “patria” es aquella que se dice como “el patrimonio común a nosotros”, y a esta altura de las notas bestiales uno podría suponer casi con seguridad que “patrimonio” no se tratará sólo de lo que ofrece el plano material, ¿verdad? Las tradiciones, los refranes, la música (¡gran idioma!), los susurros y los poemas de la vida diaria que jamás se han publicado, el gol gritado desde el alma en el último segundo, el abrazo que llega a tiempo, cuando te levantaron la cabeza, ¿qué necesitás?, la torta de la vieja que es siempre la más rica del universo, ese que saltó por vos en el momento justo, y cuando te animaste por fin a saltar por alguien, el baile que nos imaginamos juntos, la sonrisa cómplice, las manos que se juran para siempre al unirse en su primera vez, los tarritos acomodados de menor a mayor y los tomates que vende el de la esquina… todo, en especial aquello que aún no se ha dicho, todo es parte de nuestra patria, nuestro patrimonio común. Defenderlo es también crear formas constructivas en nuestros vínculos relacionales, aunque no haya premios, aunque nadie se entere, es parte del cuerpo de nuestra bella Argentina. Jamás sabremos cuánto vale, no nos interesa.

En el año 2007 visité varias ciudades de Santa Cruz como Paya de hospital. Se trataba de un viaje donde nos dábamos a conocer un día en cada ciudad, allí visitábamos algún hospital y también hablábamos con autoridades y medios de comunicación. En un hospital de Río Gallegos interactué con Shirley (una adulta con un cuadro bastante malo) y la intervención fue bellísima. Cuando comienzo a diagramar el cierre de la misma ella insiste con continuar; luego entonces le obsequié un pequeño juguetito que hacía luz al apretar un botón, y cuando ella guste de esa forma estaríamos comunicándonos. Mucho tiempo después, años, nos encontró una médica de aquel hospital que había visto la intervención, y nos dijo que unas semanas después Shirley había fallecido, y que cuando la vieron tenía luz parpadeando colores en la palma de su mano.

Y eso también es hacer patria.

Lucas Bruno  


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