No señor, no son los alcances del Código Civil ni del Código Penal lo que hace que pase tranquilo por la vereda en esa mínima baldosa que ha dejado el vecino entre la puerta del garage y su auto a punto de arrancar. Podría terminar aplastado a simple antojo, es cosa de un pedal, sin embargo los faros de mi atención no levantaron una sola pestaña. No es porque no se deba o porque esté penalizado que sí podemos improvisar recorridos mientras vamos a hacer las compras sin la necesidad de caminar en guardia. Esta porción de nuestras costumbres tiene su valor, al menos para este escribiente y para unos puñados más, esto sí que vale lo suyo.
Lejos nos quedan los tiempos instintivos, y a medida que las reglas y los usos se imprimen y reimprimen según los órdenes de configuración, hay algo que resiste bellamente: el cuidado del otro. De inmediato usted saltará a una de mis yugulares internas con la contundencia de alguna tragedia o la verdad histórica de determinados hechos en el mundo, hoy voy por otro lado; más aguerrido que nunca escribo un grito que deseo lleve su vuelo hasta el punto en el cual sienta orgullosamente que ya ha recorrido nubes suficientes como para descansar. Me refiero a la materia más sencilla, y es que este cuidado por el otro, existe. (Secreto de hormiga: ahí se hace más fuerte el cuidado de uno mismo).
Es evidente, para esto no hay fórmulas; pero las hay (las ¡ay!). Basta con volver páginas y tomar la muestra de treinta o cuarenta años atrás y veremos que hay tantas como uno ni siquiera suponía. Chorrea la historia de teorías, recetas y algoritmos de aplicación. Lo que es, lo innegable, el cuidado insiste a través del tiempo con su genuina belleza. Pero pensar, apenas suponer, que habría métodos para protegernos y “no perder” nuestra cualidad de cuidado es “intentar agarrar el sol con las manos”, pues la desgracia no la tendríamos en el fracaso sino al revés, ¡quemaría demasiado! Y bien, habría que dejar de intentar dilucidar, de shipitear la solución, “la posta” acerca de cómo no perder este cuidado por el otro, y en cambio practicar más. Tengo la leve sospecha de que así ha sobrevivido a lo largo de nuestra historia desde que el mito se convirtió en hecho histórico. De tanta práctica este arrojo de la cultura, el cuidado por el otro se nos ha vuelto natural: obra de la culturaleza.
¿Y qué practicar? Lo que el corazón mande, y es que ¡tan cerca de nuestro alcance! ¡ahí, en el centro de nuestro cuerpo! ¡¿cómo puede ser posible que se nos vuelva difícil escucharlo en ocasiones?!
De movida, nunca fui bueno en algo, nunca arranqué por ahí. Todo siempre me costó, aprenderlo, ejecutarlo, lo que fuera, cada cosa que emprendí en mi vida tuvo esos primeros dos o tres años de adaptación. Soy de los lentos, de los duros, y la persistencia se me ha vuelto un súper poder. Lo cierto es que después de esas primeras largas decenas de meses, encontraba mi lugar, en la cancha, en la escritura, en el consultorio, en las salas, en el tatami. He crecido con muchas ganas de hacer pero no se podría decir lo mismo de la facilidad para lo que fuera. Sin embargo, el hecho de creer profundamente en lo que proyectaba uno y otro escenario de hermosos pasares dentro de mi cabeza (estimo que de tanto Trabajo de Hormiga entendemos que lo que propulsa el corazón no es sólo sangre) me hacía intentarlo cada vez más, proponerme mayores espacios de tiempo para su práctica, seguir y seguir pese al clima (el de CABA y el de Luqui), abrir grandes los ojos en búsqueda de consejos y amigables compañeros de mayor experiencia.
A los trece años jugaba muy pocos minutos en los partidos de mi Ferro Carril Oeste amado y semana a semana triplicaba mis jornadas de entrenamientos, coronando en los meses de diciembre y enero (lejos del último partido de la temporada y también del primer entrenamiento de la siguiente) con días enteros dentro del club, solo y acompañado de otros soñadores, repartidos entre la pista, la pileta, los saltos en sinfín hacia un arco vacío, los mano a mano y los pases de jugadas inventadas hasta que ardieran las suela de las zapas. Y al otro día, igual. A los diecisiete años tuve mi primera convocatoria para el equipo nacional de juveniles. Mucho tiempo después, hará algo así como unas cuantas semanas atrás, un jugador de Ferro** seis años más chico que yo, me compartió su recuerdo: el sonido del impacto sobre la pared contigua a donde él entrenaba de una pelota lastrada (así se le decía a las pelotas que en lugar de aire se las llenaba con dos o tres kilos de trapo) que lanzamiento a lanzamiento acompasaba mi sueño, ese que me proponía seguir practicando.
Todo, cada cosa que inicié, nunca sobresalí desde el principio. Tenía que lograr conjugarse hermosamente eso que yo quería desarrollar, poder entremezclarme en ese arte y entonces aquello para mí se volvía indesistible; era mi deseo queriendo estar ahí, y entonces a ese tiempo y espacio, a ese cacho de vida, yo le ofrecía mi arma más contundente: una amorosa disciplina.
Y es que hay que estar alerta de aquellas fórmulas peregrinas que te echan en cara resultados y sentencias, ¡no! ¡a las sentencias hay que construirlas! Si es el deseo el que pulsa, hay que aprender a porfiar como Dios manda. Por eso, cuando la lucecita muestra su hueco hay que meter repetición, ¡aunque todo! hay que darle más y más espacio a aquello, en donde sea, con lo que tengamos a mano, lo que esté ahí delante. Después de todo, “aprender” y “disciplina” no están tan lejos, discere (latín) es aprender, de ahí disco y discípulo.
Necesitamos ese impacto, que llega, que a algunos les hace agarrar una guitarra de inmediato y en cada rincón de su mundo halla una grieta para probar secuencias de acordes. Y cuando por fin lo sentimos, seamos disciplinados, pongamos en práctica ese deseo que siempre llega al mundo para construir. Los horizontes con los que los resultados nos abrazan luego se podrán ofrecer al shipití, pero atenti: luego y no antes, luego de que pongamos el cuerpo, y esa repetición deseante, ese intenso “otra vez y otra vez y otra” nos envuelva en las anécdotas más maravillosas, que siempre surgen de un entre, de un latir conjunto, al mismo tiempo que nos permite continuar caminando sabiendo que también habrá un cuidado por el otro lanzando sombra a nuestros pasos.
Lucas Bruno
**Gracias Marianito querido por ese detalle que me has obsequiado, creo que siempre fuimos hermanos de una misma pasión.

