“-¿Cuántas entradas hay para las once?
-Hay ocho, Cardenal.
-¿Ocho? ¿Y vendidas, Pepi, vendidas vendidas? ¿Cuántas hay?
-Tres.
-¿Tres? (Se sienta en silencio frente al espejo del camarín. Señala con los dedos índices de cada mano las fotos de Dringue Farías y Pepe Arias. Baja la cabeza, cierra los ojos y se reconcentra. Grita:) ¡Vamos todavía Globos Rojos!”
(“Rojos Globos Rojos” de Eduardo Pavlovsky)
El ensayo, esa cruda muestra de nuestra realidad. En estos tiempos, de depresión económica y donde los muros cotidianos que tanto limitan parecieran estar levantándose con intención de quedarse con nuestros horizontes, concurrir al ensayo es ya todo un hecho artístico. Llegamos, nos abrazamos, y la cosa ya empezó sólo que no somos conscientes de aquello. No necesitamos andar hablando de esto o lo otro, no nos hacen falta rutinarias rondas catárticas, ni chismes, ni nada, lo único que necesitamos es llegar. Dejar a un lado la mochila, sentir “¡por fin!”, como cuando nos acostamos en la cama luego de una gran jornada y estiramos las piernas disponiéndonos a entrar en el más reparador de los sueños, y así comenzar a respirar ese aire del que no puedo distinguir mi parte pero que es mío también.
Se ha luchado en la oficina entre tanto colmillo de azufre. Hemos cumplido y esquivado querellas y exigencias dentro del estudio contable. La escuela cerró sus puertas luego de que por fin haya llegado el padre a retirar a su hija que aguardaba por él con ojos de ¿por qué? y ¿cómo? El alumno de entrenamiento personal se retiró silencioso y la puerta del gimnasio estuvo más pesada que de costumbre. El colegió calzó una reunión supernumeraria y gritó “¡mancha!” golpeando la espalda. El cliente siempre tiene la razón aunque los costos que se han realizado marquen una hora distinta. Tocó tragar la órden aunque ya estaba autorizada, sellada y archivada a duplicado vivo. ¡Psst! que tenemos el cuero duro de tanto eso, de tantos años eso o aquello o similar. Nuestro Paya nos acompaña y entre tanta lanza opresiva sabe cómo encontrar los espacios sin romper nada, sobretodo nosotros mismos; y el desfile de lanzas puntiagudas y filosas se vuelve cepillo que empieza por el pelo pero fundamentalmente rasca y repara todas las ideas y los sueños que protegen desde el cráneo a la ilusión.
Somos así, como diría Florcita, “ETB es así”. En la compañía teatral hay de veinti y hay de sesenti, y cada uno se ha vuelto sabio de las mañas teniendo particular interés en la defensa de lo que exige nuestro espíritu de juego. Día a día batallamos de lo lindo en nuestra vida cotidiana, ¡y lo mucho que hemos aprendido al respecto! Nuestras obras no tienen otra intención que poder compartir, desde distintos encuadres, que además de cumplir, de satisfacer las necesidades, de conseguir y de brindar por lo que tanto se anhela, además hay un deseo deseando con todas sus fuerzas que lo empecemos a ver. Un deseo que no está ligado, ya sea voluntaria e involuntariamente, a un objeto o sujeto en particular. Se trata más bien de un campo de fuerzas que se hace cuerpo al sonreírnos una idea. Un deseo que no puede comprarse, venderse ni alquilarse. Un deseo bravo, difícil de conformar, un deseo playa, un deseo merienda de tecito y galletitas Lincoln a punto de quebrarse. Es eso lo que plantean nuestras obras con la idea de que cada espectador pueda empezar a pispearlo desde la puerta del teatro a la ventana de su día a día.
Y en este último tiempo (usted podrá ponerle cota de mallas a la fecha “a partir de”), el Cronos se ha vuelto más poderoso. Con las macabras tentaciones no tenemos problema, no llega a nuestros ojos, ni de cerca. Su aliento, su particular ponzoña, llega con la escasa dosis con que se nos ofrece. Tiempo valor, tiempo descanso, tiempo de la responsabilidad y las necesidades. Tiempo aparato, tiempo demanda, tiempo oferta. Miramos el reloj y nos damos cuenta que en verdad es poco para tanta cosa. Y eso complica, complica mucho pues nuestro corazón grita de amor por más y más ensayos (que hubo otros tiempos y que los ensayos pataleaban en su salsa día y noche), pero el tiempo hora, el tiempo bajada de bandera cruza su línea más perversa y ¡nos deja tan finita la cornisa!
Entonces llegamos, ¡por fin llegamos al ensayo! y todo se entiende desde los ojos. Sabemos que podremos mucho, nos exigiremos al máximo; y al mismo tiempo que construimos nuestra obra nos vamos construyendo a nosotros mismos. Luego nos llevamos en el coche de quien tenga y nos acompañamos a la parada del bondi o del subte, nos escribimos cuando llegamos a nuestras casas, y decimos “¡uf! qué bueno que fui”. Luego, no hay chance que la obra no transpire su belleza, ya lo sabíamos, fuimos parte de su gesta, minuto a minuto, signo por signo. “ETB es así”.
Luego entonces son diez, dos o cincuenta en la platea, ¡¿qué me importa?! ¡Esto! Así como, en un hipotético caso, lleguen de a miles a una función nada de esto puede gritar su ausencia porque “así es ETB”, así es y no de otra manera, así barremos antes de la función y acomodamos las sillas (¡las que sean!), emprolijamos las telas de los biombos de la caja negra y nos tomamos un último mate, repasamos rituales que compartimos y nos sonreímos ese cariño que hicimos obra, y que deseamos con tanta fuerza que cada uno de los que haya venido a nuestra función salga y diga “qué bueno que fui”.
Lucas Bruno

