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El día de la dependencia

Dos Payas mirando al público con cara de querer jugar mucho

“Quiero que sepan que son una de mis raíces, la raíz que me recuerda el para qué sí.” (Daniela Sulich Tugues, un día de esos a nuestra bella Compañía Teatral)

Nacemos, y con la primera molécula de oxígeno lanzamos nuestro grito de sagrada humanidad: el de la dependencia. A diferencia de los cuadrúpedos, por ejemplo, que nacen y caminan en búsqueda de la madre, cada segundo fuera del canal del parto existimos dependiendo de que nuestros primeros momentos (¿sólo los primeros?) haya alguien dispuesto a abrigarnos, alimentarnos y protegernos. Nuestra vida depende exclusivamente del amor. Aún no lo sabemos, por supuesto, y de hecho nada sabemos, pues vamos a necesitar largos ocho a nueve meses aproximadamente para por fin comprender que existe algo de “no yo”, que somos “hasta acá”, hasta lo que nuestra piel mande. A partir de aquel angustioso momento en el desarrollo de nuestro psiquismo (por así decirlo), comenzamos a sentir y a vivir la falta. ¿Sólo soy hasta aquí? Reproducimos ese cuestionamiento sin palabra, ni algoritmo, ni algo ni ritmo, nada. Comenzamos a estructurar torpe y valientemente el juego con las fichas que vamos a mover década a década de nuestra vida vincular “yo – no yo”. Y la dependencia, aquello que nos mantuvo en lo vidante de nuestra vida, comienza a venderse al mejor (im)postor. La dependencia amorosa empieza a buscar explicaciones, consigue edípicos premios y también edípicos castigos, familia a familia, escuela a escuela, club a club. El día que nacemos, el día de la dependencia, se nos da un “changüí”, el cuánto dependerá de cada quién, sin embargo llegará sí o sí el día en el que se nos recete la búsqueda de la independencia, ¡con prospectos y todo!, y es posible que creamos que esa búsqueda se cierra tan sólo en el proceso individual.

Somos dependientes desde que nacemos, ¿de qué? ¡Del amor, viejo! ¡Del amor! Pero bajo ningún aspecto podemos caer en el sutil menosprecio que talla sobre el amor: el amor por alguien, el amor de alguien, ¡no! El amor como principio de nuestra huella en el mundo. Cuando aquello no está, cada quien sabrá revisar sus bolsillos piel adentro, ¡qué difícil se vuelve ser humano! ¿verdad? Haya guita o no, la cosa se vuelve jodida en ausencia de él.

Como cada cosa que afirmo no estoy muy seguro, pero la intuición pulsa y me hace escribir (creamé querido lector, estoy dándole con fuerzas a las teclas, como si de alguna forma quisiera que esto se imprimiera para siempre). Entonces, salimos de las instituciones primarias y secundarias, el mundo sulfura su arrojo entre la tecnología y los estándares basales apropiados, y la pista de amor es “no sólo a algo”, “no sólo a alguien”, entonces ¿qué? ¡¿qué?! ¿¡QUÉ!? Cada pueblo sabrá encontrar la expresión adecuada, en nuestro país no puedo pensar en otra cosa que no sea la bella dama, la solidaridad. Creo que parte de nuestro ser nacional pasa por lo que nuestro espíritu pueda (poder como acción). En esa “IA” me va la sonrisa, la solidaridad es nuestra Industria Argentina. 

En la Escuela se practica desde el primer día una de las herramientas más específicas de Paya: la mirada al público. Se trata de un espacio de sutilezas tanto para la apreciación como para la enunciación. Un pequeño instante de mundo en el que dos pares de ojos se encuentran codo a codo, tallando “en el entre” tiempos, espacio y materia, sólo para esa micro-porción de vida. El instante de la mirada al público es nuestra oportunidad más oportuna, allí comienza nuestro espíritu argentino, el de la solidaridad. Mirando a otro (con las múltiples posibilidades de hacerlo) es fácil percibir por dónde y cómo ofrecer nuestra esencia humana, que párrafos atrás llamamos amor. Porque no sólo miramos lo que ofrecen nuestros ojos, como decía mi gran maestro el Dr. Hernán Kesselman “lo esencial sí es visible a los ojos, a los ojos sensibles”, será cuestión de permitirnos ver, compartir, estar, con la atención espontáneamente puesta a la construcción en conjunto. Creo que somos especialistas en eso en esta parte del mundo. También creo que la solidaridad no llega sólo frente a la caída de un techo o la falta de dinero, no estoy hablando de eso. Estoy hablando de amor, de eso que va más allá de la materia y las razones. Estoy hablando (sí, ya no escribo en este momento) de aquello que al ponerlo en práctica nos conectamos naturalmente con esa sustancia sagrada de la que tanto dependemos para que nuestra vida deje de ser sólo una sumatoria de valores en un laboratorio de sangre y una impecable placa de tórax.

Nacemos y somos entre el amor, que se traduce en el calor de quienes nos cuidan y alimentan. Hay un punto en el cual empezamos a distinguir entre el yo y el no yo, entre el adentro y el afuera, entre lo mío y lo tuyo. Y empiezan los problemas, porque siempre “algo falta”, pero al mismo tiempo también somos mucho más conscientes y giramos hacia los costados y podemos darnos cuenta que contamos con variadas herramientas, de las de dentro de la caja y las de nuestros sentires de improvisación; y es que nacidos aquí, la solidaridad se nos ha hecho pueblo, ¡no hay con qué darle!

La atención, vamos a tomarla como una expresión de nuestro deseo. ¿A qué ponemos atención? Etc, etc, etc. En el mundo sajón se acostumbra decir “pay (pague) attention”, en Francia, por poner otro ejemplo que conozca, “faites (haga) attention”. En Argentina decimos “preste atención”, ¿no es una maravilla? A mí me gusta esto de las palabras, todo lo que dice más allá de la palabra. Sería una enorme tragedia regalarle las significancias solo a las letras y sus acentuadas interpretaciones.

Desde algún lado hay que salir en el análisis, para coronar la idea puedo poner la ficha del año 2000 en adelante (históricamente me animo a fines de los ochenta, pero vamos a hacer números redondos, como una nariz Paya), todo cada vez más rápido, que cueste lo menos posible y cada vez más individual. Se volvió más complejo pero no imposible, eso jamás. Este tema lo retomaré más adelante porque es de mis prefes. La internet prendió la mecha y nos convenció. Sin embargo, nuestra mirada al público se conserva más fresca que nunca, así es su naturaleza, y entonces tan sólo pensar, a quienes lo hemos vivido, o escuchar las reacciones de quienes no, nos muestra la magnitud de la idea: alquilar una película en el videoclub podía llevarnos varias horas, aquella burbuja de existencia era toda una construcción. Nos vestíamos, caminábamos y al llegar nuestra mirada se volvía más exploradora que antes de entrar. Hablábamos, consultábamos, buscábamos una solución para lo que no se nos daba, constantemente nuestra mirada nos invitaba acercarnos o alejarnos, ¡tenía campo pleno nuestra timidez para vérselas de pie! Lo conseguíamos, ¡sí! en ocasiones salíamos victoriosos de allí! Quiero decir, toda molécula nos invitaba a la composición de un momento. Creo que cuando esto sucede, cuando un cachito de nuestra vida acontece a modo de composición (tal como se les dice a las pluripremiadas obras de piano), somos solidarios una vez más, pues en aquello que se compone no existe análisis lineal, no es de uno a otro, es entre, y desde esa forma el crecimiento siempre es conjunto.

Lucas Bruno


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