Observar el reloj y darnos cuenta que aún es posible dar vuelta el resultado, de esas maravillas que pujan deseo de lo lindo y que entra en nuestras venas a modo de un combustible irremediablemente luchante. ¡Vamos, una más! ¡Persiste! El aire entra por fin en zonas inverosímiles de los pulmones, se ajustan los cordones, nos volvemos a arremangar y al mirar a un compañero asentimos la posibilidad cabeceando un sí inquebrantable.
La vida de club (cada quién sabrá encontrar su semejante al respecto) puebla de estos heterónimos de lucha en nuestro psiquismo. ¡Gran prevención la que se teje con eso! pues Cronos seguirá su curso y las valijas de nuestras responsabilidades en la familia, en el contrato social, en la vida que podemos y en ocasiones elegimos, van haciendo cada vez más evidente su peso con cada uno de nuestros pasos.
¡Persiste! Que pegajosamente se vuelve opción dejar. El pensamiento, a través de sus convincentes razones, llega con perfumito a cosa rica y saludable, ¡zas! dejamos. No. ¡No! ¡NO! ¡Persiste! ¡Una más! Como los niños, “¡otra vez!”, que repiten y repiten aquello, y su risa estalla pues, pese a parecer que es siempre lo mismo en aquella escena, pescan sin saberlo la hermosa diferencia que talla a la repetición.
El tiempo nos sirve distintos escenarios y aunque en ciertas ocasiones no lo parezca somos protagonistas. Quizás, en los momentos en donde la cosa se espesa, se haya vuelto más común de lo que nos imaginamos mirar qué tecla, cuál app o dónde clickear sobre la pantalla, en lugar de mirar hacia el costado para darnos cuenta que en la mano compañera hallaremos el tiempo y el espacio para crear una respuesta que aclare una salida que nunca es huída.
Paseando por las calles de nuestra historia vemos personajes abrazando enérgicamente al sillón mientras bajan sus párpados con lupa de sueños en mano. Y yo me deseo que sean aquellos heterónimos que florecen desde el agotamiento (de esos que lo han dado todo, que observan el repasador extendido en la mesada como señal de triunfo luego de su batalla de vasos, platos y cacerolas), y no los heterónimos de la pantanosa pereza.
“Hemos hecho lo nuestro, descansa, que hay próxima” ¡qué sensación más hermosa!
En las ocasiones en las que parece que nuestro deseo se ha esfumado. En las que nuestra mesa de control nos hace creer que está en desacuerdo con nosotros mismos, aún con nuestro logro delante. Y tantos otros ángulos de análisis habrá. Momentos en los que impera bajar los brazos, esgrimir la excusa, descansar sin sudor. Aquellos en los que creemos que es demasiado para siquiera suponer merecerlo. Se mirará entonces en el análisis hacia delante, hacia atrás, arriba, abajo (o cualquier combinación en el joystick de comando), ¡como sea! Lo que nunca debemos hacer es dejar de ver hacia los costados, que en general, es ahí donde la respuesta, sanita, salva y saltante, aguarda su burbuja vidante.
Sam era el mejor. Su velocidad le permitía no sólo penetrar con facilidad la defensa en el uno a uno, sino ofrecer la diferencia en el contragolpe cuando nuestro arquero floreaba su arte. Sam ocupaba su protagonismo dentro del esquema del equipo y no había por qué discutir aquello. Sam tenía la experiencia, el compromiso mayúsculo por el entrenamiento, y además era muy raro que fallara un lanzamiento. Sam era el extremo izquierdo del equipo de handball de primera, en aquellos años de mi amado Ferro Carril Oeste. A diferencia del fútbol, en este deporte cada jugador puede entrar y salir de la cancha las veces que sean necesarias; al igual que en el fútbol, existe un equipo titular, y Sam era parte de él. El partido seguía su curso, en ocasiones cuando íbamos ganando, en otras por alguna táctica intuición de nuestro entrenador, para darle un descanso a Sam, por lo que fuera, siempre entraba en algún momento y cuando me aproximaba a la línea para pedir el cambio, Sam apuraba su salida con la humildad que los sinceros choques de palmas saben dar cuando la satisfacción del compañerismo hace lo suyo desde minis a primera. En ocasiones yo no entendía por qué entraba a la cancha, en otras sí. En cambio Sam siempre supo que salía “porque era bueno para el equipo”, eso era lo que él me transmitía sin una sola palabra durante el partido, en los entrenamientos en el Playón, en el kiosco donde nos juntábamos por la noche o en la “Time Wash” donde aguardábamos todos los autos para partir a Lanús, Ciudad Evita o la punta de Argentina que tocara esa semana.
Vaya a saberse por qué, hubo un vestuario en donde el técnico dijo la formación titular y estaba yo en lugar de Sam. Me costó levantar la cabeza (en esas circunstancias la culpa pesa el triple), al hacerlo sus ojos me estaban mirando desde hacía tiempo, me estaban esperando, casi que sonrió, asintió conforme tensando sus muelas y en su exhalación pareció descansar parte de mí (tan solo una parte). ¡Persiste! Luego Sam extendió su brazo abriéndome paso en el capullo entramado en donde nos gritamos nuestro nombre en el instante previo al comienzo: “¡Fe-rro!”. Hice un buen papel ese día. Lo único que recuerdo con una tonalidad tan vital como imborrable son sus gritos de apoyo y de festejo a cada cosa que hacía dentro de la cancha, como si él supiera lo mucho que yo necesitaba eso. La esencia de estar en el banco es saber bancar, todo lo demás es ego y chamuyo.
Es mi deseo que cada quien tenga su “Sam” en el equipo de personajes que habitan nuestro día a día, que en las buenas y en las malas nos anime a continuar en lo que creamos. Todo lo otro, es sencillamente lo otro. El deseo pulsa en forma de proyecto, la grupalidad (aunque no se vea) vibra inevitable, llegan las críticas internas, las externas y las excusas, mirá hacia los costados y ¡persiste!
¡Una más!
¡Otra!
Lucas Bruno

