A mis Sabios de Templo: mamá y papá, Hernán Kesselman (Centro de Psicoterapia Operativa), Nicolás Urrutia (Ren-Sei Escuela de Aikido) y Martín Duhau (Ferro Carril Oeste handball).
¿Cuál será la lucha que debemos dar una vez que estamos dentro, una vez que por fin somos? Eso dependerá de nuestro verdadero interés, ese al que sólo accedemos cuando montamos análisis al menos con la valentía suficiente como para continuar aún heridos.
La singularidad es importante. El hecho común, imprescindible. Por lo tanto, nuestro férreo deseo de mejora, satisfacción, alcances y vitoreos desde la tribuna, los récords y las anécdotas en las que tomamos portada y contraportada, son vitales y deben serlo. Debemos estar en donde al menos ocasionalmente uno sienta que nos va la vida en ello. Siempre me llamó la atención la frase “se puso la 10”, pues para mí no dice algo en sí salvo que lo que desee expresar dicha frase no fuera otra cosa que “transpiró la 10”, es que no es lo mismo. La camiseta que nos pongamos debe transpirarse, embarrarse y defenderse a uñas, dientes, práctica, práctica, práctica, sueños y triunfos (de esos que anidan a pasitos de anécdota insistente tras un 0-3, 22-21, bochado en repechaje, un podio o que por fin te digan que sí). Y debemos hacerlo porque la camiseta, ese templo, estuvo antes en este mundo de que le estampen el número, nuestro nombre y la propaganda. Llegamos, y somos. Por fin somos. ¿Y qué será mejor para esta puja grupal? Habrá que averiguarlo mientras luchamos día a día contra nuestro yo más individualista. Soy no es somos, somos no es soy. El somos es mucho más que la nefasta sumatoria de partes, es un producto nuevo que surge entrecruzándose miedos y fortalezas, monstruos y emblemas de cada uno. El somos se expresa “por exceso de potencia” a palabras de Deleuze, y si bien no puedo asegurar un camino concreto en el análisis, es cierto que todo eso se aleja (ganando o perdiendo en el macro, es igual) cuando la individualidad saca su power-espada y grita, compara, no acepta, protesta como un niño encaprichado (hasta “pucherito” y todo ponen) si por izquierda en lugar de derecha. Cuando aparecen dichas escenas hay un aturdimiento en lo que a producción grupal respecta, que a quienes creemos que esto es todo una estrella, nos duele, y duele mucho. Hasta pareciera que en aquellos casos habláramos con las mismas palabras y bajo los mismos signos idiomas distónicos.
“Si es lo mejor para el grupo” no se trata de ninguna resignación, por el contrario. Es nuestra chance de confiar en quienes tienen la obligación de tener la expresión de la magnitud de varios meses y años hacia adelante, ese es su rol. Y el yo no lo comprende, y en ocasiones por no quedar mal acepta a desgano, simula ese desgano o simplemente patea la pobre botellita de agua mineral que descansaba su suerte lejos de la cancha. Ese heterónimo individualista del yo no se da cuenta el tesoro que tiene delante: el hecho de obrar en favor de la virtud del grupo aunque no lo entienda… en ese momento de su vida.
Y esto no es una postulación acerca de motores y jerarquías, para nada. Pues, lo mismo puede venir desde quien luzca la camiseta o quien elija qué se va a hacer o quién entra primero. Ese heterónimo individualista es un espanto y nuestra neurosis nos pide a gritos que nos protejamos de él, en especial cuando por fin sentimos que somos, que hemos pisado uno de los templos tan deseados inclusive antes de tener conciencia de aquello. La vida curricular y de consumo que traza la competencia salvaje en nuestros usos y costumbres deja su pastillita en el agua de nuestro vaso apenas ponemos un ojo en algo que trascienda por fuera de lo únicamente propio. Y mientras nos prometemos jamás volver a caer en ello cuando miramos hacia arriba y a los costados y sentimos en el aire del ambiente un lugar del cual no deseamos salir jamás, la pastillita del heterónimo individualista del yo va haciendo burbujitas, y si nos descuidamos, caemos otra vez.
Por eso valoro tanto a las personas que tienen mucha experiencia en la materia, la que sea. Esas personas que cargan con veinte, treinta, cuarenta años y más de experiencia (experiencia: eso que tiene que tiene que ver con las horas-práctica y no con la cronología pasada desde haberse sacado la foto del cargo, el título o la etiqueta que fuera). Y que nos damos cuenta que para ellos la persistencia en el espacio va más allá del mero cuerpo del reconocimiento y los triunfos. Aquellos sabios, vayan donde vayan tienen tallada la camiseta y son en un somos infinito. Esas personas son para mí marcos de referencia aún cuando no entiendo el por qué. Y bien, callo, en el somos callo, en el somos pienso qué será aquello que no estoy entendiendo, me pregunto por qué no lo estoy comprendiendo, ese es mi trabajo, mi soy trabajo, confiando en que al momento oportuno lo comprenderé (en ocasiones es casi instantáneo, en otras aún lo sigo reflexionando) y acepto, en el somos acepto, pues allí hay un nuevo aprendizaje para mí también. Después llegarán los resultados, comprendo. Serán positivos o negativos, nada quita que aquella referencia de templo haya obrado en favor del somos y esa es nuestra victoria.
(Secreto de cortesía: con los Sabios de Templo casi siempre pasa el tiempo y tienen razón).
Leer, escribir, entrenar y publicar, obrar, jugar, lo que fuera, hay que hacerlo con el deseo puesto en ofrecer lo mejor que tenemos, cada vez. Y que todo eso llegue con una luchante benignidad a los umbrales del somos, de ese grupo, de ese equipo, de ese proyecto en el que sumergimos nuestro cuerpo y nuestro tiempo. Hay que darle batalla cada vez que aparezca ese heterónimo individualista que siempre se manifiesta en primera persona del singular, y que parado desde una tarima en ocasiones ¡hasta se anima a hablarnos de humildad! La espada, la verdadera espada es el somos, esa camiseta-templo que soñamos un día poder cargar.
Debemos defender nuestros templos, ¡tan difíciles de conseguir! Tan complicado se vuelve en ocasiones encontrar aquel espacio en donde por fin nos hallamos, en un somos nos hallamos. Esto es algo que se vuelve difícil de expresar con las letras pero que aconsejo a cada lector cerrar los ojos y animarse a recordar en dónde fue que sintió aquello, eso de ser siendo en un somos. Al llegar, al sentir que estamos dentro, defendamosló a ultranza de las mishiaduras de nuestro heterónimo individualista, y seamos, que aunque no nos demos cuenta el somos siempre abraza.
Lucas Bruno

